El viajero de las Vascongadas (XX)
Empezaban las vacaciones de 2005 y Ricardo dejaba de volar para pasar el verano con su familia, más tranquilo, dispuesto a disfrutar sus actividades de recreo. No era persona de tumbarse a esperar que el tiempo pasase, siempre tenía algo que hacer, lo que fuera con tal de estar ocupado. Atendía las cosas de su casa de campo, el huerto, la piscina, las charlas con sus múltiples amigos y a su familia.
El viajero y él programaban salir a pescar con el barco de Ricardo un fin de semana de julio. Se trataba de una modesta embarcación de diez metros de eslora que tenía amarrada en el puerto de Garraf. Ricardo era patrón de barco y un manitas con los utensilios y los aparatos de navegación. El barco era el lugar de peregrinaje de ambos casi todos los fines de semana que el tiempo acompañaba para salir a navegar. En otoño pescaban atún con la frecuencia que les permitían sus respectivos trabajos. Cuando Ricardo aterrizaba el viernes para pasar el fin de semana en Barcelona, se producía la llamada oportuna para programar la salida al mar.
El verano transcurría con normalidad, como cada año. El día 18 de julio, uno de los tres hijos de Ricardo llamó al viajero para comunicarle que su padre había sufrido un ictus y estaba ingresado en el hospital de Alcañiz. Además, le dijo que enseguida lo trasladarían al hospital de Barcelona, propiedad de Asistencia Sanitaria. Así pues, le indicó que no fuese a Alcañiz, sino al hospital de Barcelona.
El viajero, noqueado, no se lo podía creer… Como vivía en la avenida de Sarriá, a quinientos metros del hospital, se puso en marcha. Cuando llegó aún no se había presentado la ambulancia que trasladaba a su amigo y esperó hasta que por fin apareció. No pudo verlo hasta que lo estabilizaron y le hicieron las pruebas pertinentes. Inmediatamente, llegaron su mujer Angelita y sus hijos mayores, así que esperaron juntos y le contaron lo ocurrido.
Cuando pudieron verlo, Ricardo no conocía a nadie; miraba, pero no reaccionaba a nada. Su mujer y él se miraban y las lágrimas afloraban ante tan dramática situación. Entre ellos tampoco hablaban, cada uno permanecía en su mundo viendo que la vida trastoca todo en unos segundos. No les había dado tiempo a reaccionar y así pasaron largas horas.
Empezaron a turnarse para acompañar a Ricardo. A los pocos días, él comenzó a ser consciente de la situación. Tenía paralizado el lado izquierdo de su cuerpo y, en consecuencia, apenas podía hablar.
Un día que en la habitación había bastante gente, Angelita le pidió al viajero que la acompañara a tomar un café en la cafetería del hospital. Se sentaron y ella rompió a llorar. Le confesó que no sabía si podría superarlo, que tenía dudas sobre si sería capaz de hacerlo bien porque no estaba preparada para eso. Ella trabajaba en la Justicia y no tenía la seguridad de poder llevar todo adelante. Además, su madre sufría la tan devastadora enfermedad de Alzheimer. La cuidaban entre las tres hermanas, quienes se turnaban cada semana. La madre de Angelita residía en Teruel, por tanto, debía abandonar sus obligaciones en Barcelona cuando le tocaba su turno. Se hallaba tan confundida y sobrepasada por el impacto del suceso inesperado que solo podía llorar y maldecir su suerte cuando estaba fuera de la habitación de Ricardo. Eran momentos de desahogo al hablar con total realismo con una persona de la máxima confianza de su marido.
Poco a poco Ricardo lo fue superando y empezó a caminar con ayuda de una muleta. Hacía un esfuerzo tremendo por volver a ser él, autosuficiente. Hablaba cinco idiomas y era director y responsable de múltiples UTE (unión temporal de empresas) por el mundo. Representaba a una multinacional que montaba infraestructuras de ferrocarril a lo largo y ancho del globo. Hasta aquel momento era un ingeniero de caminos de éxito que superaba obstáculos en cualquier ámbito de la vida. No se apartaba ante nada, todo lo afrontaba con entereza y nunca se daba por vencido. Creía en su capacidad de superación y tenía numerosos dones, sobre todo, el de poner remedio a las cosas.
Pasados unos meses, se incorporó a un centro de rehabilitación en Tarrasa especializado en su enfermedad. El viajero y él se veían continuamente durante las horas de visita. Como podía, Ricardo le contaba cómo estaba afrontando ese trago tan amargo. Lloraba de rabia, aunque al ser creyente sacaba fuerzas de donde otros no las sacarían. Su fe era el alimento que le permitía vivir. Nunca se venía abajo ni perdía la esperanza y ya programaba un viaje al marquesado para visitar la bodega del viajero. Y, de paso, a Vilviestre de Muñó para ver a Maxi y a Mila.
Al cabo de unos meses quedaron en que Ricardo iría en avión hasta Valladolid. Lo acompañó otro buen amigo y socio del viajero, quien también visitaría la bodega. Se preparó una fiesta y Ricardo se divirtió como antes del infortunio. Volvía a ser casi independiente y se mostraba contento. Sin embargo, el viajero no era consciente de las necesidades de Ricardo. Su amigo lo llamó y le dijo:
―Tengo muchas ganas de orinar.
―Vamos, te acompaño al baño ―le contestó el viajero, pero Ricardo no tenía buena cara―. ¿Qué te pasa? Ya estamos en el baño…
Lleno de rubor y con ojos humedecidos le dijo que no podía bajarse la cremallera del pantalón porque el brazo izquierdo lo llevaba en cabestrillo, y en la otra mano, la muleta.
―No te preocupes, yo te ayudo ―le dijo el viajero.
Se quedó aliviado, aunque las lágrimas le fluían porque se sentía otra vez dependiente. Una vez finalizada la fiesta, Ricardo descansó como un niño en casa del viajero.
Al día siguiente se fueron a Vilviestre. El matrimonio los recibió como el día de los cangrejos, pero con una sutil delicadeza al ver al amigo peregrino. Pocas palabras y muchas sonrisas, con derroche de amabilidad hacia Ricardo. Pasaron el día con ellos en la mágica chopera. Todo era como antes, aunque también reinaban las dudas sobre cómo tratar al hombre que conocían, que había llevado una vida hiperactiva, y que en aquel momento aún no había recuperado la soltura ni su habitual desparpajo y clarividencia para debatir cualquier asunto, por comprometido que fuese.
La mente de su amigo no coordinaba bien las palabras. Para no herirle, debían darle tiempo para contestar, sin interrumpirlo o decirle cualquier cosa. Solo tenían que escucharlo y adaptarse a su nuevo mundo. Los tres actuaron sin prisas para que Ricardo pudiera tomarse su tiempo. Si no le entendían, no había que preguntarle. El viajero, por su cercanía a él durante la evolución de la enfermedad, adivinaba lo que su amigo no podía terminar de decir con facilidad, cosa que agradecían por la incomodidad que suponía a Ricardo.
En el viaje de vuelta al marquesado, Ricardo le dijo al viajero que el próximo año iría conduciendo desde Barcelona en un coche adaptado. Se hallaba cargado de energía. Sin duda, quería volver a ser él y no se resignaba a que aquel percance lo apartase de la vida, de su familia, de sus amigos. Deseaba vivir con la intensidad que lo había hecho siempre, incluso asumiendo que tendría que ser de otra manera. Sabía que su fuerza exultante tendría que moderarse y que debía aprender a contener sus impulsos, ya que su cerebro iba más rápido que su esqueleto.
―Ten un poco de paciencia, que aún es muy pronto. Sé que lo conseguirás; pero tranquilo, dale tiempo al tiempo. Aunque estás progresando de una manera vertiginosa, creo que debes ser más prudente ―le contestó el viajero.
―Ya me conoces, no pararé hasta que lo consiga. Mi meta es la que te he dicho: el próximo año.
―De acuerdo, Ricardo, pero primero vivamos lo que nos queda hasta entonces. Ten en cuenta que las cosas no son como antes, todo es más complicado para tu familia, tus amigos, tus compañeros de empresa, tus propios jefes, quienes están volcados contigo. Por eso merece la pena que te tomes tu tiempo, un tiempo que alguien te ha regalado. Sé que para ti son fundamentales tus creencias. Estás en plenas facultades mentales. ¡Bendito sea Dios! Sigo envidiando tu capacidad intelectual, así que no estropees tu recuperación. Si estás aquí con la gente que quieres es porque alguien cree en ti, en tu fuerza, en el amor que tienes por la vida. Todos deseamos compartir muchos años a tu lado; por eso debes ser prudente y evitar riesgos innecesarios. Tú ya me entiendes y siempre lo has tenido claro. Ten paciencia, no hay prisa. Sigue adelante con los que te rodean. Te queremos.
Transcurrieron dos años y Ricardo se presentó en Vilviestre de Muñó solo, conduciendo su coche adaptado a su movilidad. Cuando iba salir del vehículo quisieron ayudarle a bajar, pero él los sorprendió diciendo:
―Coged la muleta, que yo puedo salir solo.
El viajero atendió su petición y Ricardo salió sin ayuda. Al ponerse en pie, no dejó que nadie lo sostuviese y dijo que él se agarraría cuando lo necesitase. Al subir escaleras o andar por desniveles del terreno le daba la muleta al viajero y se agarraba a alguien o a algo para no perder el equilibrio. Una vez más, estaba superando la mayor dificultad que la vida le había presentado. Podía decirse que, salvo su lentitud al caminar, era la misma persona. Estaba tan contento y satisfecho de estar allí con sus amigos... Llevó un obsequio para celebrarlo: tuvo la feliz idea de comprar una buena cesta de marisco. Ya lo había hecho antes en varias ocasiones y lo cocinaba el viajero con Mila de ayudante. Decidieron dejar las viandas en la nevera y comer juntos al día siguiente.
En la casa había peregrinos y alguno de ellos se sentó para participar de aquel momento tan especial. No era raro que algo así pasase en el Molino, ya que el matrimonio siempre estaba dispuesto a invitar a cualquier persona que se acercase a la hora de comer. Hubiera lo que hubiese encima de la mesa, ellos invitaban, sin hacer distinción alguna entre los comensales ni tener en cuenta su procedencia.
Después de dieciocho meses, falleció la madre de Angelita. Una vez pasado el tiempo de duelo, las tres hermanas decidieron viajar a Nueva York. Ricardo se apuntó para hacer el viaje con ellas, pero no les gustó la propuesta. Necesitaban viajar solas después de haber estado varios años cuidando de su madre. Ricardo no aprobaba la decisión de las mujeres, aunque lo entendía.
Las hermanas emprendieron el viaje programado. Naturalmente, Ricardo conocía todos los detalles. Ni corto ni perezoso, encargó un viaje a esa mágica ciudad, que bien conocía. La diferencia entre los dos viajes fue de cuarenta y ocho horas. Ricardo volvió a coger un avión y se presentó en la Gran Manzana. Allí alquiló un coche con chófer para moverse por la ciudad. Llevaba la idea fija de presentarse en el hotel donde se hospedaban las hermanas. Cuando lo vieron se quedaron sorprendidas, aunque sabían que él era capaz de lo que fuese para demostrar que podía hacer ese viaje solo o acompañado.
―He venido para demostraros que soy capaz, que no necesito que nadie me saque de casa. Por tanto, con las mismas, me vuelvo. Que disfrutéis de la estancia ―les dijo.
Así es Ricardo… No cambiará hasta que se muera.
Este relato continuará.
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



