
CAPÍTULO XXII
Lo que fue más notable en el combate de los tres Horacios y los tres Curiacios.
Convinieron Tulio, rey de Roma, y Metio, rey de Alba, en que lucharían tres hombres de cada uno de ambos pueblos, y el de los vencidos quedaría sujeto a dominación del otro. Murieron los tres Curiacios y dos de los Horacios, quedando, por tanto, Metio, rey de Alba, y su pueblo, sujetos al poder de los romanos. Al volver el Horacio vencedor a Roma, encontró a una hermana suya, casada con uno de los Curiacios muertos, llorando la pérdida de su marido, y la mató. Sometido Horacio a juicio por este delito, después de empeñados debates, fue absuelto más bien por los ruegos de su padre que por su mérito como vencedor de los albanos.
En este suceso hay que advertir tres cosas: una, que jamás se debe arriesgar toda la fortuna al empleo de parte de las propias fuerzas; otra, que en un pueblo bien gobernado nunca se compensan los actos criminales con los meritorios; y la última, que no es determinación sabia aquella cuya inobservancia se pueda o deba sospechar. La servidumbre es tan grave para una ciudad, que jamás debió esperarse se sometieran de buen grado a ella ninguno de aquellos dos reyes y pueblos, porque fueran vencidos tres de sus ciudadanos. Así sucedió que, si bien inmediatamente después de la victoria de los Horacios, Metio se declaró vencido y prometió obediencia a Tulio, en la primera expedición hecha por ambos contra los veientes; se notó que procuró engañarle, cual si hubiera advertido, aunque tarde, la temeridad de su determinación. Y como de esta tercera advertencia hemos hablado lo necesario, trataremos de las otras en los dos capítulos siguientes.
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