CAPÍTULO XXXV
Por qué fue nociva a la libertad de la república romana la creación de los decenviros, a pesar de elegirlos el voto público y libre del pueblo.
Lo que hemos dicho de que la autoridad adquirida violentamente, y no la que se obtiene por medio del sufragio, es la perjudicial a la república, parece contradecirlo la elección de los diez ciudadanos nombrados por el pueblo para hacer las leyes en Roma, quienes, andando el tiempo, se convirtieron en tiranos y sin consideración alguna acabaron con la libertad.
Pero deben tenerse en cuenta los modos de dar la autoridad, y el tiempo por que se da. Cuando se concede amplia, por largo tiempo, es decir, por más de un año, siempre es peligrosa y producirá buen o mal resultado, según sean buenos o malos aquellos a quienes se haya dado.
Comparando las facultades de los decenviros con las de los dictadores, se verá cuánto mayores eran aquellas. Nombrado es dictador, continuaban los tribunos, los cónsules y el Senado con sus respectivas facultades. El dictador no podía privarles de ellas, y aun autorizado para destituir a un cónsul o a un senador, le era imposible anular el orden senatorial y dictar nuevas leyes; de suerte que el Senado, los cónsules y los tribunos, continuando con su propia autoridad, venían a ser una guardia vigilante para que el dictador no se extralimitara. Pero al crear los decenviros sucedió todo lo contrario, puesto que anularon a los cónsules y a los tribunos, y se les facultó para dictar leyes y cuanto podía hacer el pueblo romano. Encontrándose, pues, solos, sin cónsules, sin tribunos y sin apelación al pueblo, y habiendo quien vigilara sus actos, pudieron al segundo año de su mando, impulsados por la ambición de Apio, abusar de su ilimitada autoridad.
Adviértase, pues, que cuando se ha dicho que la autoridad concedida por el sufragio libre no perjudica a ninguna república, se presupone que ningún pueblo la dará sino con las debidas precauciones y por el tiempo preciso; pero si por ser engañado o por cualquier otro motivo que le ciegue la concede imprudentemente y en la forma que el pueblo romano la dio a los decenviros, le ocurrirá siempre lo que sucedió entonces.
Fácil es probarlo comparando las causas que hicieron a los dictadores buenos y a los decenviros malos, y observando lo hecho por las repúblicas bien organizadas al conceder la autoridad suprema por largo tiempo, como la daban los espartanos al rey y los venecianos al dux, pues se verá que en ambos casos Estados había funcionarios con las facultades necesarias para impedirles abusar de sus poderes. No basta en estos casos que la masa del pueblo no esté corrompida, porque el poder absoluto en brevísimo tiempo la corrompe, y quien lo ejerce adquiere amigos y partidarios, no importando que sea pobre y sin familia, porque la riqueza y todos los demás beneficios acudirán a él rápidamente, según veremos al tratar de la creación de los citados decenviros.



