CAPÍTULO XLVI
Los hombres pasan de una ambición a otra. Procuran primero defenderse y después atacar a otros.
El pueblo romano había recobrado su libertad asegurando su intervención en el gobierno, afirmando su poder gracias a nuevas y muchas leyes que al efecto se hicieron. Parecía razonable que Roma estuviese durante algún tiempo tranquila; pero la experiencia demostró lo contrario, porque diariamente surgían nuevos conflictos y nuevos desórdenes. Como Tito Livio explica muy juiciosamente las causas de aquellos, me parece oportuno trasladar sus palabras. Dice que “siempre entre el pueblo y el patriciado se ensorberbecía el uno a medida y en la proporción que se humillaba el otro. Así, pues, estando la plebe tranquila sin extralimitarse de sus derechos, comenzaron los jóvenes de la nobleza a ofenderla, no pudiéndolo remediar los disturbios, porque ellos mismos eran ultrajados. La nobleza por su parte, creyendo que su juventud avisaba demasiado, prefería que las extralimitaciones, caso de haberlas, las ejecutaran los suyos y no la plebe; Así, pues, el deseo de defender la libertad ocasionaba que el predominio de uno de estos partidos fuese la opresión del otro.” Los que procuraban librarse del temor, empezaban al conseguirlo a hacerse temer, y las ofensas de que se libraban causábanlas a los contrarios, cual si fuera indispensable ofender o ser ofendido.
Obsérvese que es éste uno de los modos por los cuales las repúblicas se pierden; cuán fácilmente pasan los hombres de una ambición a otra, y cuán cierta es la máxima puesta por Salustio en boca de César: quod Omnia mala exempla bonis initiis orla sun (1).
Procuran, como ya he dicho, los ciudadanos ambiciosos que viven en una república, primero que nadie pueda perjudicarles, ni los particulares ni las autoridades, y para lograrlo buscan y adquieren amistades por medios aparentemente honrados, o prestando dinero o defendiendo a los pobres contra los poderosos; y por parecer esto virtuoso, engañan fácilmente a todo el mundo y nadie trata de evitarlo. Mientras tanto el ambicioso, perseverando sin obstáculo en su propósito, consigue, por la influencia adquirida, que los particulares le teman y las autoridades le respeten. Cuando, por no impedir a tiempo su engrandecimiento, goza de extraordinario poder es imposible, sin exponerse a gran peligro, combatirle de frente, por las razones ya dichas al hablar de lo peligroso que es afrontar un vicio o un mal profundamente arraigado en un pueblo, quedando las cosas reducidas a los siguientes términos: o procurar vencerle, con riesgo de súbita ruina, o dejarle mandar, resignándose a manifiesta servidumbre, si la muerte o algún suceso no libra de ella; pues al llegar al extremo de que ciudadanos y autoridades teman castigar al poderoso y a sus amigos, con muy poco esfuerzo consiguen éstos que los juicios y sentencias respondan a sus deseos.
Oportunamente diremos cómo las repúblicas deben tener entre sus leyes una que impida a los ciudadanos causar daño aparentando hacer bien, y adquirir mayor influencia de la necesaria para favorecer y no perjudicar a la libertad.
(1) Todos los malos ejemplos proceden de buenas causas.



