ENTRADA 31ª DE NICOLÁS MAQUIAVELO -OBRAS POLÍTICAS-

CAPÍTULO XXX

Medios que debe emplear un príncipe o una república para evitar el vicio de ingratitud, y cómo puede impedir un general o un ciudadano ser víctima de él.

Para evitar un príncipe ser suspicaz o ingrato, debe dirigir personalmente las expediciones militares, como lo hicieron los primeros emperadores romanos, como lo hacen en nuestros tiempos los turcos y como lo han hecho u harán cuantos son valerosos; porque, venciendo, suya la gloria de la conquista; y cuando ellos no mandan las tropas, siendo la gloria de otros, parece que no pueden gozar de lo conquistado si no extinguen en los victoriosos la fama que por sí y para sí no supieron ganar, llegando a ser ingratos e injustos, y siendo, sin duda, más lo que pierden que lo que adquieren. Pero cuando o por pereza, o por escasa prudencia permanecen ociosos en sus palacios y envían un general a mandar el ejército, lo único que aconsejo es lo que en tal caso saben hacer los generales por sí mismos.

Digo, pues, que no pudiendo, en mi opinión, librarse el general de las mordeduras de la ingratitud, haga una de estas dos cosas: o dejar el ejército inmediatamente después de la victoria, poniéndose en manos del príncipe, y cuidando de no ejecutar ningún acto de altivez ni de ambición, para que éste, libre de toda sospecha, le premie o no le ofenda, o si no quiere hacer esto, tome animosamente el partido contrario y acuda a todos los medios que juzgue apropiados para que la conquista resulte en su favor y no en el de su príncipe, procurarán desde la benevolencia de los soldados y de los súbditos; trabando nuevas amistades con los pueblos vecinos; guarneciendo con hombres de su confianza las fortalezas; sucediendo a los principales jefes de su ejército; teniendo seguros a los que pueda corromper y procurando por tales medios castigar de antemano a su señor por la ingratitud de que seguramente le haría víctima. No hay más que estos dos caminos; pero como los hombres, según ya se ha dicho, no saben ser completamente buenos ni malos, sucede siempre que, a seguida de la victoria, ni quieren los generales dejar el ejército, ni pueden portarse con modestia, ni saben acudir a recursos extremos no desprovistos de grandeza y, permaneciendo indecisos durante la indecisión son oprimidos.

A las repúblicas no se les puede aconsejar los mismos medios que a los príncipes para evitar el vicio de la ingratitud, es decir, que dirijan por sí y no por otro las expediciones militares, pues necesitan dar el mando a un ciudadano. Conviene, por tanto, y es lo que las aconsejo, imitar los procedimientos de la república romana, menos ingrata que las otras, procedimientos nacidos de las instituciones de aquel pueblo, donde, educándose todos para la guerra, así los nobles como los plebeyos, hubo en Roma en todas épocas tantos hombres valerosos triunfadores de los enemigos, que el pueblo no tenía motivo para sospechar de ninguno, pues la rivalidad entre varios impide la dominación de uno. De esta suerte se conservaban puros y cuidadosos de evitar hasta la sombra de cualquier ambición para no dar motivo a que, por ambiciosos, les castigara el pueblo, y la mayor gloria de los que llegaban a la dictadura era la más pronta renuncia de ese cargo. No pudiendo con tal conducta inspirar sospechas, tampoco ocasionaban ingratitudes. Así, pues, la república que no quiera tener motivos para ser ingrata debe gobernarse como la romana, y el ciudadano que dese no ser victima de ingratitud, observar la misma conducta que los romanos.   



 

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