
CAPÍTULO XXIX
¿Quién es más ingrato, un pueblo o un príncipe?
A propósito de lo antedicho, me parece oportuno investigar quién entre un pueblo y un príncipe da más frecuentes ejemplos de ingratitud, y a fin de aclarar mejor este asunto, diré que el vicio de la ingratitud nace de la avaricia o de la desconfianza. Cuando un pueblo o un príncipe encargan a un capitán una expedición importante y vuelve éste vencedor y cubierto de gloria, el príncipe o el pueblo están obligados a premiarte, y, si en vez de hacerlo, les impulsa la avaricia a deshonrarle o a ofenderle, cometen imperdonable error que les cubre de perpetua ignominia. Hay, sin embargo, muchos príncipes que se encuentran en tal caso, y Cornelio Tácito lo explica con esta sentencia: Proclivius est injuria, quam beneficio vicem exolvere, quia gratia oneri, ultio in questu habetur (1). Pero cuando no se premia, o mejor dicho, se ofende no a impulsos de la avaricia, sino por temerosa sospecha, el pueblo o el príncipe merecen alguna excusa. Actos de ingratitud por tal motivo son frecuentísimos, porque el general que valerosamente conquista un imperio a su señor venciendo a los enemigos, llenándose de gloria y sus soldados de riquezas, necesariamente adquiere en el ejército, entre los enemigos y aun entre los súbditos de príncipe tanta fama, que su victoria no puedes ser muy grata al señor que le dio el mando. Y como los hombres son naturalmente ambiciosos y suspicaces y no saben contenerse en la buena fortuna, es imposible que la suspicacia nacida en el ánimo del príncipe, inmediatamente éste mismo con algún acto o frase altanera o insolente que obligue al príncipe a mediar el modo de librarse de él, o haciéndole morir o privándole de la fama ganada en el ejército y en el pueblo; para lo cual procura hábilmente mostrar que la victoria no se debe a su valor, si no a la fortuna o la cobardía de los enemigos, o a la prudencia de los generales que le acompañaban en la belicosa empresa.
Cuando Vespasiano, estando en Judea, fue proclamado emperador por su ejército, Antonio Primo, que se encontraba al frente de otro ejército e Iliria, se declaró partidario suyo, vino a Italia contra Vitelio, que imperaba en Roma, derrotó valerosamente dos ejércitos de éste y ocupó a Roma, de suerte que Muziano, enviado por Vespasiano, halló conquistado todo y vencidas todas las dificultades por el valor de Antonio. La recompensa obtenida por Antonio fue que Muziano le privara del mando del ejército, y poco a poco le redujera a no tener ninguna autoridad e Roma. Fue Antonio a ver a Vespasiano, que aun estaba en Asia. Le recibió éste muy mal, y al poco tiempo, despojado de todo cargo, casi desesperado, murió. De tales ejemplos, está llena la historia.
En nuestra época, cuantos aun viven saben el genio y valor con que Gonzalo Fernández de Córdoba, guerreando en Nápoles contra los franceses por Fernando, rey Aragón, venció a sus enemigos y conquistó aquel reino; y cómo el premio de victoria fue que Fernando partiese de Aragón, viniera a Nápoles, le quitara primero el mando del ejército, después las fortalezas, y por último le llevara consigo a España, donde poco tiempo después murió desdeñado.
Tan naturales son estas suspicacias en los príncipes, que no pueden evitarlas ni tampoco ser agradecidos a los que, vencedores bajo bandera, hacen para ellos grandes conquistas.
No es milagroso ni digno de grande admiración que sea imposible a un pueblo librarse de lo que no puede evitar un príncipe. Los pueblos libres tienen dos pasiones: la de engrandecerse y la de conservar su libertad; ambas les hacen cometer faltas.
De los errores por ensanchar los dominios se hablará e lugar oportuno. Los que cometa por mantener la libertad son, entre otros, los siguientes: ofender a los ciudadanos que debiera premiar, y tener por sospechosos a los merecedores de su confianza.
Aunque estos procedimientos en una república ya corrompida sean causa de grandes males y no pocas veces la conduzcan a la tiranía, como ocurrió en Roma cuando César tomó por fuerza lo que la ingratitud le negaba, sin embargo, en la república no corrompida producen bienes, prolongando la vida de las instituciones libres y siendo los ciudadanos, por miedo al castigo, mejores y menos ambiciosos.
Cierto es que de todos los pueblos que ejercieron gran dominación fue en Roma, por las antedichas razones, el menos ingrato, y puede decirse que Scipion es el único ejemplo de su ingratitud, pues a Coriolano y a Camilo les desterró por ofensas que ambos habían hecho a la plebe. No perdonó a aquél por su constante odio al pueblo; pero a Camilo le llamó, y, honró como a un príncipe en el resto de su vida.
La ingratitud de que Scipion fue víctima nació de la desconfianza que inspiraba a los ciudadanos y que de ningún otro modo habían tenido; desconfianza excitada por la grandeza del enemigo a quien venció, por la fama que le dio terminar victorioso tan larga y peligrosa guerra, por la rapidez del triunfo y por el favor que su juventud, su prudencia y demás admirables cualidades le conquistaron.
Temieron hasta los mismos magistrados la autoridad que a Scipion daban tantos méritos, y desagradó hasta los mas prudentes, como cosa inaudita en Roma. Parecía tan extraordinaria esta posición social, que Catón Prisco, reputado el ciudadano mas puro, fue el primero en oponerse a ella y en decir que no podía llamarse libre una ciudad donde viviese uno a quien hasta los marginados temieran. Si el pueblo romano siguió en este caso la opinión de Catón, tenía la excusa que, según antes dije, merecen los pueblos y los príncipes ingratos por sospechas.
Para terminar este capítulo, diré que, ocasionado el vicio de la ingratitud por avaricia o suspicacia, se verá cómo los pueblos jamás la ejercen por avaricia, y aun por suspicacia, mucho menos que los príncipes, a causa de ser para ellos menores las ocasiones de temer, según demostraremos más adelante.
(1) Mayor es la inclinación a castigar la ofensa que a premiar el beneficio, porque el agradecimiento pesa y la venganza satisface.


