NOSOTROS SOMOS UNA PARTE DE LA TIERRA

Mensaje del Gran Jefe Seattle al Presidente de los Estados Unidos de América en el año de 1855

 

El estado de Washington, al Noroeste de Estados Unidos, fue la patria de los Duwamish, un pueblo que -como todos los indios- se consideraba una parte de la Naturaleza, la respetaba y la veneraba, y desde generaciones vivía con ella en armonía.

En el año de 1885 el decimocuarto Presidente de los estados unidos, el demócrata Franklin Pierce, les propuso a los Duwamidh que vendiesen sus tierras a los colonos blancos y que ellos se fuesen a una reserva.

Los indios no entendieron esto. ¿Cómo se podía comprar o vender la Tierra? A su parecer el hombre no puede poseer la Tierra, así como tampoco puede ser dueño del Cielo, del frescor del  aire, del brillo del agua.

El Jefe Seattle, el Gran Jefe de los Duwamih, dio la respuesta, a petición del Gran Jefe de los blancos, con un discurso cuya sabiduría, crítica y prudente esperanza, incluso hoy, 130 años después, nos asombra y admira.

"Mis palabras son como las estrellas, nunca se extinguen" dijo el Gran Jefe Seattle.

Su pueblo no ha sobrevivido, sus palabras no se escucharon.

¿Escucharemos ahora?

¿Sobreviviremos?

El Mensaje

 

El Gran jefe de Washington nos envió un mensaje diciendo que deseaba comprar nuestra Tierra.

El Gran Jefe también nos envió palabras de amistad y de Buena voluntad.

Es una señal amistosa por su parte, pues sabemos que no necesita nuestra amistad.

Pero vamos a considerar su oferta, porque sabemos que si no se la vendemos, quizá el hombre blanco venga con sus armas y se apodere de nuestra Tierra.

¿Quién puede comprar o vender el Cielo o el calor de la Tierra?

No podemos imaginar esto si nosotros no somos dueños del frescor del aire, ni del brillo del agua.

¿Cómo él podría comprárnosla?

Trataremos de tomar una decisión.

Según lo que el Gran Jefe Seattle diga, el Gran Jefe en Washington puede dejarlo, del mismo modo que nuestro hermano blanco en el transcurso de las estaciones puede dejarlo.

Mis palabras son como estrellas, nunca se extinguen.

Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante aguja de abeto, cada playa de arena, cada niebla en el oscuro bosque, cada claro del bosque, cada insecto que zumba es sagrado, para el pensar y sentir de mi pueblo.

La savia que sube por los árboles, trae el recuerdo del Piel Roja.

Los muertos de los blancos olvidan la Tierra en que nacieron, cuando desaparecen para vagar por las estrellas.

Nuestros muertos nunca olvidan esta maravillosa Tierra, pues es la madre del Piel Roja.

Nosotros somos una parte de la Tierra, y ella es una parte de nosotros.

Las olorosas flores son nuestras hermanas, el ciervo, el caballo, la gran águila, son nuestros hermanos. Las rocosas alturas, las suaves praderas, el cuerpo ardoroso del potro y del hombre, todos pertenecen a la misma familia.

Por eso cuando cuando el Gran Jefe de Washington, nos envió el recado de que quería comprar nuestra Tierra, exigía demasiado de nosotros.

El Gran Jefe nos comunicaba que quería darnos un lugar, donde pudiéramos vivir cómodamente.

Él sería nuestro padre, y nosotros seríamos sus hijos.

Pero, ¿será posible esto alguna vez?

Dios ama a vuestro pueblo, y ha abandonado a sus hijos rojos.

Él ha enviado máquinas para ayudar al hombre blanco en su trabajo, y construye para él grandes pueblos. Él hace que vuestra gente cada vez sea más poderosa, día tras día.

Pronto invadiréis la Tierra, como ríos que se desbordan desde las gargantas montañosas, por una inesperada lluvia.

Mi pueblo es como una corriente desbordada, pero sin retorno.

No, nosotros somos de razas diferentes.

Nuestros hijos no juegan juntos, y nuestros ancianos no cuentan las mismas historias.

Dios os es favorable, y nosotros estamos como huérfanos.

Meditaremos sobre vuestra oferta de comprarnos la Tierra.

No será fácil, porque esta Tierra es sagrada para nosotros.

Nos sentimos alegres en este bosque. No sé por qué, pero nuestra forma de vivir es diferente de la vuestra.

El agua cristalina, que brilla en arroyos y ríos, no es solo agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos nuestra Tierra, habéis de saber que es sagrada, y que vuestros hijos aprendan que es sagrada, y que todos los pasajeros reflejos en las claras aguas son los acontecimientos y traiciones que refiere a mi pueblo.

El murmullo del agua es la voz de mis antepasados. Los ríos son nuestros hermanos, ellos apagan nuestra sed.

Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestro hijos.

Si vendiésemos nuestra Tierra tenéis que acordaros, y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos -y los vuestros-, y que tendréis desde ahora que dar vuestros bienes a los ríos, así como a otros de vuestros hermanos.

El Piel Roja siempre se ha apartado del exigente hombre blanco, igual que la niebla matinal en los montes cede ante el sol naciente.

Pero las cenizas de nuestros antepasados, sus tumbas, son tierra santa, y por eso estas colinas, estos árboles, esta parte de la Tierra, nos es sagrada.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de pensar. Para él una parte de la tierra es igual a otra, pues él es un extraño que llega de noche y se apodera en la tierra de lo que necesita.

La Tierra no es su hermana, si no su enemiga, y cuando la ha conquistado, cabalga de nuevo.

Abandona la tumba de sus antepasados y no le importa.

Él roba la Tierra de sus hijos, y no le importa nada.

Él olvida las tumbas de sus padres, y los derechos de nacimiento de sus hijos. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el Cielo, como cosas que se pueden comprar y arrebatar, y que se pueden vender, como ovejas o perlas brillantes.

Hambriento, se tragará la Tierra, y no dejará nada, sólo un desierto.

No sé, pero nuestra forma de ser, es diferente de la vuestra.

La vista de vuestras ciudades hace daño a los ojos del Piel Roja.

Quizá porque el Piel Roja es un salvaje y no lo comprende.

No hay silencio alguno en las ciudades de los blancos, no hay ningún oír crecer las hojas en primavera y el zumbido de los insectos.

Pero quizá es porque yo sólo soy un salvaje, y no entiendo nada.

La charlatanería sólo daña a nuestros oídos. ¿Qué es la vida si no se puede oír el grito solitario del pájaro chotacabras, o el croar de las ranas en el lago al anochecer?

Yo soy Piel Roja y no entiendo esto.

El indio puede sentir el suave susurro del viento, que sopla sobre la superficie del lago, y el soplo del viento limpio por la lluvia matinal, o cargado de fragancia de los pinos.

El aire es de gran valor para el Piel Roja, pues todas las cosas participan del mismo aliento: el animal, el árbol, el hombre, todos participan del mismo aliento.

El hombre blanco parece no considerar el aire que respira; a semejanza de un hombre que está muerto desde hace varios días y está embotado contra el hedor.

Pero si os vendemos nuestra Tierra no olvidéis que tenemos el aire en gran valor; que el aire comparte su espíritu con la vida entera. El viento dio a nuestros padres el primer aliento, y recibe el último hálito.

Y el viento también insuflará a nuestros hijos la vida.

Y si os vendiéramos nuestra Tierra, tendríais que cuidarla como un tesoro, como un lugar donde también el hombre blanco sepa que el viento sopla suavemente sobre las flores de la pradera.

Yo soy un salvaje, y es así como entiendo las cosas. He visto mil bisontes putrefactos, abandonados por el hombre blanco.

Los mataron desde un convoy que pasaba.

Yo soy un salvaje y no puedo comprender cómo el caballo de hierro que echa humo, es más poderoso que el búfalo, al que sólo matamos para conservar la vida

¿Qué es el hombre sin animales?

Si todos los animales desapareciesen el hombre también moriría, por la gran soledad de su espíritu. 

Lo que les suceda a los animales, luego, también les sucederá a los hombres.

Todas las cosas están estrechamente unidas.

Lo que acaece a la Tierra también les acaece a los hijos de la Tierra.

Tenéis que enseñar a vuestros hijos que el suelo que está bajo sus pies tiene las cenizas de nuestros antepasados.

Para que respeten la Tierra, contadles que la Tierra contiene las almas de nuestros antepasados.

Enseñad a vuestros hijos lo que nosotros enseñamos a los nuestros: que la Tierra es nuestra madre.

Lo que le acaece a la Tierra, les acaece también a los hijos de la tierra.

Cuando los hombres escupen a la Tierra, se están escupiendo a sí mismos.

Pues nosotros sabemos que la Tierra no pertenece a lo hombres, que el hombre pertenece a la Tierra. Eso lo sabemos muy bien.

Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una familia.

Todo está unido.

Lo que le acaece a la Tierra les acaece, también,  a los hijos de la tierra.

El hombre no creó  el tejido de la vida, sólo es una hilacha.

Lo que hagáis a ese tejido, os lo hacéis  a vosotros mismos.

No, el día y la noche no pueden vivir juntos.

Nuestros muertos siguen viviendo en los dulces ríos de la Tierra, y regresan de nuevo con el suave paso de la Primavera, y su alma va con el viento, que sopla rizando la superficie del lago.

Consideraremos la posibilidad de que el hombre blanco nos compre nuestra tierra.

Pero mi pueblo pregunta: ¿qué es lo que quiere el hombre blanco ?  ¿Cómo se puede comprar el cielo, o el calor de la tierra, o la velocidad del antílope?

¿Cómo vamos a venderos esas cosas y cómo vais a poder comprarlas?

¿Es que, acaso, podréis hacer con la Tierra lo que queráis, solo porque un Piel Roja firme un pedazo de papel y se lo dé al hombre blanco? 

Si nosotros no poseemos el frescor del aire, ni el brillo del agua, ¿cómo vais a poder comprárnoslo?

¿Es que, acaso, podéis comprar los búfalos cuando ya habéis matado al último?

Consideraremos vuestra oferta.

Sabemos que si no os la vendemos vendrá el hombre blanco y se apoderará de nuestra Tierra.

Pero nosotros somos unos salvajes.

El hombre blanco que va en pos de la posesión del poder, ya se cree que es Dios, al que le pertenece la Tierra.

¿Cómo puede un hombre apoderarse de su madre?

Consideramos vuestra oferta de comprar nuestra Tierra.

El día y la noche no pueden vivir juntos.

Consideramos vuestra oferta de que vayamos a una reserva.

Queremos vivir aparte y en paz.

No importa dónde pasemos el resto de nuestros días.

Nuestros hijos verán a sus padres sumisos y vencidos.

Nuestros guerreros estarán avergonzados.

Después de la derrota pasarán sus días en la holganza, y envenenarán sus cuerpos con dulces comidas y fuertes bebidas.

No importa dónde pasemos nuestros días.

No quedan ya muchos.

Sólo algunas horas, un par de inviernos, y no quedará ningún hijo de la estirpe que en otros tiempos vivió en esta Tierra, y que ahora en pequeños grupos viven dispersados por el bosque, para gemir sobre las tumbas de su pueblo, que en otro tiempo fue tan poderoso y lleno de esperanza como el vuestro.

Pero, ¿por qué consternarse por la desaparición de un pueblo?

Los pueblos están constituidos por hombres. Es así.

Los hombres aparecen y desaparecen como las olas del mar.

Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios camina a su lado, y habla con él, como el amigo con el enemigo, puede librase del común destino.

Quizá seamos hermanos.

Esperamos verlo.

Sólo sabemos una cosa -que quizá un día el hombre blanco también descubra-, y es que nuestro Dios, es el mismo Dios suyo.

Vosotros, quizá, penséis que le poseéis -igual que tratáis de poseer nuestra Tierra-, pero no podéis.

Es el Dios de todos los hombres, lo mismo de los Pieles Rojas que de los blancos.

Aprecia mucho esta Tierra y el que atente contra ella significa que desprecia a su Creador.

También los blancos desaparecerán, y quizá antes que otras estirpes.

Continuad contaminando vuestro lecho y una noche moriréis en vuestra propia caída.

Pero al desaparecer brillareis por el fuego del poderoso Dios, que os trajo a esta Tierra, y que os destinó a dominar al Piel Roja en esta Tierra. 

Este destino es para nosotros un enigma. Cuando todos los búfalos hayan muerto, los caballos salvajes hayan sido domados, y el rincón más secreto del bosque haya sido invadido por el ruido de muchos hombres, y la visión de las colinas esté manchada por las alambres parlantes, cuando desaparezca la espesura, y el águila se haya ido, esto significará decir adiós al veloz potro y a la caza.

El final de la vida -y el comienzo de la otra vida. Dios os concedió el domino sobre los animales, los bosques y los Pieles Rojas por un determinado motivo. Y este motivo es un enigma para nosotros.

Quizá podríamos comprenderlo si supiésemos que es lo qué sueña el hombre blanco, qué ideales les ofrece a los hijos en las largas noches invernales, y que visiones arden en su imaginación, hacia las que tienden el día de mañana.

Pero nosotros somos salvajes, los sueños del hombre blanco nos están ocultos, y porque nos están ocultos nosotros vamos a seguir nuestro propio camino.

Pues, ante todo, nosotros estimamos el derecho que tiene cada ser humano a vivir tal como desea, aunque sea de modo muy diverso al de sus hermanos.

No es mucho lo que nos une. 

Consideraremos vuestra oferta.

Si aceptamos es sólo por asegurarnos la reserva que habéis prometido.

Quizá allí podamos acabar los pocos días que nos quedan viviendo a vuestra manera.

Cuando el último Piel Roja de esta Tierra desaparezca y su recuerdo sea solamente la sombra de una nube sobre la pradera, todavía estará vivo el espíritu de mis antepasados en estas orillas y estos bosques. 

Pues ellos amaban es Tierra, como el recién nacido el latido del corazón de su madre.

Si os llegáramos a vender nuestra Tierra, amadla, como nosotros la hemos amado.

Cuidad de ella, como nosotros la cuidamos, y conservad el recuerdo de esta Tierra tal como os la entregamos.

Y con todas vuestras fuerzas, vuestro espíritu y vuestro corazón, conservadla para vuestros hijos, y amadla, tal como Dios nos ama a todos.

Pues hay algo que sabemos, que Dios es el mismo Dios.

Esta Tierra es sagrada para Él.

Ni si quiera el hombre blanco se puede librar del destino común.

Quizá somos hermanos.

Esperamos verlo.


 

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