ENTRADA 20ª DE NICOLÁS MAQUIAVELO - OBRAS POLÍTICAS -

 

CAPÍTULO XIX

Puede sostenerse un príncipe débil sucediendo a un buen príncipe; pero ningún reino subsiste si a un príncipe débil sucede otro también débil 

Considerando atentamente las condiciones y el modo de proceder de Rómulo, Numa y Tulio, los tres primeros reyes de Roma, se ve la fortuna grandísima de esta ciudad, por ser el primero rey bravo y belicoso, el segundo religioso y pacífico y el tercero igual en valentía a Rómulo y mas amante de la guerra que de la paz; porque al principio de su fundación necesitaba Roma un organizador de la vida civil, pero también que los otros reyes imitaran el valor de Rómulo, para que no se afeminaran las costumbres y llegara a ser Roma presa de sus vecinos. Se deduce, que un príncipe, aun sin las dotes de su predecesor, puede mantener un Estado por el valor de aquel a quien sucede, aprovechándose de sus esfuerzos. Pero si llega a ser de larga vida, o falta a su sucesor el genio y ánimo del primero, la ruina del reino es inevitable. Si, al contrario, suceden uno a otro dos príncipes de gran valor, pronto se ve que hacen cosas extraordinarias y que su fama llega hasta el cielo.

David fue sin duda, hombre eminente por su pericia en las armas, sus conocimientos y su claro juicio. Con gran valor venció a sus vecinos, dejando un reino pacífico a su hijo Salomón, quien, con las artes de la paz y no la guerra, pudo conservarlo, gozando tranquilamente los frutos de las victorias de su padre; pero no lo dejó en iguales condiciones a su hijo Roboan, quien, por carecer del valor del abuelo y de la fortuna del padre, apenas mantuvo en su poder la sexta parte del reino.

Bayaceto, sultán de los turcos, mas pacífico que belicoso, gozó también el fruto de las empresas de su padre Mahomet, quien, como David, venció a sus vecinos, dejando un reino seguro y fácil de conservar con las artes de la paz; pero ya habría sido destruido, si Solimán, hijo de Bayaceto. Que reina actualmente, se pareciera al padre y no al abuelo: no sucede así, y promete, al contrario, superar la gloria de Mahomet. Insisto, pues, con ejemplos, en que después de un príncipe excelente puede reinar uno débil; pero si a este sucede otro débil, no subsistirá el reino si no lo mantiene su antigua Constitución como sucede a Francia. Llamo príncipes débiles a los incapaces para guerrear.

Termino, pues, estas consideraciones diciendo que el gran valor de Rómulo permitió a Numa Pompilio gobernar Roma durante largos años con las artes de la paz. Le sucedió Tulio, cuyo genio belicoso eclipsó el de Rómulo, y a Tulio, Anco, cuyas dotes naturales eran a propósito para la paz y la guerra. Se inclinó primeramente a la paz, pero pronto conoció que los pueblos fronterizos, juzgándole afeminado, le estimaban poco y que necesitaba, para defender Roma, acudir a la guerra. Entonces imitó a Rómulo y no a Numa.

Aprovechen este ejemplo los príncipes que gobiernan estados; quien imite a Numa conservará o no su autoridad, según la fortuna y las circunstancias; quien, como Rómulo, una la prudencia a la fuerza de las armas, la mantendrá en todos los casos, salvo que una fuerza tenaz e invencible se la quite.

Seguramente puede creerse que si el tercer rey de Roma hubiera sido hombre incapaz de restablecer el crédito de su patria por medio de las armas, no hubiese esta adquirido, al menos sin grandísima dificultad, la forma que gozó, ni realizado hechos tan maravillosos. Así, pues, mientras vivió bajo el régimen monárquico, estuvo en peligro de que la arruinara un  rey débil o malvado.


 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Otras publicaciones