EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS (XVI)

Monasterio San Juan de Ortega - detalle del capitel románico del siglo XII del ciclo de la Natividad-

 

El viajero de las Vascongadas (XVI)

Llegaron a Burgos después de diez kilómetros infernales: ruidos de camiones, coches y todo tipo de vehículos de motor. Atrás había quedado lo tranquilo, lo bello, los buenos recuerdos de las paradas en Montes de Oca, donde se detenía el tiempo. Apoyados en los árboles, hablaban y disfrutaban del momento sin alteraciones, si acaso, oían el agradable canto de algún pájaro.

Acordaron hospedarse en un pequeño hotel para cumplir lo pactado en San Juan de Ortega. Reservaron una mesa a las diez para cenar los siete y se dispusieron a asease en sus habitaciones.

Bajaron a la cafetería antes de la hora fijada. Algunos se tomaron una cerveza mientras intercambiaban opiniones sobre los diez últimos kilómetros, puesto que durante el camino resultaba imposible tener una conversación andando.

Se sentaron a cenar a la hora prevista en una mesa circular, de modo que todos podían intervenir en cualquier conversación. Mientras servían el menú, ya apalabrado, habló Ramón:

―Quiero empezar por agradeceros que nos hayamos sentido como en familia en este viaje tan enriquecedor. Ha habido confesiones muy íntimas, que no habrían sido posibles sino no nos hubiésemos sentido como en una auténtica familia. Y digo esto porque Juan y yo somos pareja y también venimos de una vida turbulenta. Estuvimos casados con nuestras respectivas mujeres. En mi caso, tuve dos hijos. Ambos trabajábamos en la misma multinacional. En una de las numerosas celebraciones de la empresa intimidamos y desde aquel momento ya no pudimos parar de vernos. Puede decirse que nos enamoramos como quinceañeros… Después vino el trauma familiar y los inconvenientes de cualquier separación con hijos. Nada resultó fácil, fue como luchar contra un gigante. Parecía que no lo conseguiríamos, pero con constancia, determinación y amor logramos salir adelante. Decidimos hacer el camino como agradecimiento a quien nos ayudó. Creíamos que ese alguien solo podríamos encontrarlo haciendo el camino, bien fuera de forma espiritual o física. Y tengo que deciros que hemos encontrado las dos formas: la espiritual, en el refugio de los peregrinos en San Juan de Ortega, y la física, en todos vosotros. Nunca podremos olvidar estas vivencias. Han sido un remanso de paz después de salir de aquella pesadilla.

Sirvieron el primer plato y hubo un momento de silencio, como si estuvieran rumiando lo que acababan de escuchar. Salieron del drama escuchado haciendo comentarios sin sustancia, como para desengrasar:

―Qué bueno está esto. No sé si es así o es que tenía ganas de cenar tranquilamente.

―Pues sí, está bueno de verdad… ―respondió alguien.

Ángela era quien menos hablaba. Siempre caminaba abstraída, con la cabeza mirando al suelo, en su mundo interior, como si fuese sola. Seguía a sus compañeros de viaje, pero no participaba con opiniones. Si había que parar, paraba. Si tenía que sentarse, lo hacía. Todo le parecía bien. Durante el camino no replicó a ninguna propuesta de los demás, solo seguía lo que se decidiese.

Mientras esperaban el segundo plato y conversaban entre ellos, Isabel llamó la atención de todos con un «por favor» en tono alto:

―Quiero deciros que doy gracias a Dios por haberme puesto a vuestro lado. Dudaba si debía hacerlo, pues mi intención era recorrer el camino sola con el propósito de no empatizar con nadie que se me acercase. Sin embargo, en San Juan no pude despegarme de vosotros. Quería, sí, pero no podía. Incluso cuando salimos pretendía quedarme rezagada y deciros que mi ritmo era otro, que siguierais sin mí. Y cuando veía que la distancia empezaba a difuminar vuestras siluetas, algo me empujaba a acelerar la marcha para teneros más cerca. No pude dejaros, había algo que me unía a vosotros. El punto de convencimiento llegó en la parada de Atapuerca. Vi que erais personas heridas, que buscabais algo que no se encuentra si no se está solo.

»Soy doctora en Física. Mis orígenes son humildes y para poder pagarme la carrera tuve que hacer cosas muy desagradables. Me prostituí: acompañaba a hombres poderosos viajando a los sitios más selectos del mundo empresarial y político. La realidad es que no fue tan denigrante como en un principio me parecía. Solían ser personas cultas, educadas y atentas con mis necesidades.

»Después de conseguir mi doctorado me entró un bajón existencial y me cuestioné si eso era lo correcto. Había sido un digno atajo que mereció la pena, pero me pregunté cómo podría sobrevivir el resto de mi vida con eso en la cabeza.

»Encontré un buen puesto de trabajo en una empresa americana. Aún no tenía una pareja en mi vida. Tampoco era una preferencia ni tenía claro que la necesitase, pero como son cosas que casi todo el mundo hace, lo contemplaba como una asignatura pendiente. Dejé el asunto sin atosigarme: si sucedía, bien, pero yo no pensaba buscarlo. Un día, al encontrarme sola tuve la necesidad y, a la buena de Dios, decidí hacer el camino.

»Perdonadme por mi poca empatía, por querer huir de vosotros, por menospreciaros. Habéis sido mi bastón, la guía que me faltaba. Me habéis abierto el corazón. Me gustaría mantener contacto con vosotros, saber cómo evoluciona vuestra vida. Gracias, de verdad, por vuestra compañía.

En los postres, Ángela le pidió al viajero si podía contar el motivo que le había incitado a hacer el camino, ya que solo faltaba él por decirlo.

―No has manifestado tus sentimientos hasta ahora. Has sido una persona pragmática y te has expresado con las palabras justas.

―De acuerdo, lo intentaré. No tengo nada tan especial para contaros como vuestras experiencias. Mi vida está hecha a fuego lento, pero vivida a la velocidad de la luz. Mi universidad ha sido la calle; el día a día, mi pizarra; los tropezones, los castigos del maestro. Por tanto, mi ocupación principal ha sido trabajar y ganar sabiduría y dinero, hasta donde mi capacidad daba de sí. No me cuestionaba nada más. Mi meta era crecer y ese ha sido el motivo de mi existencia, así lo entendía. También llegué a la conclusión de que tenía que parar, ya que desde los 19 años he vivido muy rápido, sin mirar a los lados…

»Tuve un impacto emocional que me hizo reflexionar sobre mi pasado y llegué a la conclusión que necesitaba, como todos vosotros: empezar por encontrarme a mí mismo. Quería identificar mis valores, pasiones y límites. Necesitaba saber para vivir una vida más auténtica. Esto requería prestar atención a mi mundo interior, cuestionar mis creencias y seguir mis acciones con lo que realmente le da sentido a mi vida. Este es mi motivo. Aunque no ha sido un trauma, es una necesidad. Como aún me queda mucho camino por recorrer, espero que pueda encontrarlo.

»Con respecto a lo que nos ha pedido Isabel, yo lo agradezco, pero prefiero quedarme con el recuerdo de este viaje, pues considero que no me toca vivir vuestras vidas. Esto ha sido algo divino y no me veo capaz de interferir en decisiones que no me corresponden.

Al acabar la cena hubo un cambio de impresiones. Se dieron un abrazo en círculo y cada cual se fue a su habitación a descansar. Al día siguiente el viajero madrugó y partió solo hacia Hontanas.

Este relato continuará.

El Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja


 

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