Rodada en Aranda de Duero y Peñafiel, 1963
En Peñafiel sigue sin pasar nada, en cambio en Aranda de Duero si ha pasado
No es fácil de entender para el común porque hay tantas lagunas, tantos trampantojos
Qué momento tan difícil de digerir debido a los acontecimientos bárbaros que estamos viviendo los silenciosos ciudadanos de este reino. No es porque tengamos mal el estómago, no, sino por las tragaderas que tienen los adictos al socialismo. Sin pensarlo se tragan todo lo que les echen, sin importarles lo que sea. No sería creíble que en otro estrato social se diese este fanatismo, sería imposible que sucediese.
Un ejemplo ilustrativo fue el del 20 de noviembre de 2011, cuando Mariano Rajoy ganó con mayoría absoluta. Después pudo haber revertido la gran mayoría de las leyes que dejó el anterior presidente que gobernó durante dos legislaturas, de 2004 a 2011: el infausto José Luis Rodríguez Zapatero. Este llegó incluso a negar la crisis económica que sufríamos en aquel momento. Y legislaba según su capricho o ideología, algo que en aquella época nos parecía disparatado. Además, tenía un equipo de Gobierno tan pintoresco que era escandaloso. Llegaron a decir: «Lo que salga del Parlamento catalán será aprobado».
Todo el mundo que votó a Rajoy se puso eufórico cuando ganó. Había nacido la esperanza de seguir con una vida de valores establecidos, de restablecer el orden y recuperar algunas libertades que ya estaban tocadas. Para desconsuelo de los voluntariosos votantes, que veían el precipicio del caos de haber seguido votando al funesto presidente saliente.
Qué lejos quedaron las promesas del nuevo presidente. Esta euforia se iba desvaneciendo cada día que pasaba. Los votantes de Rajoy no entendían nada, pues solo promulgaba leyes relacionadas con la economía. Esto resultaba insuficiente para mantener la esperanza de poder derogar las leyes que nadie quería. El demérito del nuevo presidente fue ignorar el clamor popular contra aquellas leyes porque, una vez que ganó con mayoría absoluta, sus votantes confiaban en que las modificaría o derogaría. Sin embargo, no fue así. Pasaron cuatro años de legislatura y la gran mayoría de sus votantes le dieron la espalda. Esto desencadenó una avalancha de pasos en falso que terminaron en el año 2018 con la llegada del autócrata actual, quien parece que aprendió la lección dañina de Zapatero, el último presidente socialista. Que Dios también le confunda.
Sí, eso de seguir al pastor hasta extremos irracionales solo pasa en la escuela socialista mundial.
Si nos paramos a pensar, es tal el acúmulo de necesidades que no sabemos por dónde empezar. Aunque queramos adivinar lo que pueda pasar mañana, siempre nos equivocamos y esto nos lleva al desánimo y a la desmotivación. ¿Podemos permitirnos ese lujo? Sinceramente, no. En este concierto de despropósitos, como ciudadanos de pleno derecho, con la indefensión que palpamos cuando intentamos hacer algo para recuperar un poco de lo que teníamos hace tan solo diez años, todo es desconsolador. No nos regimos por la Constitución. Los actuales gobernantes la están desmontando con decretos sin consultar a la mayoría de los habitantes de esta España en decadencia. Este modo de desmantelar la Constitución se acrecienta a marchas forzadas sin que nadie pueda tapar el agujero por donde sale a chorro abierto el derroche de nuestros derechos.
Quizá nuestro presidente sea incapaz de salir del ovillo en el que está envuelto o tal vez sea que no le interese deshacerlo porque, de ser así, todos podríamos ver el principio y el final de este partido preclaro, pues los dos extremos de la madeja quedarían al desnudo. Así se verían todos los apaños que durante estos seis años han tejido los gobernantes socialistas del Reino de España.
Algunos ejemplos del ovillo de nuestro presidente forzado, sí, pero nuestro presidente:
El eterno paro endémico, solo que ahora se camufla con el mágico nombre de «fijos discontinuos». Y el coste económico pasa a las arcas del Estado en un porcentaje mucho mayor e infinitamente menos efectivo que la forma que existía de tratar este problema cuando llegaron al poder los magos de la simulación socialista. Haciendo gala de su práctica del señuelo, esconden los parados en el envoltorio de papel moneda. Aunque, hagan lo que hagan, los parados están ahí. Y las cuentas pueden decir lo que quieran, el papel todo lo aguanta. Disparar con pólvora del rey es muy fácil, tanto que no sería necesaria una ministra para ese trabajo. Podría hacerlo mucho mejor un joven economista independiente recién licenciado trabajando en su primer empleo.
Además, ocultan lo precario de los trabajos y los contratos masivos, interrumpidos constantemente para dar descanso a los trabajadores que han prestado sus servicios solo durante unas horas. Esta forma de actuar no soluciona los problemas de la gente que quiere trabajar. Es probable que algunas personas acepten este trato porque les venga bien. En cambio, la gran mayoría son castigados con la incertidumbre y la ansiedad que produce el no poder planificar su vida, puesto que mucha gente se ve dentro de un bucle, sin posibilidad de poder salir. Acaban sometidos a los abusos de personas indeseables o rindiéndose a las miserias que reparte el Partido Socialista.
Para ellos, los que gobiernan, no existe la rectificación. Al contrario, machacan más el clavo para que sea irreversible, más o menos como Maduro. Claro, que él también es del mismo color. Ante la disyuntiva de hacer o no hacer…, patada hacia delante porque, mientras dure, nosotros crecemos. Mensaje de llamada para los que tienen el mal de la molicie y con poco se conforman.
La manoseada política de la vivienda no deja indiferente a nadie, ni a los necesitados de vivienda, que nunca la conseguirán con estas políticas que evitan que el ciudadano común (llamémosle obrero) tenga propiedades. Los precios son inalcanzables y los sueldos solo dan para comer y hacer frente a los impuestos, que gravan cualquier cosa que consumas, aunque esta sea vital para seguir adelante. Y la ministra del ramo, para ayudar al ciudadano trabajador, carga con más impuestos a las empresas, que tendrían que pagar mejor al obrero, así que este impuesto merma el crecimiento de ambos. Pero eso es indiferente para nuestros gobernantes, ya que tienen muy fácil culpar a los inversores sin reparar en su pésima gestión. Para ellos, es preferible que los obreros estén en el paro y cobren del Estado, aunque estos pobres no tengan para poder vivir en una casa digna.
Tampoco son indiferentes a la ley los inversores, quienes, al ver que no existe seguridad jurídica, prefieren buscar otros lugares donde poder invertir en este sector. De esta manera, dejan que el Gobierno solucione el problema de la falta de vivienda. Igualmente, está sin resolver el asunto de las viviendas de alquiler. Sucede lo mismo que en el anterior caso: nadie quiere alquilar por la ley de los precios regulados y el riesgo de que entre un inquiokupa y deje de pagar. El propietario se encuentra sin garantías sobre cuándo podrá tener la propiedad libre de ese inquilino, que llegó al reclamo de alquiler sabiendo que la Justicia es muy lenta y la ley le ampara.
La bien estudiada normativa respecto a los okupas, puesta en práctica por los gobiernos de izquierdas, que llaman «grandes tenedores» a las familias que, con los ahorros de toda una vida, han logrado adquirir entre dos y diez viviendas para destinarlas al mercado del alquiler. Con esos ingresos extras pensaban que podrían tener una vejez algo más digna, si no se cuenta con unos mínimos recursos que compensen la exigua pensión que el Gobierno está pagando, o para poder ayudar algún hijo necesitado. En cambio, ellos, los okupas, pueden pagar pero no quieren, pues la ley también los ampara y el propietario tiene que pleitear para que sus derechos sean reconocidos. Todos los gastos generados en el tiempo que esté el inmueble okupado corren a cargo del propietario. Y, cuando logra desalojarlo, el inquilino se declara insolvente. Así que, se gane o se pierda ante un juez, siempre pierde el propietario.
La inmigración «descontrolada», ¡menudo problema! Pero ¿para quién? Para el Partido Socialista y el presidente no lo creo. No vemos que pongan un mínimo de interés en solucionar este asunto, que pone los pelos de punta, no por la invasión desproporcionada de otras culturas (algunos entran sin tener control de sus intenciones), sino porque todas estas personas es imposible que se integren en nuestra sociedad y se pueda vivir en armonía. Sería necesario que el Gobierno socialista hiciese un estudio serio sobre las consecuencias de este colapso que tendremos en los pulmones de nuestra sociedad. Poco a poco, la izquierda ha vendido un buenismo irreal, tal vez pensando que, quienes vengan, algún día no muy lejano les devolverán el favor que hoy les están haciendo en forma de voto.
Culpan a cualquiera que cuestione este desatino de plantar personas en cualquier rincón de nuestro reino, dando preferencia a la plantación en los ayuntamientos y los gobiernos autonómicos de la oposición, claro. Pues cuando toca ponerlos en las comunidades que no los quieren, por ejemplo, en Cataluña, guardan silencio y les parece bien. Este desacierto es promovido y buscado, así como muy bien aceptado por el Gobierno socialista. Parece que prefiere un caos a que los españoles vivan con sus costumbres y su paz de antes de que el autócrata llegase. Que Dios los desampare.
La tan «luchada» y esperada independencia de Cataluña parece que esté a punto de suceder. Es un dolor de cabeza continuo para el Reino de España, con una difícil solución actual. Nuestro presidente aporta todo para que no se solucione, sin importarle si es suyo lo que aporta o de todos los españoles. Hubo otros tiempos en los que la solución a éste problema de la independencia se podía haber forzado, pero los distintos reyes y gobiernos de la historia no supieron ni quisieron romper de una vez por todas con esa supremacía de Cataluña sobre los demás ciudadanos de este reino.
Los catalanes no tuvieron bastante con la experiencia que gozaron en 1640, cuando Pau Claris estuvo al frente de la Generalitat de Cataluña, después de vivirse varias revueltas sociales y la sublevación de los estratos más bajos de la sociedad. En aquel momento, los gobernantes catalanes se aliaron con Luis XIII, enemigo directo de Felipe IV, quien buscaba debilitar España de cualquier manera. Terminó formalizándose el acuerdo con el Pacto de Ceret. La Francia de Luis XIII, siendo soberano de Cataluña, la trató con superioridad y acabó con sus privilegios humillando su dialecto, al que hoy en día siguen llamando «patois» (paleto).
Mucho se ha escrito sobre esta república, que lo fue bajo la soberanía francesa. Pero, al igual que la república proclamada en 2017, se desvaneció como el hongo pedo de lobo, que solo queda el envoltorio cuando revienta.
Seguramente, lo mejor para nuestro reino sería hacer una nueva constitución en la que reinase la cordura y se apartasen los intereses de naciones inventadas, que proclaman no sabemos qué ADN de individuos venidos de otros mundos, con una inteligencia superior por encima del común de los españoles. Tendría que utilizarse cualquier medida disuasoria, es decir, todas. Recordemos a los franceses… Tomaron medidas sabias y los catalanes volvieron al redil de la España que no querían.
Cuba, Venezuela, y ahora España. Tres países en los que pasa de todo, pero que nunca pasa nada.
Todo parece que esté engrasado por el actual Gobierno. Es un trueque, un compadreo, todos ganan sin demasiados esfuerzos. Cómo queremos que hablen si en el silencio está su supervivencia.
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja.
El hombre que se envanece desmedidamente parece siempre querer humillar o despreciar a los demás, y nosotros vemos en él, no el de engrandecerse, sino de rebajarnos.
QINTILIANO




