
CAPÍTULO XV
De cómo los samnitas por último remedio a situación apuradísima, acudieron a la religión.
Derrotados los samnitas repetidas veces los romanos, destruidos en Toscana, desechos sus ejércitos, muertos sus capitanes y vencidos también sus aliados toscanos, galos y umbríos, nec suis, nec externis viribus jam stare poteran: tamen bello non abstinbant, adeo ne infeliciter quidem defensa libertatis tadebat, et vinci, quam non tentare victoriamk, malebant (1). Intentaron pues, la última prueba, y sabiendo que para vencer necesitaban infundir en los soldados tenaz resolución y que el mejor medio de conseguirlo era la religión, por consejo de Ovio Paccio, su gran sacerdote, renovaron su antiguo sacrificio, organizándolo en esta forma: hecho el sacrificio solemne, y después de hacer jurar ante los altares y las víctimas muertas a todos los capitanes que no abandonarían el campo de batalla, llamaron a los soldados uno a uno, y también ante los altares y rodeados de muchos centuriones espada en mano, les hicieron jurar primero que nada dirían de lo que estaban viendo u oyendo, y después, con frases terribles y espantosos versos, prometer a los dioses obedecer cuanto ordenaran sus jefes, no hui de la batalla y matar a cuantos vieran que huían, y, de no cumplir el juramento, que sufriera las consecuencias del perjurio el jefe de su familia y de su estirpe. Los que, asustados, no querían jurar, eran inmediatamente muertos por los centuriones; de suerte que los que iban detrás, amedrentados por la por la ferocidad del espectáculo, juraban.
(1) Ni con sus fuerzas ni con las de sus aliados podían sostenerse, pero continuaban la guerra, sin cansarles la infeliz defensa de su libertad, y, vencidos, todavía intentaban alcanzar la victoria.
Para que aquella reunión, que era de cuarenta mil hombres, resultara mas solemne, vistieron a la mitad de blanco con cimeras y penachos en las celadas, y en esta forma acamparon junto a Aquilonia.
Contra ellos fue Papirio, que para alentar a sus soldados, les dijo: Non enim cristas vulnera facere , et picta atque aurata scuta transire Romanum pileum (2), y a fin de disipar la impresión que en sus tropas había hecho el juramento de los enemigos, les dijo que inspiraría miedo y no valor a los que habían jurado, pues debían temer al mismo tiempo a sus conciudadanos, a los dioses y a los enemigos.
Dada la batalla, los samnitas fueron vencidos, por que el valor de los romanos y el terror que les inspiraba las anteriores derrotas superó la tenacidad en la lucha que el juramento y el respeto a la religión les había inspirado. Se ve, sin embargo, que para recobrar el antiguo esfuerzo no encontraron otro medio ni otro refugio que el de la religión. Prueba clara de la confianza que se debe tener en el sentimiento religioso bien empleado.
(2) Las cimeras no causan heridos, y esos escudos pintados y dorados los atravesarán los dardos romanos.
Aunque este ejemplo, tomado de un pueblo extranjero, no debiera figurar aquí, lo he puesto por su relación con una de las más importantes instituciones de la república romana y para no tener que hablar nuevamente de este asunto.


