ENTREGA 39ª DE NICOLÁS MAQUIAVELO -OBRAS POLÍTICAS-

 

CAPÍTULO XXXVIII

Las repúblicas débiles son irresolutas y no saben tomar un partido. Si alguna vez lo toman es por necesidad, y no por elección.

 Afligía a Roma gravísima epidemia, y creyeron los volscos y los equos que era oportuno el momento para apoderarse de ella. Formaron dichos dos pueblos numeroso ejército, y acometieron a los latinos y los hérnicos, arrasando sus tierras. Se vieron estos obligados a avisar a los romanos y a rogarles que acudieran en su defensa; pero los romanos, en lucha con la peste, les respondieron que se defendieran por si mismos y con sus armas, porque no podían auxiliarles. Se demostró en esta respuesta la prudencia magnanimidad de aquel Senado, que en la próspera y adversa fortuna fue digno de dirigir las determinaciones de sus conciudadanos, no avergonzándole jamás acordar algo contrario a sus principios, y aun a otros acuerdos anteriores, cuando la necesidad se lo imponía.

Digo esto porque en varias ocasiones el mismo Senado había prohibido a los citados pueblos armarse y defenderse, y otro Senado menos prudente hubiera creído desacreditarse desatendiendo dicha defensa. Pero éste juzgó las cosas cual debían juzgarse, tomando como mejor partido el menos malo. Sabía sin duda que era mejor partido el menos malo. Sabia sin duda que era un mal no poder defender a sus súbditos; que lo era igualmente que se armasen sin él por motivos ya dichos y por otros que fácilmente se comprenden; pero conociendo la necesidad de que se armaran al verse atacados por el enemigo, tomó el partido mejor, y quiso que lo que habían de hacer lo hicieran con su licencia, a fin de impedir que, desobedeciéndole entonces por necesidad, le desobedecieran después voluntariamente.

Aunque parezca determinación que debe tomar cualquier república, sin embargo, las débiles y mal aconsejadas, ni la adoptan ni saben hacer de la necesidad virtud.

Había tomado el duque Valentino a Faenza y obligado a Bolonia a aceptar las condiciones de un tratado. Deseando regresar a Roma por Toscana, envió a Florencia lo que convendría hacer en este caso, y nadie opinó en favor de conceder el paso. No se siguió en esto la política de los romanos, porque estando el duque al frente de un ejército, y los florentinos sin fuerzas para impedirle pasar, era más honroso que, al parecer, lo hiciera con permiso de éstos que por su propia voluntad, y de la vergüenza sufrida al negarle el paso y no poder impedirlo, se libraran en parte obrando de distinta manera.

Pero lo peor de las repúblicas débiles es ser irresolutas, de tal suerte, que cuantas determinaciones toman las adoptan por fuerza, y cuando de ello les resulta algún bien, lo deben a la necesidad y no a la prudencia. Citaré otros dos ejemplos de sucesos de nuestro tiempo, ocurridos en Florencia en el año de 1500.

Había recobrado a Milán el Rey de Francia Luis XII, y deseando volver a Pisa a los florentinos para cobrar los cincuenta mil ducados que éstos le prometieron por la restitución, envió su ejército hacia Pisa al mando de monseñor de Beaumont, el cual, aunque francés, inspiraba mucha confianza a los florentinos. Situados el general y su ejército entre Cascina y Pisa para atacar esta plaza, permanecieron allí algún tiempo a fin de disponer el asedio, durante el cual se presentaron a Beaumont embajadores de los pisanos, ofreciendo entregar la ciudad al ejército francés con la condición de prometerles, a nombre del rey, no ponerla en manos de los florentinos hasta pasados cuatro meses. Rechazaron la condición los florentinos, y ocurrió que, sitiada Pisa, tuvieron que levantare el cerco y retirarse vergonzosamente. No aceptaron la condición por desconfiar de la palabra del rey, en cuyas manos forzosamente se habían puesto a causa de la incertidumbre y timidez de sus determinaciones.

Por otra parte, la desconfianza les impedía ver cuánto cuanto más fácil era que el rey les devolviera a Pisa estando dentro de ella. De no hacerlo, descubriría sus intentos; mientras que, sin tenerla, sólo cabía la promesa, necesitando conquistar a Pisa para cumplirla. Así pues, les hubiera sido más útil consentir en que Beaumont entrara en dicha ciudad apoderándose de ella bajo cualquier condición, según demostró la experiencia en 1502, cuando, sublevada Arezzo, acudió en auxilio de los florentinos, enviado por el rey de Francia, monseñor Imbaut con tropas francesas, y al poco tiempo de llegar junto a Arezzo comenzó a negociar con los de esta plaza, a semejanza de los pisanos, ofrecían entregándosela con determinadas condiciones. Rechazaron éstas e Florencia, pero monseñor Imbaut, pareciéndole que los florentinos no comprendían bien sus intereses, gestionó personalmente con los aretinos, prescindiendo de los comisarios de Florencia, e hizo con ellos un convenio, entrando seguidamente con sus tropas en Arezzo y dando así a entender  a los florentinos cuán necios eran y cuán poco entendían de las cosas de este mundo; pues si querían Arezzo les bastaba pedirlo al rey, y éste podría dárselo mucho mejor teniendo tropas dentro que fuera de dicha plaza. No cesaron en Florencia de censurar y zaherir al citado Imbaut, que los hechos les probaron que si Beaumont hiciera en Pisa lo que Imbaut e Arezzo, la hubiesen recuperado, como recuperaron a Arezzo.

Volviendo a nuestro propósito, diré que las repúblicas irresolutas no toman ninguna determinación buena sino por fuerza, pues su propia debilidad no les deja determinar cuando alguna duda ocurre, y si esta duda no la disipa alguna violencia que aclare la verdad, permanecen siempre en la incertidumbre.


 

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