ENTRADA 18ª DE NICOLÁS MAQUIAVELO - OBRAS POLÍTICAS -

 

CAPÍTULO XVII

Cuando un pueblo corrompido llega a ser libre, difícilmente conserva la libertad.

En mi opinión, era necesario que la monarquía desapareciera de Roma, en brevísimo tiempo, débil y de ningún valer. Tan corrompidos eran ya aquellos reyes que, continuando dicha forma de gobierno dos o tres reinados más, la corrupción de la cabeza del Estado se hubiera extendido por los miembros, y entonces la reforma fuera imposible. Pero separaron la cabeza cuando el troco estaba sano, y les fue fácil establecer un gobierno libre.

Es verdad indudable que un pueblo corrompido que vive bajo la dominación de un príncipe, no llegará a ser libre aunque este con toda su estirpe desaparezca. Conviene, pues, que sea otro príncipe quien destrone al reinante. Un pueblo en tales condiciones no vive tranquilo sin tener señor, y gozará de libertad cuando encuentre uno que por sus condiciones y virtudes quiera concederla y durante el tiempo que este reine. Así sucedió e Siracusa bajo el mando de Dión y Timoleón, por cuyas virtudes la ciudad vivió libre. Muertos ellos, volvió a la antigua tiranía.

Ningún ejemplo de lo que decimos es tan elocuente como el de Roma, donde expulsados los Tarquinos, se pudo establecer inmediatamente la libertad y mantenerla; pero muerto César, muerto Calígula, muerto Nerón y agotada la estirpe de los Césares, fue imposible no sólo mantener la libertad, sino hasta el intento de restablecerla. La causa de sucesos tan contrarios en una misma ciudad fue no estar corrompido el pueblo romano en tiempo de los Tarquinos, y estar corrompidísimo en el de los Césares. Para mantenerlo en su propósito de apartarse de la monarquía, bastó en el primer caso hacerle jurar que no consentiría rey en Roma: pero en el segundo no fue bastante la severa autoridad de Bruto, con todas las legiones de Oriente, para inducirle a defender la libertad que, a semejanza del primer Bruto, le había devuelto. Tal fue el fruto de la corrupción del pueblo por el partido de Mario, cuyo jefe, César, logró cegar a la multitud hasta el punto de no ver el yugo que por sí mismo ponía sobre su cuello.

Aunque el ejemplo de Roma sea preferible a cualquier otro, quiero, sin embargo, citar a este propósito el de los pueblos conocidos en nuestros tiempos, Milán y Nápoles, donde es tal la corrupción, que ningún suceso, por importante o violento que sea, podrá convertirlos en pueblos libres. Ya se vio, cuando la muerte de Felipe Visconti, que Milán quiso recobrar la libertad y no supo mantenerla.

Fue gran dicha para Roma que sus reyes se viciaran hasta el punto de ocasionar su caída antes de que el contagio de corrupción llegase a las entrañas de la ciudad, porque a causa de la pureza de las costumbres y de la rectitud de las intenciones, los infinitos tumultos ocurridos, en vez de dañar, favorecieron a la república.

Cabe, pues, deducir que, donde la masa de la población esta sana, los tumultos y asonadas no perjudican, y donde corrompida, las mejores leyes no aprovechan si no las aplica alguno que con extraordinaria fuerza las haga observar hasta conseguir el restablecimiento de las buenas costumbres, lo cual no sé si ha ocurrido o si es posible que suceda; porque se ve, como antes dije, que un pueblo en decadencia por la corrupción de las costumbres, si se regenera, es gracias a las condiciones del hombre que le dirige, no por las virtudes de la generalidad de los ciudadanos afectos a las buenas instituciones; e inmediatamente que aquel muere, vuelve el pueblo a sus anteriores hábitos. Así sucedió en Tebas, donde por su virtud y mientras vivió, organizó Epaminondas un Estado con forma de gobierno republicano; pero, apenas muerto, volvieron los tebanos a su primera anarquía; porque no es posible a un hombre tan larga vida que su duración baste para para regenerar un pueblo cuyas viciosas costumbres son antiguas, y aunque la tuviera larguísima o le sucediera en el gobierno otros hombres virtuosos, al faltar cualquiera de ellos, la decadencia sería inmediata si no consigue a costa de grandes peligros y de mucha sangre regenerar las costumbres: que la corrupción y la escasa aptitud para ser libres nacen de una gran desigualdad en el pueblo, y para restablecer la igualdad se necesitan remedios extraordinarios, siendo pocos los que saben o quieren practicarlos, según diremos especialmente más adelante.


 

 

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