¿para qué?
Plinio
LIBRO V
CARTA VII
- Plinio a su amigo Capitón.
Salud.
Me aconsejas que escriba historia y no eres tú solo quien lo hace: otros muchos me han aconsejado lo mismo antes que tú. Ese trabajo me agrada sobremanera; no porque presuma llevarlo a cabo con éxito, que sería temeridad esperarlo así sin ensayarlo, sino porque no veo nada tan glorioso como asegurar la inmortalidad a los que no deberían morir nunca y eternizar el propio nombre y el de los demás. En cuanto á mi, nada me solicita tanto como la gloria; nada me parece tan digno del hombre, sobre todo de aquel que, no teniendo nada que censurarse, está tranquilo acerca del juicio de la posteridad. Yo también pienso día y noche «de qué manera podría elevarme de la tierra»; que sería bastante para mí, porque ni siquiera me es dado pensar, por desgracia, en «elevarme hacia los cielos; atraerme todas las miradas», pero quedo bastante satisfecho con lo que la historia sola puede ofrecer. Las oraciones, las poesías, tienen poco encanto si no son excelentes; pero la historia agrada de cualquier manera que este escrita. Los hombres son naturalmente curiosos, estando siempre dispuestos a alimentarse con novedades y hasta con fabulas; la narración mas árida puede agradarles. En cuanto a mí, el ejemplo domestico me invita también á este género de trabajo.
Mi abuelo materno, que es también mi padre por adopción, ha escrito historias con extraordinaria exactitud; y los sabios me enseñan que nada hay tan hermoso como seguir las huellas de los antepasados, cuando estos han seguido buen camino. ¿Qué me detiene, pues? Helo aquí. He abogado en grandes causas: aunque espero gloria muy escasa, me propongo retocar mis oraciones por temor de que se les niegue este ultimo cuidado, y no quiero exponer á que perezca conmigo un trabajo que tanto me ha costado: porque con relación á la posteridad, nada que no está concluido, esta comenzado. Dirás que puedo revisar mis oraciones y al mismo tiempo trabajar en la historia. ¡Ojala pudiese hacerlo así! Pero el más pequeño de estos dos trabajos es tan grande, que es hacer mucho realizar uno solo. Abogué por primera vez á los diez y nueve años, y apenas comienzo á entrever confusamente en qué consiste la perfección del orador. ¿Qué será si me entrego a nuevo estudio? Verdad es que existen grandes relaciones entre la elocuencia y la historia; pero en estas mismas relaciones hay más de una diferencia. Una y otra narran, pero por modo diferente. Con frecuencia se acomoda la primera á hechos vulgares, poco importantes y hasta despreciables; la segunda prefiere todo lo extraordinario, brillante y sublime. Los huesos, los músculos, los nervios, pueden parecer bastante para aquella; esta sienta bien la belleza del conjunto. La elocuencia exige energía, fuego, rapidez; la historia exige majestad, belleza, dulzura: la expresión, la armonía y la construcción son diferentes en una y otra; porque, como dice Tucídides, es necesario obrar de muy distinta manera si todo lo espera uno de su siglo, o si no se espera nada más que de los venideros.
El ardor atiende al primero de estos dos fines, el historiador al segundo: y esto es lo que me impide mezclar dos trabajos tan diferentes, temiendo que, perturbado por tan extraordinaria mezcla, llegue a poner en uno lo que debería poner en el otro. Por esta razón, hablando lenguaje de abogado, pido un ínterin. Comienzo á pensar qué siglo elegiremos. Si nos fijamos en los lejanos, cuya historia tenemos ya, los materiales están completamente dispuestos; pero es desagradable tener que soportar la comparación. Si pensamos en los últimos, de los que hasta ahora no se ha escrito nada, nos arriesgamos a hacernos pocos amigos y muchos enemigos; porque, además de que en tan espantosa corrupción de costumbres hay muchísimo más que condenar que alabar, de cualquiera manera que lo hagas, serás siempre condenado. Si alabas, es poco; si condenas, es demasiado, aunque hagas lo primero con profusión y lo segundo con parsimonia.
Pero no es esto lo que me detiene, que me siento con bastante valor para proclamar la verdad. Lo único que te pido es que me prepares el camino por donde quiera que marche. Elige el asunto, para que, dispuesto á escribir, ninguna otra razón pueda detenerme ya.
Adiós.



