LOS INDIGNADOS

 

 

 

 

 

 

Fuente: colección Suso, «El pájaro muerto en un tubo de papel de cocina».

Este pobre pájaro metió la cabeza en un tubo creyendo que podría salir por el lado opuesto, pero se encontró con que el otro lado lo taponaba la tabla de una mesa. El cuerpo y las patas se le quedaron encajados en el tubo y no pudo hacer nada para salir.

Así acabarán algunos de los diputados que querían asaltar los cielos.

 

Los indignados

Aquellos indignados del nacimiento revolucionario del 15M, cuántas verdades hechas mentira, cuántas ocurrencias regaladas sin ciencia contrastada, cuánto regalo ideológico que resultó ser un engaño para los ingenuos creyentes de las izquierdas. Hoy estamos pagando todos, creyentes o no, un alto costo.

Pretendían hacernos creer en lo increíble. Uno no podía ser de ideología contraria a la izquierda, pues, de serlo, te ponían la etiqueta de abusador, en el caso del hombre, y de cómplice del abuso si se trataba de una mujer.

Hace tiempo que puse el ojo en la doble vara de medir la moral que tenía la izquierda, de la nueva cultura woke y del movimiento Me Too. Todo esto ocurría en un mundo occidental, donde las sociedades se estaban volviendo blandas, moldeables, transformers, desechables… Los Estados Unidos de América fueron los creadores de tal ingenio, y Europa, la abanderada de esos excesos y licencias, promovidos, alentados y pagados por los gobiernos de izquierdas.

Y, mientras tanto, viendo cómo crecía la bola que imponía el progresismo socialista, los estratos sociales, que se resistían a admitir tal cuento, advertían, denunciaban, incluso padecían represiones cuando se oponían a tan acelerada imposición de esos fenómenos artificiales. Esto antes se dilucidaba en un juzgado y el magistrado ponía la pena que el sentenciado tenía que cumplir. Hoy no pueden juzgar los jueces, sino que se juzga en la prensa, en el Congreso de los Diputados y, sobre todo, en los telediarios y en los programas de tertulianos pagados para que no existan los disidentes.

Decimos que Corea del Norte es una dictadura comunista y que no está bien vista por una parte importante del mundo. Pero, en cambio, en el mundo político no lo denuncia nadie ni toman medidas para que esto se pueda cambiar. Parece que no le importe a ninguno de los que disfrutan y gobiernan las democracias occidentales. Hasta les parece bien que ese régimen comunista, dirigido por una dinastía familiar, pueda crear un mundo interno en el que los padres puedan denunciar a sus hijos si comenten alguna acción contra el poder de la dinastía gobernante. Y, para que eso sea efectivo, los dos son culpables. Los hijos, por hacerlo, y los padres por no haberlos educado bien. Con lo cual, el resultado para ambos es el fusilamiento inmediato sin juicio alguno. Imaginemos qué pasará entre vecinos, compañeros de trabajo o en cualquier espacio compartido por diferentes personas. Siempre hay un ojo físico que vigila si se tiene la sonrisa dispuesta, para orgullo del régimen.

Este modelo es el único conocido en el mundo, pues el comunismo dinástico no es lo habitual. Si bien tenemos múltiples ejemplos de comunismo a secas en el globo terráqueo y sufrimos al ver con incredulidad (los que sean capaces de ver) la extrema represión que aplican estos regímenes contra sus pueblos sometidos. Deberíamos estar atentos a estas formas de gobernar, ya que, aunque no lo parezca, nuestros políticos tienen demasiados tics copiados de estos regímenes.

Durante estas décadas hemos sufrido frenéticos cambios sociales, no siempre para bien. Se empieza a ver el posicionamiento de las dos orillas del cauce por donde van conduciendo la nueva forma de vida. Hoy los valores han cambiado. Antes podíamos hablar de los distintos colores políticos, pero se distinguía el bien del mal. Además, se respetaba la Justicia y se castigaba al que cometía el mal. En cambio, ahora se premia el mal y se castiga el bien. Entonces, ¿de qué estamos hablando? Parece que el valor del ser humano, en esta tierra llena de podredumbre, no vale nada.

Los valores de honradez, honorabilidad, caridad, sinceridad, verdad y medida de la palabra están en horas bajas. Esto ha pasado a ser relativo, cuestionable, prescindible e incluso negado… ¿Dónde empieza el mal? Me atrevería a decir que todo deriva de la avaricia. Esta invade las cosas que, hasta este momento, teníamos como referente del bien común. La política era la razón que nos habíamos dado y, en consecuencia, era respetada. Los políticos con verbo y, naturalmente, con una preparación académica adecuada (dejémoslo ahí), exponían en su lugar de trabajo lo que pensaban hacer para que el pueblo que los votaba, si consiguiesen gobernar, pudiera estar convencido de que decían la verdad y de que cumplirían su palabra.

Sin esperarlo, vino el año 2015 y a los gobiernos europeos llegaron los nuevos políticos: verdes, indignados, feministas y un amplio abanico de nombres prometedores de un futuro en el que el mal se acabaría, es decir, las derechas. Todos juntos, en una amalgama de pequeños partidos sin un poco de humildad, dijeron: «Venimos a asaltar los cielos». ¡Y vaya si lo hicieron!

En repetidas ocasiones me preguntaba qué era lo que aportarían de nuevo. De momento, solo han sido palabras, sin hechos más allá de la escenificación ante cualquier plumilla. En aquellos años abundaban en los medios de comunicación o acudían al Congreso sin corbata, en mangas de camisa, o amamantaban a un bebé en el propio escaño, por ejemplo. Amén de las formas que gastaban e insultos que proferían desde las bancadas que ocupaban, ya no solo a otros políticos, sino que incluían a los, hasta ese momento, respetados jueces. No estaba mal para empezar, eran unos pasos progresistas de vital importancia para la sociedad. No sé si esto era el cambio que los habitantes de este reino estaban esperando. Sí que es verdad que, además de para hondear la bandera del progresismo, también lo hacían con el ánimo de erradicar la corrupción política, salvar a las mujeres del maltrato machista y defenderlas del patriarcado agresor, que funcionaba por derecho cuando alguna mujer se le antojaba. Asimismo, se volvieron verdes, tan verdes que, hiciesen lo que hiciesen, nunca se ponían colorados. Todo estaba escrito en su ideario. Se creían tocados por la luz divina. Era comprensible: pasaron de la nada a tocar el poder, y con soberbia. Encima, lo que hacían mal les salía gratis. Eso debe de colocar más que las hierbas masticadas; sin embargo, si se hacen las dos cosas a la vez se flota, se deja de ser humano.

Más tarde llegaron algunas leyes que, una vez puestas en funcionamiento, se veía que tenían el efecto contrario de lo que pretendían. Nos vendían los creadores de esas leyes, poco contrastadas con los juristas del reino, que los jueces no sabían interpretarlas o que eran partidistas a la hora de juzgar.

En estas estamos, después de múltiples enfrentamientos sociales por defender la moral pura de las izquierdas del reino.

Aunque parece ser que todo el mundo lo sabía en ese espacio de la izquierda, un señor diputado de esa siniestra es denunciado por una mujer, víctima de abusos sexuales hacia su persona. Incluso en los mentideros de esos espacios políticos era la comidilla que el tal diputado, además de ser un entrador faldero, el personaje en cuestión era catalogado por sus camaradas como «monstruo». Pero aguantaron mientras pudieron, ya que estaba en cuestión el «asalto a los cielos».

Y el invento del «sí es sí» y el «yo si te creo, hermana» se desmorona como un castillo de naipes antes de rozar la barriga del cielo.

Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja


 

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