LAS QUINTAESENCIAS

PAUL VALÉRY

Sométete por entero a tu mejor momento, a tu más grande recuerdo.
Es él a quien hay que reconocer como rey del tiempo.
El más grande recuerdo.
El estado al que debe reconducirte toda disciplina. El que te da la pauta de despreciarte o de preferirte justamente.
Todo con relación a El, que instala en tu desarrollo una medida, unos grados.
Y si es debido a otro que no seas tú, niégalo, y sábelo.
Centro del movimiento, del desprecio, de la pureza.
¡Me inmolo interiormente a lo que desearía ser!

Paul Valéry


Las investigaciones insensatas son parientes de los descubrimientos imprevistos. El papel de lo inexistente existe, la función de lo imaginario es real; y la lógica nos enseña que lo falso implica lo verdadero. Parece, pues, que la historia del espíritu puede reunirse en estos términos: es absurdo por lo que busca; es grande por lo que encuentra.

El problema de las cosas, y el de la procedencia de este todo, tienen su origen en la más inocente de las intenciones deseamos ver lo que podría haber si una determinada combinación particular de nuestros conocimientos podría situarse antes que éstos, todos, y, puesta en este lugar, si podría engendrar el sistema del cual aquéllos parten, que no es otro que el mundo. Y su autor, que somos nosotros mismos.

Ya sea que creamos oír un Voz infinitamente imperativa romper, en cierto modo, la eternidad, propagándose su primer grito en extensión como una noticia cada vez más repleta de consecuencias a medida que se abalanza hasta los límites de la voluntad creadora, y la Palabra abriendo camino a las esencias, a la vida, a la libertad, a la fatal disputación de las leyes, de las inteligencias y de la casualidad; - ya sea que (si nos repugna precipitarnos partiendo de la pura nada hacia cualquier estado imaginable) encontremos un poco menos arduo considerar la más remota época del mundo como asociada a la oscura idea de una mezcla de materia y de energía, componiendo juntas una especie de barro substancial, pero neutro e impotente en indefinida espera del acto de un demiurgo; - ya sea, en fin, que, mejor armados, más profundos, pero no menos sedientos de maravillas, nos esforcemos en reconstituir, con la ayuda de todas las ciencias, la más antigua figura posible del sistema que es el objeto de la ciencia, - cualquier pensamiento sobre el origen  de las cosas no pasará nunca de ser una fantasía de su disposición actual, una especie de degeneración de lo real, una variación sobre lo que es.

¿Qué nos hace falta, en efecto, para pensar en ese origen?

Si nos hace falta idea de la nada, la idea de la nada, es nada; o, más bien, ya es algo: es una ficción del espíritu que se inventa una comedia de silencio y de tinieblas perfectas en las cuales se muy bien que estoy escondido, pronto a crear, por un simple relajamiento de mi atención; en donde siento que estoy, presente, voluntario, indispensable, a fin de conservar, mediante un acto del cual tengo conciencia, esta ausencia tan frágil de toda imagen y este vacío aparente… Pero, es una imagen y es un acto: por un convencionalismo momentáneo, me llamo Nada.

Si en el lugar del origen coloco la idea de un desorden llevado a extremo y, aun, a las más nimias partes de lo que fue, me doy fácilmente cuenta de que este caos inconcebible está ordenado según mi propósito de concebir. Yo mismo he barajado las cartas a fin de poderlas desenmarañar. Por otra parte, sería una obra de arte y de lógica esta definición de un desorden lo bastante suelto para que ya no se pudiese descubrir en él el menor rastro de orden, y substituirla por un caos más íntimo y mas avanzado. Una confusión verdaderamente inicial debe de ser una confusión infinita. Pero de ésta ya no podemos extraer el mundo, y la misma perfección del torbellino nos impide para siempre poder servirnos de él.

En cuanto a la idea de un principio – me refiero a un principio absoluto -, ésta es, necesariamente, un mito. Todo principio es coincidencia; tendríamos necesidad de concebir, en este punto, no se qué contacto entre el todo y la nada. Al intentar pensar en ello, se encuentra que todo principio es consecuencia, - todo principio acaba algo.

Pero nos hace falta, principalmente, la idea de este Todo que llamamos universo, al que deseamos, ver comenzar. Aun antes de que la cuestión de su origen nos inquiete, veamos si esta emoción, que parece imponerse a nuestro pensamiento, que le parece tan sencilla y tan inevitable, puede descomponerse bajo nuestra mirada.

Creemos oscuramente que el Todo es algo, y al imaginar algo, lo llamamos Todo. Creemos que este Todo ha comenzado como comienza toda cosa, y que este comienzo del conjunto, que debió de ser bastante más extraño y solemne que el de sus partes, tiene que ser todavía más importante en cuanto al conocer. Levantamos un ídolo de la totalidad, un ídolo del origen de ésta, y no podemos impedir que al acabar nos ceñamos a la realidad de un cuerpo cualquiera de la naturaleza, cuya unidad responda a nuestra misma unidad, de cuya existencia estamos totalmente seguros.

Tal es la forma primitiva, y como infantil, de nuestra idea del universo.

Hay que examinarla un poco más de cerca, y preguntarse si esta noción naturalista, es decir, impura, puede figurar en un razonamiento no ilusorio.

Observaré en mí mismo lo que pienso bajo dicho concepto.

Una primera forma de universo me la ofrece el conjunto de las cosas que veo. Mis ojos arrastran consigo una visión de lugar en lugar, y, por doquier, hallan algo que les afecta. La visión misma invita a la movilidad de mis ojos a engrandecerla, a ensancharla, a ahondarla sin cesar. No hay movimiento de mis ojos que tropiece con una región de invisibilidad, no hay ningún movimiento que no engendre efectos coloreados; y por causa del grupo que tales movimientos componen, que se encadenan entre sí, que se prolongan, que se absorben o se corresponden mutuamente, estoy como encerrado en mi facultad de percibir. Toda la diversidad de lo que veo se forma en la unidad de mi conciencia motriz.

Adquiero la impresión general y constante de una esfera de simultaneidad estrechamente ligada a mi presencia. Trasladándose de lugar al mismo tiempo que yo, y, aunque su contenido es indefinidamente variable, conserva su plenitud gracias a todas las substituciones que es capaz de experimentar. Si me desplazo, si los cuerpos que me rodean se modifican, la unidad de mi representación total, la propiedad que ésta posee de encerrarse, no se altera con ello. Es en vano que yo huya, que me agite de cualquier manera; siempre me encuentro envuelto dentro de todos los movimientos videntes de mi cuerpo, los cuales se transforman entre sí y vuelven a conducirme, invenciblemente, a la misma situación central.

Veo, pues, un todo. Digo que es un Todo, porque, en cierto modo, agota mi capacidad de ver. Nada puedo divisar fuera de esta forma que un solo ente sostiene, ni fuera de esta yuxtaposición de formas que circunda. Todas las demás sensaciones se refieren a algún lugar de este recinto, cuyo centro piensa y se habla a sí mismo.

He ahí mi primer Universo. No se si un ciego de nacimiento podría tener una noción tan neta e inmediata de una suma de todas las cosas, tan esenciales me parecen, para dominio entero y completo de mí mismo, las propiedades del conocimiento adquiridas a través de los ojos. El sentido de la vista asume, en cierto modo, la función de la simultaneidad, es decir, de la unidad como tal.

Pero esta unidad – necesariamente compuesta por lo que puedo ver en ese momento, este conjunto de enlaces recíprocos de figuras o de manchas, en los cuales descifro y asigno en seguida la profundidad, la materia, el movimiento y el acaecimiento, donde miro y descubro lo que me atrae y lo que me inquieta – me comunica la primera idea, el modelo, oculto y revelado por ella lo mismo que el germen del universo total que, según creo, existe en derredor de mi sensación.

Indudablemente, imagino que un inmenso sistema escondido sostiene, penetra, alimenta y resobe cada elemento actual y sensible de mi duración, lo fuerza a ser y a resolverse; y que cada movimiento es, por lo tanto, el nudo de una infinidad de raíces que se hunden a una profundidad desconocida en una extensión implícita -en el pasado-, en la secreta estructura de esta máquina nuestra de sentir y combinar que incesantemente vuelve a colocarse en el presente. El presente, considerado como una relación permanente entre todos los cambios que establecen contacto conmigo, me hace soñar en un cuerpo sólido al cual estuviera ligada mi vida sensitiva, como una anémona de mar a su guijarro. ¿Cómo voy a construir sobre semejante piedra mi edificio fuera del cual nada puede ser? ¿Cómo pasar del universo restringido e instantáneo al universo completo y absoluto?

Se trataría, ya en este punto, de concebir y construir, alrededor de un germen real, una figura que diera satisfacción a dos exigencias esenciales: una, que es la de admitirlo todo, de tener capacidad para el todo y de representarnos este todo; otra, que es la de poder servir a nuestra inteligencia, la de inclinarse ante nuestros razonamientos y la de lograr hacernos un poco más instruidos acerca de nuestra condición, un poco más poseedores de nosotros mismos.

Pero basta precisar y acercar una a otra estas dos necesidades del conocimiento para levantar bruscamente las dificultades insuperables que trae consigo la menor tentativa de establecer una definición utilizable del Universo.

Universo, pues, no es más que una expresión mitológica. Los movimientos de nuestro pensamiento en torno a este nombre son perfectamente irregulares, enteramente independientes.

Apenas salidos del instante, apenas intentamos engrandecer y extender nuestra presencia fuera de sí misma, nos agotamos en nuestra libertad. Todo el desorden de nuestros conocimientos y de nuestros poderes nos rodea. Nos asedia lo que es recuerdo, lo que es posibilidad, lo que es imaginable, lo que es calculable, todas las combinaciones de nuestro espíritu en todos los grados de la probabilidad y en todos los estados de la precisión. ¿Cómo adquirir el concepto de lo que a nada se opone, que nada rechaza, que a nada se parece? Si a algo se pareciera, ya no sería. Y si a nada se parece… y si esa totalidad tiene igual potencia que nuestro espíritu no tiene ninguna ascendencia sobre ella. Se desatan las objeciones que se elevan contra lo infinito de hecho, todas las dificultades que se encuentran cuando se quiere ordenar una multiplicidad. Ninguna proposición puede dar cabida a este tema de tan desordenada riqueza, a la cual todos los atributos cuadran. Del mismo modo que el universo escapa a la intuición, igualmente trasciende a la lógica.

Y en cuanto a su origen, --AL PRINCIPIO FUE LA FÁBULA. Siempre lo será.


 

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