
CAPÍTULO XVIII
De qué modo puede mantenerse en un pueblo corrompido un gobierno libre si existía antes, y si no, establecerlo.
Paréceme no fuera de propósito ni ajeno a lo dicho antes, investigar si en un pueblo corrompido puede mantenerse un gobierno libre prexistente o, de no existir, fundarlo. Ante todo, diré que es muy difícil realizar cualquiera de ambas cosas; y aunque sea casi imposible dictar reglas por ser indispensable proceder según los grados de corrupción, sin embargo, conviniendo razonar de todo, no quiero dejar esta cuestión sin examen.
Supongo un pueblo corrompidísimo, donde las dificultades sean tales, que no baste ley ni reglamento alguno para enfrentar la universal corrupción; pues así como las buenas costumbres se mantienen con buenas leyes, estas, para ser observadas, necesitan buenas costumbres.
Además, la constitución y las leyes hechas al organizar una república y cuando los hombres son buenos, carecen de eficacia en tiempos de corrupción. Las leyes cambian con arreglo a las circunstancias y sucesos; pero no varía, o rara vez sucede que varíe la constitución, lo que ocasiona que las leyes nuevas sean ineficaces por no ajustarse a la Constitución primitiva o contrariarla.
Para que se entienda mejor, diré cuál era en Roma la organización del gobierno o del Estado, y cuales las leyes que, con los magistrados, refrenaban a los ciudadanos. Las bases de la Constitución eran la autoridad del pueblo, del Senado, de los tribunos y de los cónsules; el sistema de elección y de nombramientos de los magistrados y la forma de hacer las leyes. Esta organización varió poco o nada, a pesar de tantos y tan diversos acontecimientos. Cambiaron las leyes que refrenaban a los ciudadanos, como la ley de adulterio, las suntuarias, la de soborno y muchas otras, a medida que los ciudadanos iban siendo más corrompidos, pero manteniéndose la Constitución de Estado, aunque no convenía ya a costumbres relajadas. Las leyes nuevas no eran eficaces para mejorar a los hombres, y lo hubieran sido si, con la reforma de las leyes, se hiciera también la de la Constitución. La insuficiencia de esta para las costumbres viciadas se ve clara en dos puntos capitales; en la elección de magistrados y en la formación de las leyes.
El pueblo romano no daba el consulado y los demás cargos principales de la ciudad sino a quienes los solicitaban, y tal sistema fue al principio bueno, porque los pedían solamente los ciudadanos que se juzgaban dignos de ellos, siendo ignominioso no obtenerlos; de suerte que se observaba buena conducta para merecer cargos públicos. Este régimen llegó a ser en la ciudad corrompida perniciosísimo, porque, no los más honrados, sino los más poderosos, pedían las magistraturas, y los que no lo eran, aunque fuesen dignísimos, se abstenían de pedirlas por miedo. A este abuso no se llegó de pronto, sino gradualmente, como con todos los demás sucede.
Dominadas África y Asia por los romanos y reducida casi toda Grecia a su obediencia, estaban seguros de su libertad, no viéndose enemigos que pudieran influirles temor. La propia confianza y la debilidad de los enemigos hizo que el pueblo romano no atendería a la virtud, sino al favor, para conceder el consulado, elevando a esta dignidad a los que mejor sabían agradar al pueblo, no a los que sabían agradar al pueblo, no a los que sabían mejor vencer al enemigo. Después de concederlo a los que gozaban más favor, lo dio a los más poderosos, y, por defectos del sistema electoral, los buenos quedaron completamente excluidos.
Podía un tribuno o cualquier otro ciudadano proponer al pueblo una ley, y, antes de ser aprobada, todos los ciudadanos tenían derecho a hablar en favor o en contra de ella. Este método era bueno cuando eran también buenos los ciudadanos, porque siempre fue beneficioso que los que idean algo útil para el público puedan proponerlo, y también lo es que todos tengan derecho a emitir su opinión, para que, oídas todas, pueda el pueblo elegir lo mejor. Pero al vaciarse los ciudadanos, el sistema de hacer las leyes llegó a ser pésimo, pues solo los poderosos las proponían, no para la libertad común, sino para aumentar su poder; y, por miedo a ellos, nadie se atrevía a combatirlas. Así el pueblo, o engañado o forzado, decretaba su propia ruina.
Era pues, necesario, si se quería que en la Roma corrompida subsistiese la libertad, cambiar las formas constitucionales, como fueron reformando las leyes, al temor de las costumbres, porque al malo se le gobierna de distinto modo que al bueno, y en dos casos tan contrarios no cabe igual procedimiento.
Cuando se comprende que la Constitución de un Estado no es buena, se cambia de pronto o se reforma poco a poco, a medida que se van conociendo sus defectos; pero ambos métodos son casi irrealizables; porque la reforma paulatina solo puede hacerla un hombre sabio y prudente, y es facilísimo que no haya en una ciudad un hombre en tales condiciones. A un habiéndolo, jamás podría persuadir a los demás de lo que el solo presiente, porque los acostumbrados a vivir de un modo determinado rehúsan variar, sobre todo no teniendo el mal a la vista y necesitando apreciarlo por conjeturas.
Respecto a cambiar la Constitución de pronto, cuando todos reconocen que no es buena, digo que, aun advertidos sus defectos, es difícil corregirlos, porque, para hacerlo no pueden aplicarse los procedimientos ordinarios, insuficientes y a veces peligrosos, sino apelar a los extraordinarios, a la violencia de las armas, para llegar a ser dueño del Estado y disponer de él según la propia voluntad; y como la regeneración de las costumbres políticas en un pueblo solo puede hacerla un hombre de bien, y únicamente un hombre malo apelar a la violencia para dominar un Estado, resulta que rarísima vez querrá el bueno llegar por mal camino a la soberanía, aunque sus propósitos sean excelentes; y menos aún el malvado, convertido en príncipe, obrar bien, haciendo buen uso de una autoridad mal adquirida.
Lo dicho demuestra la dificultad o imposibilidad de conservar o fundar de nuevo una república en ciudad corrompida. Para organizar gobierno se deberá acudir mejor a instituciones monárquicas que populares, a fin de que los hombres cuya insolencia no pueden corregir las leyes, sean refrenados por un poder casi regio. Querer hacerlos buenos por otro camino sería empresa cruelísima o imposible. Cierto es que, como antes dije, Cleómenes, para ejercer solo el poder, mandó matar a los éforos, y Rómulo, para lo mismo mato a su hermano y a Tito Tacio, haciendo ambos después buen uso de su autoridad; pero conviene tener en cuenta que ninguno de ellos encontró en el pueblo la corrupción de que en este capítulo hablamos. Pudieron, por tanto, gobernar bien y dar aspecto beneficioso a los medios de que se valieron para conseguirlo.


