
CAPÍTULO XXVIII
Por qué razón los romanos fueron menos ingratos con sus conciudadanos que los atenienses con los suyos.
Al leer la historia de las repúblicas, se encontró en todas, una especie de ingratitud hacia los conciudadanos; pero en la de Roma es menor que en la de Atenas y en cualquier otra. Investigando la razón de esta diferencia, en lo que a Roma y Atenas concierne, creo que consiste en que los romanos tenían menos motivos para sospechar de sus ciudadanos que los anteriores de los suyos. En Roma, desde la expulsión de los reyes hasta Sila y Mario, ningún ciudadano atentó contra la libertad de su país; no habiendo, por tanto, fundada razón para desconfiar de ninguno, ni para ofenderle inconsideradamente.
Lo contrario sucedió en Atenas: en su época más floreciente la privó de la libertad Pisistrato, engañándola con falsas virtudes. Cuando después volvió a ser libre, recordando la pasada servidumbre y las injurias sufridas, fue acérrima vengadora, no sólo de los errores, si no hasta de la sombra de los errores de sus conciudadanos. Esto produjo el destierro y la muerte de tantos hombres eminentes; el establecimiento del ostracismo y las demás violencias de que fueron victimas en diferentes épocas sus grandes hombres; siendo muy cierto lo que dicen los escritores políticos, que los pueblos muerden más fieramente cuando recobran la libertad que cuando la han conservado.
Quien fije la atención en lo que decimos, ni censurará por esta conducta a Atenas, ni alabará a Roma, comprendiendo que la diferencia nace de la diversidad de los sucesos ocurridas en ambos pueblos, y un investigador penetrante conocerá que si Roma hubiera perdido su libertad, como Atenas, no fuera más piadosa que ésta con sus conciudadanos. Así puede juzgarse por lo que hizo, después de la expulsión de los Reyes, con Colatino y Publio Valerio. Ambos fueron desterrados: el primero a pesar de haber contribuido a la libertad de Roma, únicamente porque llevaba el nombre de Tarquino, y segundo por hacerse sospechoso, a causa de edificar una casa en el monte Celio. Lo suspicaz y severa que fue Roma en ambos casos, demuestra que hubiera practicado la ingratitud como Atenas, de ser, cual ésta, oprimida por sus conciudadanos en los primeros tiempos y antes del desarrollo de su poder.
Para no ocuparme más de este asunto de la ingratitud, diré cuanto me ocurre en el capítulo siguiente.


