El viajero de las Vascongadas (XIV)
―Me pides que te dé explicaciones de lo que pasó. Me dices que no entiendes por qué sucedió aquello, que tú no habías hecho nada. Es verdad. Precisamente por eso, por no hacer nada, ocurrió lo que ocurrió. Ahora vienes y me pides explicaciones. ¿No te parecen suficientes las que te he dado durante todo este tiempo? ¿Quieres hacerme creer que no entiendes lo que tantas veces te he repetido? Recuerda que, viendo la deriva del asunto por no hacer nada, te decía: «Esto no va por buen camino, deberíamos modificar ciertas cosas o, como mínimo, analizarlas para poder tomar decisiones». Tú bien sabías que esto precisamente es lo que siempre he preferido, hacer algo, no quedarme impasible ante el futuro que se veía en el horizonte.
»Hablando de tomar decisiones erróneas en el ámbito de la economía o de la empresa, alguien dijo una vez: “Sacar la pasta del tubo dentífrico es muy fácil, pero volver a meterla, tal y como estaba en origen, es imposible”. Se refiere a situaciones irreversibles en las que, aunque se intente, la cuestión nunca quedará igual que antes. Por tanto, ¿no sería mejor afrontar las cosas como están? ¿No deberíamos buscar más equilibrio en todos los sentidos y admitir la realidad palpable?
»Me dices que quieres que seamos amigos, socios o colegas. También, que mucha gente lo hace y les funciona, siguen teniendo un vínculo después de una situación embarazosa. Incluso me pones ejemplos de personas que yo no conozco y, dicho sea de paso, tampoco quiero tener en la cabeza. Si he vivido un buen número de años sin ellas, ¿de qué me sirven ahora esos ejemplos con nombres y apellidos?
»Siempre te he pedido que hablemos de nosotros y que tomemos decisiones, pero parece que eso a ti no te llena, no es suficiente. Así pues, yo poco más puedo hacer. Estoy seguro de que en tu mundo, tanto en el laboral como en el familiar, tendrás a alguien con quien poder contar y contrastar tu punto de vista. Yo soy incapaz de entenderlo…
El viajero tenía esta conversación con una persona que conoció, avanzada la edad, pero que entró en su vida sin obstáculos, casi como esperando que sucediese. Cuando ocurrió, puso en sus manos propuestas que a nadie había planteado antes. Sentía cierta rabia por haber perdido tanto tiempo intentando enderezar aquella situación, tiempo que ya no tenía. Se sentía impotente ante tanto inmovilismo. Se le escapaba la solución como la pelusa de un chopo en primavera: la ves flotando, casi la respiras, pero es difícil cogerla aunque quieras porque una pequeñísima brisa la desplaza a su antojo.
Se sentía muy cansado, con las contradicciones que el tiempo le empujaba a sufrir, y ponía en el mismo nivel a amigos, padres, hermanos, socios, amores, amistades pasajeras... Hasta el extremo de preguntarse: «¿Un hijo es lo más importante? ¿O lo es un amor? ¿Quién predomina en ese escalafón? ¿Estoy seguro de que no pueden ser los padres, aun después de haber muerto? ¿O tal vez aquel que un día me ayudó sin pedir nada a cambio? ¿Y qué puede decirse de aquella persona que, en un momento de dificultad, me pidió tanto dinero y nunca me lo devolvió? ¿Por qué nunca se lo reclamé? Sabía que no podría devolvérmelo, y se lo di… Entonces, ¿cómo puedo saber quién debe estar en la cima de la pirámide?».
No lo sabía porque en cada momento de la vida las preferencias cambian y, dependiendo del flujo de la existencia, se piensa de una manera o de otra muy distinta. Siempre creía que hacía lo correcto y que asumía las consecuencias de sus actos o decisiones. Sin embargo, nunca soltaba una lágrima por haber sufrido contratiempos o golpes fuertes en cualquier ámbito. Eso formaba parte de la carrera de fondo del diario de la vida. Veía innecesario dar explicaciones a nadie, bastantes había dado ya. Por otro lado, era incapaz de hacer daño a conciencia. Si eso sucedía sin querer, se alejaba de la persona que había sufrido el mal.
La otra persona le respondió:
―No he hecho nada porque necesito entenderlo. Como no lo entiendo, no me atrevo a dar ningún paso, prefiero esperar sin romper puentes. Tú has sido una de las personas más importantes de mi vida y no quiero resignarme a perder tu amistad. Si eres capaz de sentarte conmigo y contarme tu versión de los hechos para que pueda entenderlo, al menos podré admitir tu intención de alejarte de mí.
―Eso ya lo he hecho multitud de veces durante todos los años que han pasado desde aquel fatídico suceso. Entonces te propongo, para que puedas resolver tus dudas, que lo hagamos al revés, es decir, tú preguntas y yo contesto. Te responderé con la verdad, sin evasivas, sin medias tintas, con la frialdad que me caracteriza, como se suele decir, en crudo. Aunque tengo que señalarte que si no te satisface lo que oyes no podrás tener otro intento. No volveré a empezar después de que te haya contestado, así que piensa bien las preguntas que quieras hacerme porque no tendrás más oportunidades. Por mi parte, no habrá ninguna pregunta. Yo he entendido todo desde el minuto uno y he digerido los frutos que esto me ha dado. Lo más importante y desafortunado es perder tu amistad y mi precioso tiempo ―le dijo el viajero.
―Bien, de acuerdo, prepararé el listado. Cuando lo tenga te aviso y afrontamos esta cuestión que tanto me atormenta ―le dijo la otra persona.
Pasaban los días y el viajero continuaba con su rutina. No molestaba, no preguntaba, solo esperaba… Mientras tanto, acontecieron otros episodios y tomó decisiones drásticas que cambiaron su vida. Lo que antes supuso una meta se quedó, simplemente, en algo que había pasado. Ya no le marcaba su día a día, tenía otras preocupaciones que consideraba más necesarias de atender, ya que el tiempo pasa muy rápido.
La muerte de su perrita le hizo ver cómo puede cambiar todo en una sola noche. La pobre mascota estaba enferma debido a su edad y su fallecimiento le trastocó su visión sobre dónde vivir los años que aún le quedaban. Valoró la necesidad de residir en un lugar con servicios médicos cercanos, la posibilidad de no poder utilizar el coche, de vivir en un piso pequeño y dedicarse a pasar el tiempo con tranquilidad, sin alteraciones, sin tener que aguantar a nadie.
La decisión no resultaba nada fácil. Debía deshacer muchas de las cosas que había creado hacía tan solo una década. Sabía perfectamente que todo necesita su tiempo, que las cosas precipitadas no suelen salir bien; pero, sobre todo, sabía que con su edad la vida va a un ritmo más lento y apenas se tiene tiempo de reacción. Y recurría una vez más a su forma de entender la vida: «Es preferible perder unas plumas que caer al suelo lleno de perdigones». Con esta máxima aceptaba que no importaban las pérdidas materiales.
Al cabo de un par de semanas, la persona le llamó por teléfono para decirle que ya estaba dispuesta a hablar del asunto pendiente y aclarar aquella desavenencia que había causado un suceso traumático para una de las partes. Ambos sentían la necesidad de poner fin a ese combate que poco a poco les estaba comiendo las entrañas. Incluso uno de ellos llegó a pedir ayuda a un profesional del funcionamiento de las emociones.
Quedaron en verse en un lugar neutral. Se encontraban rodeados de gente desconocida que entraba y salía de allí como los figurantes en una ópera.
―Aquí estamos. Puedes empezar cuando quieras. Yo estoy dispuesto a responder con sinceridad, tal como te dije ―le aseguró el viajero.
―Estoy desconcertada. Te invito a un café irlandés, como otras veces. Creo que me animará y podré hablar con más claridad.
―De acuerdo, como quieras ―le contestó él.
Mientras llegaba el café se palpaba cierta tensión que incomodaba a los dos. Hablaron de sucesos ajenos a la conversación programada con la intención de relajar un poquito la incómoda situación que estaban viviendo. La espera, aunque corta, parecía interminable.
―¿Tienes preparada la lista? ―le preguntó el viajero.
―Sí, pero no será necesaria porque lo tengo todo en la cabeza. Son tantas las veces que me lo he preguntado…
―Muy bien, pues adelante.
―Quiero empezar desde el principio. Creo que es la única forma de poder entenderlo. ¿Por qué dices que desde aquel momento ya te diste cuenta de que esto no saldría como habías pensado?
―Yo te ofrecí un plan de vida juntos sin saber muy bien cómo eras. Lo mismo te ocurriría a ti. Mi primera petición fue que viviéramos juntos y aceptaste. Durante el intervalo para hacer realidad ese compromiso, sucedió algo que yo no esperaba, y supongo que tú tampoco, que trastocó mis planes idílicos. En el momento de decidir dónde viviríamos resolvimos que sería en mi casa y tú me dijiste que con tus tres perros. Todo lo demás es innecesario repetirlo. El caso es que pasaba el tiempo y salíamos juntos con una buenísima amistad. Sin embargo, había cosas que yo no asumía bien, aunque tú no te dabas por enterada, preferías pasar y quitarle importancia ―respondió el viajero.
―Sí, pero eso está muy lejos. Quiero preguntarte por el episodio del año grabado en rojo en mi calendario: ¿qué pasó para que escribieses epístolas comprometidas a aquella otra mujer? En su día estuviste enamorado de ella y la tenías bajo palio.
―Cuando no se consigue algo con la persona que estás, a pesar de que se hace lo necesario para conseguirlo, se suele volver a referentes del pasado. Naturalmente, se buscan los placenteros, de los que uno guarda mejor recuerdo. También te digo que cuando la desconfianza atenaza la mente de uno, se suelen buscar atajos en la confianza del otro, es decir, investigar papeles, ordenadores o teléfonos. Esto fue lo que te ocurrió a ti. Las artimañas, aunque útiles, no acaban bien en todos los casos. Este hecho fue uno de los más dolorosos para mí. Sí, creía que allí encontraría lo que a tu lado me parecía imposible.
―O sea, ¿que yo no cubría tus expectativas con lo que te daba o lo que era para ti? ¿Lo más importante fue lo que la pura señorita te obsequiaba?
―No es exactamente así, pero podríamos decirlo de esa manera. Tu respuesta reiterada consistía en decir que eso eran necesidades fisiológicas y que para ti suponían otra cosa si iban acompañadas de un protocolo de abrazos y otros actos cariñosos. Asumía tus planteamientos, los discutíamos, y tú seguías empecinada. Poco a poco esto me entraba en la cabeza y me provocaba desánimo, me dejaba sin ganas de afrontar la situación.
―Entonces, ¿qué es lo que quieres de mí? No sé cómo afrontar este problema.
―Hace tiempo que dejé de querer algo de ti, pero no a ti. Lo que puedo decirte, y no es la primera vez que te lo digo, es que no quiero ser amigo tuyo. Amigos tengo los que no necesito, bien lo sabes. He contestado tus preguntas por tu bien. Me dijiste que lo necesitabas para comprender y seguir con tu vida sin que algo que no entendías estuviera hurgando en tu cerebro. Ya está. Espero y deseo que este conocimiento te dé la paz que necesitas.
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



