CAPÍTULO XL
De la creación del decenvirato en Roma y de lo que se debe notar en ella; donde se considera, entre otras cosas, cómo un mismo suceso puede salvar o perder una república.
Deseando discurrir especialmente acerca de los acontecimientos que hubo en Roma por la creación del decenvirato, no creo inútil narrar las consecuencias de dicha creación y examinar después los casos más notables en estos sucesos, que son muchos y de grande importancia, lo mismo para los que desean mantener la libertad en la república, como para los que intentan dominarla; pues en el relato encontraremos muchos errores del Senado y de la plebe en daño a la libertad, y también muchas equivocaciones de Apio, el jefe de los decenviros, en perjuicio de la tiranía que se había propuesto establecer en Roma.
Después de grandes debates y contiendas entre el pueblo y la nobleza para hacer nuevas leyes en Roma que garantizasen aun más que lo estaba la libertad del Estado, enviaron, de común acuerdo, a Spurio Postumio y otros dos ciudadanos a Atenas para estudiar y traer a Roma las leyes que Solón dio a aquella ciudad, a fin de que sirvieran de modelo a las nuevas leyes romanas. Fueron y volvieron, y entonces nombraron los romanos personas encargadas de examinar las leyes de Solón y redactar las nuevas para Roma eligiendo diez ciudadanos por un año, entre ellos Apio Claudio, hombre sagaz y turbulento.
A fin de que sin cortapisa ni consideración alguna pudieran establecer las nuevas leyes, fueron suprimidas en Roma todas las demás autoridades, especialmente los tribunos y los cónsules, y suprimieron también la apelación al pueblo; de suerte que los decenviros llegaron a ser en realidad soberanos de Roma.
Favorecido por el pueblo, acaparó pronto Apio toda la autoridad del decenvirato, afeando tanta llaneza en sus modales, que pareció maravillosa su prontitud en cambiar de modo de ser y de carácter, pues había sido hasta poco antes cruel perseguidor de la plebe. Al principio se portaron los decenviros con modestia, teniendo solo doce lictores que marchaban delante del presidente; y aunque ejercían una autoridad absoluta, sin embargo, acusado un ciudadano romano de homicidio, lo citaron ante el pueblo e hicieron que éste lo juzgara.
Escribieron las nuevas leyes en diez tablas, y en vez de declararlas vigentes, las expusieron al público para que todo el mundo pudiera discutirlas, y si se encontraba en ellas algún defecto, enmendarlo antes de ser obligatorias. Entre tanto hizo Apio correr la noticia de que si a las diez tablas se añadían otras dos, sería aquella legislación perfecta, y esta idea ocasionó que el pueblo prorrogara la autoridad de los decenviros por un año más, prestándose a ello de buen grado, por no tener que elegir cónsules y porque esperaba pasarse sin tribunos, si él mismo continuaba siendo juez de las causas, como antes hemos dicho.
Tomada esta resolución, toda la nobleza se agitó aspirando al honor del cargo, y entre los primeros para ser reelegido Apio, cuya benevolencia con la plebe empezó a ser sospechosa a sus colegas: credebant enim haud gratuitam in tanta superbia comitatem fore (1). Dudando oponerse a él abiertamente, determinaron hacerlo con disimulo, y aunque era más joven de todos, le encargaron proponer al pueblo los nombres de los futuros decenviros para que, según lo hecho siempre por los que recibían este encargo, no se propusiera a sí mismo cosa inusitada e ignominia en Roma: Ille vero impedimentum pro occasione arripuit (2). Se nombró entre los primeros con admiración y desagrado de todos los nobles, y designó otros nueve a su gusto.
(1) Creían que tanta benevolencia en carácter tan orgulloso ocultaba algún propósito.
(2) Él convirtió el impedimento en provecho…
La renovación del decenvirato por un año más empezó a mostrar al pueblo y a la nobleza la falta que habían cometido. Apio, finem fecit ferenda aliena persona (1), y apareció su innata soberbia, consiguiendo que sus costumbres las adoptaran a los pocos días sus colegas. Para asustar al pueblo y al Senado, en vez de doce lictores, nombraron ciento veinte. El temor fue igual por ambas partes durante algunos días; pero pronto comenzaron los decenviros a desatender al Senado y a maltratar a la plebe, y si el castigado por uno de aquellos apelaba a otro, le trataban peor en la apelación que en la primera instancia. Conoció entonces el pueblo su falta, y dirigía las afligidas miradas a los nobles: et inde libertatis captare auram, unde servitutem timendo, in eum statum republicam adduxerant (2). Agradaba a los nobles su aflicción, uipsi, tadio prasentium, Consules desiderarent (3).
Llegó el día en que terminaba el año; las dos tablas de la ley estaban hechas, pero no publicadas. De esto tomaron pretexto los decenviros para prorrogar su autoridad, y comenzaron a ejercerla por medios violentos y a convertir en satélites suyos a los jóvenes nobles, entre quienes distribuían los bienes de los que condenaban: Quibus donis juventus corrumpebatur, et malebat licentiam suam, quam omnium libertatem (4).
(1) Se quitó la máscara.
(2) Y buscaba la libertad en aquellos de quienes temió la servidumbre, y, por temerla, había puesto la república en aquel estado.
(3) Porque el disgusto presente les haría desear el restablecimiento de los Cónsules.
(4) Dones que corrompían a la juventud haciéndole preferir a las libertades públicas la licencia que gozaban.
Sucedió por entonces que los sabinos y los volscos declararon la guerra a los romanos, y ante este peligro comenzaron los decenviros a ver la debilidad de su situación, porque sin el Senado no podían organizar la guerra y, al convocarlo temían perder su autoridad. obligados a tomar este partido, apenas se reunió el Senado, muchos senadores, especialmente Valerio y Horocio, hablaron contra la soberbia de los decenviros, y terminara el poder de estos si el Senado, rival del pueblo, hubiese ejercido toda su autoridad; pero temió que, si los decenviros cesaban voluntariamente en sus cargos, fueran restablecidos los tribunos de la plebe. Acordó, pues, hacer la guerra, y al mando de algunos decenviros salieron dos ejércitos de Roma, quedando Apio para gobernar la ciudad. Se enamoro entonces de Virginia; quiso lograrla por la fuerza; Virginio, padre de ésta, para librar a su hija del oprobio la mató, y el suceso produjo una sublevación en Roma y en los ejércitos. Unidos éstos a lo que en la ciudad había quedado de la plebe, se situaron en el monte Sacro, donde permanecieron hasta que los decenviros abdicaron su autoridad, fueron nombrados los tribunos y los cónsules, y quedó restablecida la antigua forma de gobierno.
Prueba lo dicho, primero, que el inconveniente de crear la citada tiranía se produjo en Roma por las mismas causas originarias de tiranía en casi todas las repúblicas, el gran deseo de libertad en el pueblo y el gran deseo de mando en la nobleza. Cuando ambas clases no se ponen de acuerdo para hacer una legislación favorable a la libertad y cada una se dedica a enaltecer a un ciudadano, surge inmediatamente la tiranía. Convinieron el pueblo y la nobleza romana en crear los decenviros con tanta autoridad por el deseo que cada una de estas clases tenía de acabar, la una con los cónsules y la otra con los tribunos. Creados los decenviros, la plebe creyó que Apio defendía sus intereses y contrariaba los de la nobleza, y se dedicó a favorecerle. Cuando un pueblo comete la falta de ensalzar a alguno porque combate a los que aborrece y el ensalzado es hábil, llega éste siempre a ser tirano del Estado; porque, con el favor del pueblo, destruirá a la nobleza, y cuando lo haya conseguido oprimirá al pueblo, que, comprendiendo entonces su servidumbre, no tendrá a quien recurrir en demanda de auxilio. Tal es el procedimiento de cuantos han fundado tiranías en las repúblicas, y, de seguirlo Apio, no hubiera acabado la suya tan pronto. Pero hizo todo lo contrario, no pudiendo obrar con mayor imprudencia, pues para ejercer la tiranía se enemistó con los que se la habían dado y podían sostenerle en ella, y se hizo amigo de los que no concurrieron a dársela ni podían conservársela. Perdió, pues, sus verdaderos partidarios, y los buscó entre los que no habían de serlo, que aun cuando la nobleza desea la tiranía, los nobles no participantes en ella son enemigos del tirano, quien nunca puede ganarse a todos a causa de no disponer de las riquezas y honores necesarios para satisfacer la grande ambición y extraordinaria avaricia de todos ellos.
Al apartarse Apio del pueblo para unirse a los nobles, incurrió, pues, en un error evidentísimo por las razones ya dichas, y porque cuando se quiere ejercer el mando a la violencia, preciso es tener más fuerza que los forzados a obedecer. Por ello los tiranos que tienen al pueblo por amigo y por enemigos a los grandes, están más seguros, a causa de apoyar su tiranía en mayor fuerza, de la que poseen los que cuentan con la amistad de los nobles y no tienen la del pueblo. Con el favor de éste le bastan las fuerzas interiores para sostenerse, como bastaron, a Nabis, tirano de Esparta, cuando le atacaron toda la Grecia y el pueblo romano y, poniendo a buen recaudo a los pocos nobles, se defendió con el apoyo del pueblo, cosa imposible, de no contar con su cariño. Pero cuando los amigos, por su rango, forman clase menos numerosa, no bastando las fuerzas interiores, hay que acudir a las exteriores. Estas han de ser de tres clases: guardia personal formada por soldados extranjeros; armamento de los campesinos, para que hagan el oficio que harían los ciudadanos, y alianza con los vecinos poderosos para fundar en ellos la defensa. El que apela a estos medios y los emplea con prudencia, aunque tenga por enemigo al pueblo, conservará en cierto modo el poder.
Pero Apio no podía apoyarse en los campesinos, porque eran tan ciudadanos como los habitantes de Roma, y lo que pudo hacer no supo hacerlo; de suerte que destruyó el fundamento de su dominación.
Al crear el decenvirato cometieron el Senado y el pueblo error grandísimo, porque aunque dijimos al hablar de la dictadura que los poderes nocivos a la libertad son los constituidos por la voluntad de quien los ejerce y no los que da el pueblo, sin embargo, cuando éste organiza poderes debe hacerlo de modo que sean responsables del abuso de sus facultades, y en vez de establecer medios de hacer efectiva la responsabilidad, suprimieron los romanos los que existían, creando una sola autoridad y anulando las demás, por el vehemente deseo de acabar el Senado con los tribunos y el pueblo con los cónsules. De tal modo les cegó, que ambos concurrieron a la creación de un poder arbitrario. Porque los hombres, como decía el rey Fernando, hacen a veces lo mismo que algunas aves de rapiña, que en el afán de cazar la presa a que su instinto les incita, no advierten que sobre ellas vuela otra ave mayor con el propósito de devorarlas. Quedan, pues, demostrados, como me propuse hacerlo en este capítulo, los errores del pueblo romano al querer salvar la libertad, y los de Apio al desear mantener su tiranía.



