El viajero de las Vascongadas (XVII)
En algunos de los momentos de su agitada vida, el viajero tuvo que escribir cartas, que casi nunca mandaba. Sin embargo, el ejercicio de escribirlas le ofrecía la oportunidad de ver su trayectoria negro sobre blanco. Después las repasaba porque sentía la necesidad de analizar el texto para intentar perfeccionarlo y, de este modo, no herir al destinatario. Como ese grado de perfección solo lo consiguen las divinidades, lo dejaba madurando en un cajón de su antiguo escritorio. Si bien su intención era publicar todas aquellas cartas que tenían un gran significado para él.
Querida Eco:
Voy a intentar aclararte lo que me ha pasado contigo.
Cuando nos conocimos en la década de los años 15, pensé que, efectivamente, eras como una brisa fresca. Así lo sentí, aunque ambos debemos reconocer que yo no tenía datos sobre ti ni tú sobre mí.
En el viaje que hicimos de vuelta me sentí bien. Hacía bastante tiempo que no hablaba con nadie de mi vida personal y creo que tenía ganas, seguramente porque estaba muy tocado por lo de la Diosa. Tú parecías comprensiva y sabías escuchar. Cuando nos despedimos no hubo nada que me hiciese pensar que aquello podía ir más allá de un día muy agradable.
Días después, creo que cuando empezaron las llamadas y ciertas visitas a mi casa, empecé a sentir que podía empezar una relación sin prejuicios. Ambos estábamos, por decirlo de alguna manera, dispuestos a experimentar para ver hasta dónde llegaban nuestros sentimientos. Empezó la atracción y el contacto físico de dos cuerpos con ganas de sentir la pasión de un desconocido amor.
De esa manera tan natural le conté a Esparta (aún no entiendo el porqué) lo que ya sabemos sobre un proyecto de vida. He pensado muchas veces que debí habértelo dicho a ti directamente. Consideré que, al no conocerte lo bastante, tenía que decírselo a alguien, y quien mejor que a Esparta por sus dotes de resistencia. Y, a continuación, a Afrodita, puesto que ella fue la que me invitó a aquella excursión. Cuando se lo dije, esto fue lo primero que me advirtió: «Vale, pero no le hagas daño». Lo entendí como un claro aviso: «Si entras, no la dejes a los cuatro días». Desde luego, nunca fue esa mi intención.
Nuestra relación fue creciendo poco a poco y tuvimos que salvar el escollo de Tindáreo. Y sí, yo te quería. Me gustabas y me adapté a algo nuevo que creía que podía ser bonito de disfrutar. Sin embargo, como en cualquier relación, el día a día va sacando a la luz lo que no se conoce del otro. Aunque al principio no se da importancia a casi nada de lo que nos sorprende de la otra persona, al cabo del tiempo todo se va acumulando en la cabeza y acaba pasando factura. Entonces apareció la Diosa y cerré ese capítulo de la manera que ya sabes, así que no creo que sea necesario repetirlo.
Pasaron cuatro años en los que tuvimos de todo. Tú ibas amoldándote a mis «exigencias» y yo te hacía partícipe de mis problemas, ajenos a nuestra relación. Craso error, pues numerosas veces tuve que frenar tus impulsos intrusivos cuando consideraba que ese terreno no te pertenecía. Tú, querida Eco, no lo aceptabas nunca a la primera. Eras machacona y pensabas que eso también te correspondía por el mero hecho de estar juntos.
Por mi parte, creo que no he sabido entenderte, o tal vez no me gustaba la forma en la que iban desarrollándose los acontecimientos. Durante este tiempo creía que podría solucionarlo, que ambos podríamos acoplarnos a una vida lo más placentera posible. Guardaba la esperanza de que algún día todo fuese normal. Créeme, me cuesta mucho escribir esto porque no dejan de ser cosas que hemos hablado cientos de veces, pero intentaré seguir lo mejor que pueda.
Siempre, aunque digas que no, has tenido encima de ti y, por ello, encima de mí la carencia de aquello que yo no te daba. Al igual que tantas otras cosas, que no suelen hacerse sin querer, salvo cuando existe una necesidad imperiosa y no queda más remedio que hacer lo que sea necesario. No obstante, eso suele durar poco.
Recuerda que, al principio, nos llamábamos a todas horas y nos dábamos besos por teléfono. No es que no me gustase; pero, como dice el refrán, «lo poco agrada y lo mucho cansa». Y así fui agotando mis deseos de hacer esas cosas que yo consideraba innecesarias.
En cambio, sí me ha gustado mucho hacer el amor, aunque seguramente a ti te gustaba menos. Así pues, el refrán sirve de ida y vuelta porque para ti era más importante lo otro, sentirte especial. Te recuerdo (o al menos así lo recuerdo yo) que no me has pedido nunca que nos fuésemos a la cama, como si para ti eso fuese algo intranscendente. Quizá pensabas que tú no tenías que tomar la iniciativa, a pesar de que te decía bastantes veces que cuando pensaba en ti despertaban mis micronervios de placer. Eso, querida Eco, es algo que si no se desea no sucede. Además, te decía que eso no me pasaba con nadie más que contigo, ni siquiera estimulando la imaginación. No me sucedía al pensar en un cuerpo de mujer, sino al pensar en ti.
Tú a esto lo llamarías «necesidades fisiológicas». Pues bien, es posible que también fuese eso, pero no tenía nada de malo, es algo natural cuando una pareja duerme junta. Sí, ya sé que tú necesitas otros preliminares, es decir, abrazos y besos, aunque considero que no es una regla que tenga que cumplirse a rajatabla. Eso viene sobre la marcha, de la misma manera que se termina en la cama haciendo lo que dos cuerpos desinhibidos quieran y puedan hacer. En fin, no quiero extenderme más en este asunto.
Sí te quería. Sí que eras importante para mí. Sí tenía en cuenta tus opiniones, pero eso no quiere decir que tuviese que aprobarlas ni estar reafirmándome cada día.
He estado contigo todo lo que he podido porque adquirí un compromiso voluntario contigo y conmigo mismo. Nadie me puso un puñal en el pecho. Deberías comprender que los pequeños detalles que se van acumulando, al final crean una bola imposible de digerir, y más aún si ambos gritamos sin escucharnos desde orillas distintas. Así lo he percibido yo. Creo que lo hemos hablado en multitud de ocasiones y te he dado pistas de que así yo no podía seguir. Todo ser humano tiene un límite en cualquier ámbito de la vida. Por supuesto, también en este.
Sobre la carta de la Diosa: a esa mujer le debo mucho. Aguantó lo inaguantable cuando me quedé solo. Tú conoces parte de la historia, sobre todo lo del año de gloria. Creo que estarás de acuerdo conmigo en que poca gente aguantaría lo que yo le pedí en aquellas fechas. Como le debía tanto, en el año 2018 intenté contactar con ella para redimir mi mala conciencia. Aquella carta no le llegó, sin más.
Se presentó la pandemia y podría haber sido una buena oportunidad para dejarte si hubiese sido verdad lo que decías, que no me importabas. Reflexiona: apenas nos veíamos, no teníamos contacto físico y no podía satisfacer mis necesidades fisiológicas, como dirías tú. Creo que eran motivos más que suficientes para hacer lo que tú siempre dices. En definitiva, tienes más que suficientes datos palpables.
Escribo la carta que tú no tenías que haber leído, pero ya está, la has leído. Ahora me dices que eso es lo peor que te han hecho en tu vida, que debería decirle a la Diosa que lo que he contado de ti en esta carta es mentira. Pues bien, para no hacerte más daño te digo que lo manifestado aquí, siempre con algún matiz, ha sido la acumulación de esos pequeños detalles a los que me he referido más arriba.
Tienes razón en que no debería haber hablado de ti, ni para bien ni para mal. Sin embargo, te recuerdo que tú hablabas de ella de una manera despectiva cuando yo no quería saber nada. Si hubiera querido saberlo, no habría sido por ti. Una vez más, la curiosidad mató al gato: las redes sociales resultaban irresistibles para ti. Ansiabas saber mucho más de lo que necesitabas, ya que, de lo contrario, no serías tú. Y, claro, lo hacías porque decías que tenías que entenderlo. Debes darte cuenta de que ella, que yo sepa, no ha estado siguiendo tu vida, y tú sí que lo has hecho con la suya. Ella dijo que se retiraba y lo cumplió.
De ella, mis recuerdos son de comprensión y adaptación; interprétalo como quieras. Lo que quiero decirte es que ella no es como tú, que nunca podrás ser como ella. De igual manera, ella jamás podrá ser como tú. Naturalmente, desde mi punto de vista.
Igual que ella no me preguntó a quién quería más, tú tampoco deberías habérmelo preguntarlo, porque esa respuesta, se conteste lo que se conteste, nunca satisface a las dos partes. Además, las respuestas forzadas incomodan.
Eco, es cierto que tienes muchas virtudes y que eres muy buena persona. Si bien debes reconocer que no tienes piedad con las personas que no te gustan o que consideras que no entran dentro de tus cánones. Aquellas que, según tu prisma, no merecen tu aprobación por tu forma de ver la vida.
Me acusas de no tener hacia ti ni un mínimo detalle de cariño, pero eso puede que sea la respuesta a tu forma de ser. Te he dicho numerosas veces que las cosas que se piden no suelen conseguirse. En mi caso, me hacen retroceder y acabo por salir de ese ambiente. Estos asuntos los hemos hablado en multitud de ocasiones, casi a diario, pero no me importa repetirlo.
No he preparado nada para volver con la Diosa. No creo que pienses lo que dijo el ejemplar de donde acaba la D. O. Ribera del Duero cuando la moción: «Anda, Teseo, a ver si ahora te sale bien con el rapto». Vil persona, por cierto.
Sabes mejor que nadie que mi tiempo ya se ha terminado. Estoy tan cansado que empezar de nuevo ya no me compensa. Aunque, por otro lado, también sabes que nunca dejo de intentar conseguir lo que deseo, aun sabiendo que casi seguro será un fracaso.
Para terminar, te digo algo que supongo que ya sabes y que sé que te sonará a moralina: la vida se compone de estas cosas y, gracias a ellas, el mundo avanza. Solo se termina cuando uno muere.
Espero que aquí no encuentres mentiras (y apenas faltas de ortografía). He sido muy cauto intentando medir bien las palabras, pero si algo no es cierto te ruego que me disculpes, pues no ha sido intencionadamente.
La Odisea, el año después de la pandemia.
Teseo
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



