ENTREGA 38ª DE NICOLÁS MAQUIAVELO - OBRAS POLÍTICAS -

 

 

 

CAPÍTULO XXXVII

De las perturbaciones que causó en Roma la ley agraria y de lo peligroso que es en una república hacer una ley con efecto retroactivo y contra una antigua costumbre nacional.

Es sentencia de los escritores de la antigüedad que a los hombres suele afligir el mal y hartar el bien, y que ambas sensaciones producen el mismo resultado. En efecto; cuando los hombres no combaten por necesidad, combaten por ambición, la cual es tan poderosa en el alma humana, que jamás la abandona, cualquiera que sea el rango a que el ambicioso llegue. Causa de esto es haber creado la naturaleza al hombre de tal suerte, que todo lo puede desear y no todo conseguir, de modo que, siendo mayor siempre el deseo que los medios de lograrlo, lo poseído ni satisface el ánimo, ni detiene las aspiraciones. De aquí nacen los cambios de fortuna porque, ambicionando unos tener más y temiendo otros perder lo adquirido, se llega a la enemistad y a la guerra, motivo de ruina para unos Estados y de engrandecimiento para otros.

He dicho esto porque a la plebe romana no bastó asegurarse contra los nobles con la creación de los tribunos, a cuya exigencia la obligó la necesidad. Conseguido esto, empezó a combatir por ambición, aspirando a compartir con los nobles los honores y las riquezas, las dos cosas que los hombres más estiman. Esto originó la calamidad de las luchas por ley agraria y causó al fin la pérdida de libertad.

Como en las repúblicas bien organizadas el Estado debe ser rico y los ciudadanos pobres, necesariamente en Roma la ley agraria era defectuosa, o porque no se hizo desde el principio de tal modo que no exigiera reformas a cada momento, o porque se tardó tanto en hacerla que era peligroso tocar a lo establecido, o porque estando bien hecha desde su origen, se hizo mal uso de ella. Cualquiera que fuese el motivo, es lo cierto que siempre que se trató en Roma de esta ley hubo grandes disturbios.

Tenía la ley agraria dos puntos principales: el uno disponía que no pudiera poseer cada ciudadano más de determinado número de fanegas de tierra; el otro, que el territorio ocupado a los enemigos se distribuyera al pueblo romano. Causaba, pues, dos perjuicios a los nobles, porque los poseedores de mayor cantidad de tierra de la permitida por ley (que eran casi todos patricios) debían perder el exceso, y distribuyéndose entre la plebe los bienes de los enemigos, se privaba a la nobleza de medio de enriquecerse. Esta agresión contra los hombres poderosos, rechazada por estos a nombre del bien público, siempre que se renovó produjo perturbaciones en la ciudad. Los nobles con paciencia y habilidad, dilataban la observancia de la ley, o enviando un ejército fuera de Roma, o haciendo que al tribuno que la proponía se opusiera otro tribuno, o cediendo en parte, o fundando una colonia en las tierras que se hubieran de distribuir, como se hizo en la comarca de Ancio, dada a una colonia de ciudadanos salidos de Roma para terminar la cuestión de su reparto, que había promovido de nuevo las agitaciones de la ley agraria. Notables son las frases con que Tito Livio lo refiere, diciendo que con dificultad se encontró quien quisiera formar parte de dicha colonia, porque la plebe prefería pedir bienes a Roma a poseerlos en Ancio.

Los disturbios ocasionados por esta ley se reprodujeron durante algún tiempo, hasta que los romanos comenzaron a enviar sus ejércitos a las extremidades de Italia, y aun fuera de Italia. Entonces cesaron porque, estando muy lejos de la vista de la plebe los bienes de los enemigos de Roma y en parajes donde no era fácil cultivarlos, los deseaba menos. Además, los romanos no castigaban tanto a sus enemigos con la pérdida de sus tierras, y cuando se apoderaban de algunas enviaban a ellas colonias.

Tales causas mantuvieron la inobservancia de la ley agraria hasta la época de los Gracos, quienes quisieron ponerla en vigor, ocasionando la ruina de la libertad, porque redoblado el poder de los adversarios de dicha ley, fue tanto el odio entre la plebe y el Senado, que ambos partidos acudieron a las armas y se derramó la sangre, con absoluto olvido de procedimientos legales. No pudiendo impedirlo las autoridades, ni esperando de ellas remedio los bandos, cada uno de ellos se procuró un jefe que lo capitanease. En aquel gran desorden, la plebe acudió a Mario, haciéndole cuatro veces cónsul, con tan cortos intervalos, que por sí mismo pudo hacerse nombrar otras tres veces.  No viendo la nobleza medio de contrarrestar este abuso, favoreció a Sila, le hizo su jefe, y estalló la guerra civil, en la cual, después de mucha sangre y varia fortuna, triunfaron los nobles.

Renacieron estas divisiones en la época de César y Pompeyo, porque tomado César la jefatura de los partidarios de Mario, y Pompeyo de los de Sila, acudieron también a las armas. Triunfó César, el primer tirano de Roma, y desapareció la libertad en aquel pueblo.

Tal fue el principio y el fin de la ley agraria. Aunque demostré antes que las cuestiones entre la plebe y el Senado en Roma mantuvieron la libertad, originando leyes favorables a ella, y no parezca de acuerdo con la demostración las consecuencias de la ley agraria, insisto en mi opinión. Los instintos ambiciosos de los nobles son tales, que si por varias vías y diversos modos no son combatidos, pronto arruinaran el Estado. De suerte que si con las luchas ocasionadas por la ley agraria tardó Roma trescientos años en ser sierva, acaso hubiese llegado mucho más pronto a la servidumbre si la plebe, con esta ley y con sus otras muchas aspiraciones, no hubiese refrenado siempre la ambición de los nobles.

Se ve también en este caso cuánto más estiman los hombres los bienes que los honores; porque la nobleza romana en lo relativo a estos últimos siempre cedió, sin grande oposición, a la plebe; pero al tocar los bienes, los defendió con tanta obstinación, que el pueblo, para saciar su apetito, tuvo que acudir a los extraordinarios medios antes citados. Promovedores de estos disturbios fueron los Gracos, en quienes es más de alabar la intención que la prudencia; porque querer corregir un abuso antiguo en una república y hacer para ello una ley con efecto retroactivo es grave error, y camino cierto, como antes dijimos, para acelerar el mal a que el abuso conduce. Contemporizando con éste, o el mal llega mas tarde, o el transcurso de tiempo lo extingue antes de que se realice.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Otras publicaciones