EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS XIII

 

 

 

El viajero de las Vascongadas (XIII)

Estos últimos relatos son, grosso modo, una pequeña parte de la vida del viajero ya madura o, mejor dicho, entrando en la vejez. Han quedado pasajes sin relatar, a los que trataremos de dar luz. Pertenecen a esa parte de la vida tan importante en la que el ser humano busca la tranquilidad y pretende encontrar la paz, bien sea por resignación o por falta de fuerzas. Incluso, en algunos casos, por abandono de uno mismo.

En el caso que nos ocupa ocurrió todo lo contrario: no aparecía en él la resignación ni el abandono, aunque sí notaba la disminución de sus fuerzas, sobre todo en la parte más varonil. Sin embargo, seguía teniendo tanta ilusión por mantener sus tiempos pletóricos de dicha, de placer… Tanto entusiasmo por sentirse vivo afrontando cualquier cosa que emprendía que no le importaba en qué plano de su vida se ubicase.

En el ámbito sentimental era donde más dificultades tenía. Cogía un afecto desmedido a algunas personas y se comprometía sin razonar. No había tiempo para análisis. Tomar decisiones era lo que le empujaba y, una vez tomadas, no había marcha atrás, a pesar de que también cabía la posibilidad de que saliese mal.

Decidió casarse con su mujer, el hecho más importante de su vida, cuando tenía casi todos los elementos en contra, y no hubo desistimiento. Tomó la sabia decisión de dar ese paso, que veía seguro por la naturaleza de la persona que emprendía el mismo viaje junto a él. Así, hasta que un día sintió que debía dar un giro a su vida, pues desde el principio de su unión solo se había dedicado a trabajar y sacar adelante el compromiso adquirido a los veintiún años. Consideraba que tenía asuntos pendientes que tuvo que dejar atrás cuando se casó.

Él creía que había cumplido y que llegaba el momento de pensar en sus necesidades, de encontrar respuestas. En casa no había riesgo de inestabilidad económica y en cuanto a la educación de su hijo todos los deberes estaban hechos. Su única intención era retomar las cosas pendientes. Saber qué fue de aquel amigo, de aquel suceso, que pasó en tal sitio… Pretendía desandar un camino que había transitado muy rápido, sin poder fijarse en los detalles dada la velocidad de sus pasos.

Se lo planteó a su pareja y no hubo acuerdo, así que solo le quedaba resignarse y renunciar a su llamada o tomar la decisión de seguir adelante pasase lo que pasase. Su intención no era alejarse ni romper el proyecto que habían emprendido hacía muchos años, pero ella no compartía su forma de ver las cosas.

El viajero pensaba que las personas cambian, evolucionan y tienen nuevas inquietudes, nuevos retos, incluso que se trastocan los valores. Que las personas necesitan tener respuestas y, por desgracia, no es lo corriente que alguien se las dé. Y que creer todo lo que alguien te diga es hacer un acto de fe, y si se hace un acto de fe la respuesta ya no es necesaria.

Le rondaban muchas preguntas relacionadas con lo que había pasado antes de aquella bendita unión. Asumió que tendría que aparcarlas mientras se dedicaba a trabajar, pero no por ello quedaban en el olvido. No se le borraban de la cabeza, siempre aparecían de improviso, aleatoriamente, como un golpe seco, como el pinchazo de una astilla en el dedo al acariciar una madera vieja.

La maquinaria se ponía en marcha en su cabeza mezclando fechas, recuerdos, ansiedades. Enturbiaba todo de dudas y lograba que sus recuerdos, deseos e inquietudes estuviesen cada vez más distorsionados, con una inquietud insaciable por las ganas de desenredar aquel ovillo revuelto. Podría haberlo cortado con la tijera de la firmeza, es cierto, pero ¿cómo podía cortar los hilos de su cerebro? ¿Era posible? No, no lo era; para él, no. Pasar aquellas páginas de su vida, llenas de incógnitas, no le resultaba posible. Debía afrontarlo, pero ¿cómo hacerlo? ¿Por dónde empezar? ¿De qué hilo tirar? ¿Qué consecuencias podría tener desempolvar las imágenes borrosas de sus recuerdos?

Un día pasó por una iglesia. Sin esperarlo, algo le impulsó a entrar. De adulto, solo había vuelto a entrar en una para su boda, el bautismo y la comunión de su hijo y el entierro de familiares. Pensaba que para qué, que allí no encontraría lo que buscaba. Sin embargo, entró como suspendido, sin sentirlo, sin esfuerzo.

Se hallaba vacía de fieles. Todo lo que allí existía estaba a su disposición. Se lo tomó con tranquilidad, se sentó en un banco y miró fijamente, sin parpadear, a un cristo crucificado situado por encima del altar. El ovillo enmarañado empezó a moverse y a sobresalir de él un fino retazo que, poco a poco, parecía que cobraba vida. Cada vez lo veía más nítido.

En su niñez había sido monaguillo. En verano asistía a la iglesia del pueblo, cada día por la tarde, para ayudar en la parroquia. Dejaba sus juegos y su afición a la pesca, pero lo hacía con agrado. El templo le parecía un remanso de tranquilidad. Las palabras en latín del cura, que no entendía, y los cantos del rezo tenían un timbre que lo envolvían en su propio espacio interior.

Con su hábito de monaguillo, sentado en el peldaño de subida al altar donde el cura celebraba el oficio, escuchaba atento. Nada entendía, aunque tampoco lo necesitaba. Su mirada permanecía fija en dos águilas de bronce, situadas en los extremos del altar, y sentía que flotaba. En los años sesenta había mucha concurrencia a los oficios, pero en el transcurso de la misa no distinguía ninguna cara, sino que veía las imágenes del origen del pequeño ovillo que se estaba formando…

Permaneció sentado solo en un banco de la iglesia vacía durante bastante tiempo y observó que las personas entraban solas, se arrodillaban y salían después de pocos minutos. Cada persona tenía distintas características; sin embargo, compartían algo: nunca llegaban acompañadas. Tuvo la sensación de que aquello le estaba indicando que debía hacer algo él solo: salir de su rutina o entrar en otras vivencias inesperadas. Entonces tomó la decisión de hacer el Camino de Santiago Francés.

Avanzado mayo de 2001 tomó el tren hasta Pamplona y, una vez allí, viajó hasta Roncesvalles. Llegó entrada la noche. No llevaba la ropa adecuada y sí demasiados útiles innecesarios para caminar lo que se había propuesto.

En el lugar de inicio le dieron la credencial del peregrino con el primer sello. Antes de cualquier otra cosa, quiso asistir a la misa de los peregrinos, en la que no participó demasiada gente, algo que le extrañó. Una vez terminada la emocionante misa, recogió su mochila, buscó la litera que le habían asignado, dejó encima la mochila y se dirigió a asearse.

La primera sorpresa desagradable se la encontró al entrar en los lavabos: sucios, húmedos y con agua en el suelo. Parecían un bebedero de patos. La gente entraba y salía de los retretes y había cola. Con mucho asco, hizo lo que pudo, y no le resultó nada fácil.

La gran mayoría de los peregrinos eran extranjeros. Allí se chapurreaban un montón de idiomas, aunque los más abundantes eran el francés y el alemán. El siguiente paso fue prepararse para dormir, puesto que al día siguiente empezaba lo más duro. A pesar de que no lo conocía, sentía la necesidad de comenzar.

A las diez de la noche se apagaron las luces del alberge en la zona de descanso. La norma pide que se respete el silencio durante la noche, y así fue, pero a los pocos minutos empezaron a oírse ruidos de todo tipo: susurros, pequeñas explosiones y ronquidos de altos decibelios, entre otros. No estaba acostumbrado a noches de orquestas tan numerosas y desafinadas. No obstante, consideraba que estaba allí por voluntad propia, así que debía asumir esas incomodidades.

Pasado un tiempo logró dar una cabezada, pero le despertó una peregrina, que dormía pegada a la litera de él, al ponerle el brazo encima del pecho. Con calma, le cogió el brazo y lo depositó en la litera de ella. La mujer no se despertó, y él ya no pudo dormir.

Se levantó a las cuatro y media de la madrugada pensando que, si quería utilizar los lavabos y asearse un poco, necesitaba estar lo más solo posible, y eso solo se conseguía madrugando. A las seis de la mañana se encendían las luces del albergue y pensó que el desfile hacia los servicios debía de ser un suplicio. Terminó de asearse y preparó sus pertenencias. Cuando se disponía a empezar el camino solo, se encontró con cuatro mujeres españolas sentadas para comenzar la misma ruta. Le preguntaron si no le importaba que fuesen con él y les contestó afirmativamente. Como estaba tan oscuro, le dijeron que no se atrevían a cruzar solas el alto de Ibañeta, puesto que era un bosque cerrado. El viajero también pensaba que asustaba cruzarlo solo, luego se acompañaron hasta que amaneció.

El primer día le resultó bastante pesado. Subir y bajar pendientes con el suelo de irregulares cantos rodados, una mochila con exceso de peso y su nula preparación física… Dudaba si podría aguantar varios días más, pero enseguida recurría al motivo que le había impulsado a hacer el camino: seguir tirando del ovillo hasta poder desenmarañarlo.

La primera duda que le asaltaba era lo sucedido en el año 1968, cuando le ocurrió aquella explosión de sentimientos con la chica del pueblo, que no logró olvidar nunca. No tenía explicación para poder entender tanto derroche de pasión no esperado, que le hacía sentirse tan bien. No buscó ese milagro, se lo encontró sin esperar nada. No coincidían en la edad, ni en la clase social, ni en la cuadrilla. Entonces, ¿por qué surgió? ¿Qué atrajo a ambos para que rompiesen unas reglas no establecidas, pero evidentes, en el día a día de aquella sociedad tan hermética? Las barreras existían, aunque un adolescente no podía verlas. Nadie podía darle una explicación coherente, salvo la de que su familia protegía a su hija. «¿Protegerla de qué?», se repetía una y otra vez. «Ahora que ya debería estar olvidado es cuando más tengo la necesidad de averiguar qué pasó y por qué», pensaba.

En varias ocasiones intentó retomar el contacto con ella, hasta que un día, después de una llamada telefónica, quedaron en verse en una pequeña ciudad con embrujo, a mitad de camino de donde cada uno vivía en aquel momento. Cuando se vieron, ella no daba crédito. Su primera expresión fue:

―¿¡Dónde está tu pelo!? ¡Pero si estás hinchado!

Él no le contestó rápido debido al impacto de las palabras de ella. Solo pudo decir:

―La vida, que no me ha tratado bien. En cambio, parece que no ha pasado el tiempo por ti, lo que quiere decir que la vida te ha tratado bien.

―No, hombre, no te lo tomes así, es que estás muy cambiado. Tenía muchas ganas de verte.

―Pasado el primer impacto, me gustaría preguntarte qué pasó, si tienes alguna respuesta. ¿Por qué nunca intentaste contactar conmigo? Sobre todo al principio, cuando te llevaron a la ciudad. Sabías dónde estaba. O podrías haber preguntado a tus amigas, que seguían residiendo en el mismo lugar ―le dijo el viajero.

―Era muy joven y en aquella época viví deprisa. Además, la única noticia tuya que tuve fue que te habías casado antes de ir a la mili. ¿Qué sentido tenía mantener ese recuerdo? Comprendí que mis padres tomaron una decisión acertada en aquel momento. Aunque nunca me explicaron qué vieron en ti, sí puedo decirte que no les gustaste. Si te soy sincera, no sé si por tus pintas o por tu clase social. Yo no sabía a qué clase pertenecías hasta que conocí a un chico cuando estaba comprometida con la izquierda más radical. El chico, por cierto, de muy buena posición social, se movía por el mundo del artisteo…

Pasaron horas charlando hasta que se despidieron. Después de ese primer contacto ya tenía las cosas más claras: había un motivo comprensible y veía más fácil poder deshacer el ovillo.

Hubo muchos contactos después de aquel, que fueron tirando del ovillo y aportando más luz a las incógnitas. Llegó un momento en que todo quedó al descubierto, sin formalidades, sin tapujos. Dado que ni aquella mujer ni él podían ocultar cómo eran realmente, decidieron poner fin a esa etapa tan larga de sus vidas.

«Durante el transcurso de la vida, cuando algo te oprime el pecho y después se instala en el cerebro, lo recurrente es pedir ayuda a un profesional, llamar a una consulta y contarle tus vivencias. Así, sin conocerlo. Naturalmente, previo paso por caja. No quiero decir que eso no funcione, sino que no funciona con todas las personas. Creo más en uno mismo, cuando se tiene voluntad, que en los consejos de una persona. Según mi criterio, por muy profesional que sea, solo tiene un objetivo: vivir de dar opiniones o consejos y, en algunos casos, abrazos, que de todo hay. Sería algo parecido a los políticos, quienes, hagan lo que hagan, nunca tienen responsabilidades», reflexionaba el viajero.

¿Se podría juzgar a un profesional de la mente por un resultado fallido? Obviamente, no. Y bien sabemos que los pacientes, cuando no se resuelve su caso, se aburren, desisten o no pueden pagar las largas sesiones.

Este relato continuará.

                                                                                                                                                                                                                          Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja


 

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