EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS XII

 

 

 

 

El viajero de las Vascongadas (XII)

 

Durante los pasos que dio el viajero en ese mundo donde pudo encajar con dificultad, aunque lo hizo con rotundidad, pagó un peaje de desgaste físico y psicológico. Este tributo lo contemplaba como algo necesario, así que lo asumía con naturalidad, como todo en su vida. Pensaba que cuando nació nada tenía ni tampoco lo esperaba porque nada sabía, al igual que la mayoría de los seres humanos cuando nacen. A pesar de todo, en la historia ha habido genios a la edad de tres años, incluso antes, pero este no era su caso. Había nacido para currar y, ya que debía hacerlo, por qué no apostar con riesgo. También daba vueltas a las pocas herramientas de las que disponía sabiendo que lo tenía todo en contra, salvo su iniciativa, su sangre fría y su cálculo a la hora de tomar decisiones. Contando con esto, junto con su fuerza vital y sus principios bien definidos, pocas cosas podían parar lo que emprendía con total convencimiento.

Seguiremos con el caso de la batalla que mantuvo con los dos hermanos sindicalistas en Sintel, la primera empresa de telecomunicaciones en la que trabajó, después de la última charla que mantuvo con el mayor, aquel que tenía pinta de bonachón, pero resultó ser todo contrario: malo y corrupto.

La persona que estuvo en la cama de este sujeto, una buena mujer, sabía demasiadas cosas sobre él. Cierto día, él temió que la información que tenía la buena mujer se volviera en su contra y, como solía hacerse en esos circuitos regados de impunidad y dinero, la despidió. Ella contactó con el viajero, ya que lo conocía por su relación laboral con el departamento de instalaciones que dirigía en la empresa matriz. Esta mujer, a través de un subordinado suyo, entregaba los trabajos realizados por Telecon (Sociedad Cooperativa Catalana Limitada), una subcontrata de la subcontrata que trabajaba para Sintel.

Se reunieron a últimos del mes de agosto de 1986 en un bar del paseo de Gracia de Barcelona. En el lugar, concurrido pero a la vez discreto, se pasaba desapercibido. Ella estaba bastante enfadada y, naturalmente, sentía despecho, ya que el sindicalista la había utilizado hasta que vio el peligro que corría teniéndola a su lado.

No solo le contó al viajero lo que sabía de él, sino que le facilitó unos documentos donde se reflejaban los pagos de Telecom. Allí figuraban pagos al sindicalista que miraba por los trabajadores, en concreto, uno que llamaba mucho la atención, pues el importe no dejaba indiferente a nadie: 38 640 pesetas, fechado y firmado por él mismo en abril de 1986. Tampoco al viajero le pareció baladí, pero no entendía bien lo que significaba. Desconocía qué podía hacer con esos documentos, puesto que ya tenía sus planes para irse de la gran empresa donde trabajaba como mando intermedio. Le dijo a la mujer:

―Me parece bien lo que me estás contando y te lo agradezco. Entiendo tu profundo malestar, pero ¿por qué me das esto? Yo no necesito ningún documento, voy a salir de esta empresa, que se está hundiendo.

―Sí, pero lo que no sabes es que él está preparando una denuncia para joderte la empresa que estás montando. Además, no tolera que puedas hacer algo fuera de su cortijo de sindicalista. Considera que su misión es acabar contigo profesionalmente. Te doy esto para que puedas defenderte o hundirle ―le contestó ella.

―Ya, aunque no veo cómo puedo defenderme de sus ataques. Lo que me das solo puedo elevarlo a la dirección de la empresa y, por desgracia, creo que a la mayoría de la dirección esto no puede inquietarle. Bastante tienen ellos con preocuparse de lo suyo ―le dijo el viajero―. Me gustaría saber cuál es tu pretensión, suponiendo que exista.

―Sí, claro que la hay. Solo quiero una cosa: ¡venganza!

―No es poco ―respondió el viajero.

A los pocos días de reunirse ambos se hizo pública una denuncia interna en la empresa. En ella se acusaba al viajero de haber montado una empresa que hacía la competencia a la matriz. Además, que utilizaba su cargo y sus conocimientos para vender a la banca los productos que fabricaba, pues los necesitaban en ese momento. En concreto, el sindicalista mencionaba en la denuncia, punto por punto, un equipo auxiliar para poder multiplicar las líneas de datos que instalaba Telefónica. El equipo se denominaba difusor radial de datos y lo fabricaba la empresa del viajero con la marca GSG. Esta marca se desarrollaba dentro de una empresa mayor. La función de este equipo consistía en no tener momentos muertos en las cajas de los bancos. En aquella época, esperar tras la ventanilla de una sucursal bancaria era lo habitual. Debemos tener en cuenta que en una entidad normal atendían al público no menos de cuatro cajas. Sin embargo, solo había una línea de datos y esto ocasionaba esperas y colapsos entre ellas. La solución que había desarrollado la empresa de equipos auxiliares de informática resultó un pequeño avance para agilizar y minimizar las esperas a los clientes en las sucursales bancarias.

La denuncia del sindicalista, que pretendía causar daño a esa nueva empresa con ingenio, quedó en lo que era: papel mojado. No obstante, el viajero consumó la venganza que le pidió aquella pobre mujer. El personaje inmune quedó al desnudo. Según le dijo la mujer al viajero, mucho antes de que la empresa matriz finiquitase al malvado con apariencia de bonachón, se largó, o lo largaron, a las islas Canarias…

Aquella etapa de excesiva tensión pasó rápido al olvido del viajero. Sentía un punto de satisfacción por haber conseguido sobrevivir esos años de poder absoluto de una nueva clase obrera llamada sindicatos, quienes, a su vez, tenían a otra clase obrera sometida a sus intereses.

El viajero siguió creciendo en su empresa, pero no por ello dejó de hacer otras actividades en las que creía que debía aportar su pequeño grano de arena. No era indiferente a las cosas que sucedían a su alrededor. Desde su punto de vista, en el ámbito político las cosas cambiaban para peor en el lugar de España donde vivía y tenía todo lo que había creado. En consecuencia, también había cambios en las libertades. Como para él no era cuestión de ponerse de lado o arrimarse al sol que más calentaba, resolvió afiliarse al Partido Popular. Entró en el círculo de decisiones de la sede en Cataluña y fue un integrante del equipo de Alejo Vidal-Quadras, quien presidia el Partido Popular en Cataluña.

Dentro del partido trabajaban en dirección opuesta al nacionalismo separatista. Para conseguir aunar a la gran cantidad de pequeños empresarios que desarrollaban su emprendimiento en Barcelona, al viajero se le ocurrió proponer a un grupo de empresarios de Castilla, afincados allí, formar una asociación de empresarios de Castilla en Cataluña. Después de dos meses crearon la asociación. Se formalizó el 22 de mayo de 1995.

Una vez conseguido el primer objetivo, se puso en marcha el proyecto que el viajero presidía. Se dio el primer paso poniendo en conocimiento de la Junta de Castilla y León el nuevo nacimiento de esta asociación. Le pidieron que enviase una copia de la escritura de constitución. Cumpliendo con esto, llevó a cabo una serie de correcciones que los políticos de la Junta consideraban necesarias, puesto que en el nombre de la asociación no podía constar solo «Castilla», sino que tenía que ser «Castilla y León». Este primer error dificultó el camino trazado, pero si querían existir debían cambiar el nombre. Tras aceptarlo la junta que el viajero presidía, pasaron de nuevo el documento por la notaría y modificaron la escritura. El camino se hallaba limpio de obstáculos, o eso creía él.

El 5 de noviembre de 1995 se celebraron elecciones locales parciales en Barcelona. Fue público que Juan José Lucas, el presidente de la Junta de Castilla y León, acudiría a Barcelona para apoyar al candidato popular Alejo Vidal-Quadras.

La nueva asociación cerró una reunión con el presidente de la Junta. En ella se trataron asuntos del devenir de los castellanoleoneses que vivían en Cataluña. Esta comunidad autónoma, desde que se formaron las autonomías, ya apuntaba a la vía más exigente de los políticos nacionalistas, algo que creaba desasosiego, tanto en el partido como en la asociación.

Llegó el día de la tan esperada reunión. Se habían depositado demasiadas expectativas y numerosos proyectos, que fueron expuestos al presidente de la Junta. Su respuesta fue:

―No os preocupéis.

Se levantó e hizo una llamada desde un teléfono fijo. Le pidió al presidente de la asociación que se pusiese al teléfono, se lo pasó y le dijo:

―Pide a fulanito lo que necesites.

El viajero no pudo pedirle nada, porque el hombre lo citó en Valladolid un día concreto.

Viajó en avión y lo recogió en el aeropuerto un coche oficial, que lo llevó hasta un edificio del paseo de Zorrilla. Allí todo resultó muy cordial. Buenas palabras pero cero resultados.

Pasó el tiempo, y ninguna noticia de quien lo había recibido en Valladolid. Intentó contactar con él por todos los medios, hasta el punto de que un día se decidió a viajar de nuevo a Valladolid para hablar con la persona que lo había atendido en su día. Al parecer, el hombre ya no se hallaba en ese puesto y quien lo sustituía no tenía referencia alguna de lo que le hablaba. Le dijo que no podía molestar al presidente de la Junta sin algún documento que reflejase lo que se había pactado con el anterior responsable. El viajero asumió que el trabajo había sido en vano, cerró esa puerta y siguió en Barcelona con su cometido.

En la asociación esto se tomó como un fracaso, pero el caso es que funcionaba, aunque con más esfuerzo. Todo el mundo aportaba, si bien siempre había alguien que se hacía el remolón, seguramente, por cierto desencanto con los políticos.

Dado que los de Castilla y León se veía desde el avión que no moverían ni un dedo por hacer nada a favor de la asociación, se decidió en una junta que podía pedirse una subvención al Gobierno catalán. Allí dentro, algún empresario tenía contacto con determinado responsable en la materia que trataban. Así se resolvió y los resultados fueron satisfactorios. Sin embargo, les pusieron estas condiciones: todos los documentos dirigidos a la Generalitat debían estar escritos en catalán y en cualquier publicidad tenía que figurar «subvencionado por la Generalitat de Catalunya». Las principales exigencias se plantearon en la junta directiva de la asociación y se acordó una reunión con los socios. El resultado no fue nada positivo. Existían socios que opinaban que esas imposiciones no se podían tolerar. De ser así, se preguntaban qué era lo que representaban.

Alguien respondió:

―Es una forma de subsistir e ir trazando vínculos con los políticos de esta tierra. Así será posible colaborar en proyectos conjuntos.

Otro socio respondió:

―Yo estoy aquí para revindicar el no sometimiento al nacionalismo catalán. Si aceptamos estas migajas no llegaremos a realizar ninguno de nuestros objetivos, que son hacer buenos negocios, salvo algunos socios. No todos podremos hacer grandes negocios, pero sí resistirnos y enfrentar la batalla ante tanto desparpajo del nacionalismo catalán.

Otra persona, además de socia, militante del Partido Popular, refiriéndose al pacto entre Aznar y Pujol, dijo:

―Yo no seguiré en la asociación si se cierra este acuerdo con la Generalitat, ni tampoco en el Partido Popular. Sé lo que ocurrirá después. Sería dramático para el presidente del Partido Popular en Cataluña.

El acuerdo se cerró después del pacto del Hotel Majestic de Barcelona, en el que, durante una cena, se acordó la ayuda de Jordi Pujol a José María Aznar para cuatro años de gobierno de España.

El resultado de este pacto no gustó a la gran mayoría de la asociación ni a los militantes del PP, que veían que su trabajo de luchas continuas contra el catalanismo desalentaba el ánimo de los participantes en los logros conseguidos a base de picar piedra en favor de la población no catalana.

El 4 de mayo de 1996 Aznar fue investido presidente del Gobierno de España, sustituido el presidente del partido en Cataluña y entregados cientos de carnés de militancia, amén de la deserción de políticos en activo que tomaban otras vías de supervivencia.

De esta manera tan brusca desapareció cualquier futuro de la asociación. Muchos sueños rotos, frustraciones personales y pérdida de esperanza para las gentes de otras tierras que fueron allí pensando que llegaban a otro lugar de España. Lo que vino después de aquel hecho histórico político quedó como un simple pacto… Las consecuencias se siguen sufriendo hoy en día.

 

 Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja


 

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