ENTRADA 12ª DE NICOLÁS MAQUIAVELO -OBRAS POLÍTICAS-

 

 

CAPÍTULO XI

De la religión de los romanos.

Aunque Roma tuvo por primer fundador a Rómulo, de quien como hija, como hija, tiene que reconocer el nacimiento y la educación, juzgando los dioses que las leyes de Rómulo no bastan para el imperio que había de tener la ciudad, inspiraron al Senado romano elegir a Numa Pompilio por sucesor de aquel, a fin de que ordenase lo que su antecesor no había establecido.

Se encontró Numa con un pueblo de rudísimas costumbres, y a fin de habituarle a la obediencia por medio de las artes de la paz, acudió a la religión, como cosa indispensable para mantener el orden social. La estableció sobre tales fundamentos, que durante muchos siglos en ninguna parte, como en aquella república, hubo tanto temor a los dioses; temor que facilitó la ejecución de muchas empresas proyectadas por el Senado o por aquellos grandes hombres.

Quien examine los hechos de pueblo romano en general, y de muchos romanos en particular, observará que aquellos ciudadanos temían más faltar a sus juramentos que a las leyes, como todos los que tienen en más el poder de Dios que el los hombres, según ponen de manifiesto los ejemplos de Scipión y de Manlio Torcuato. Derrotados los romanos por Aníbal en Canas, muchos ciudadanos se reunieron llenos de turbación y miedo acordando abandonar Italia y refugiarse en Sicilia; pero lo supo Scipión, fue en su busca con la espada en la mano, les obligó a jurar que no abandonarían la patria, y así lo hicieron.

Lucio Manlio, padre de Tito Manlio, llamado después Manlio Torcuato, fue acusado por Marco Pomponio, tribuno de la plebe; y antes de proceder al juicio, buscó Tito a Marco; con amenazas de muerte le obligó a jurar que retiraría la acusación contra su padre, y aunque juró por miedo, cumplió el juramento.

Así, pues, aquellos ciudadanos a quienes ni el amor a la patria ni las leyes retenían en Italia, los retuvo un juramento que les obligaron a prestar; y aquel tribuno prescindió del odio que profesaba al padre, de la ofensa que le hacía el hijo y de su propio honor, para obedecer el juramento prestado. Tal respeto a lo jurado era consecuencia de los principios religiosos que Numa estableció en Roma.

Quienes estudian bien la historia romana observan cual útil era la religión para los ejércitos, para reunir al pueblo, para mantener y alentar a los buenos y avergonzar s los malos, a tal punto, que si fuera preciso decidir a cual rey debió más Roma, a Rómulo o a Numa, creo sería este el elegido, porque donde hay religión fácilmente se establecen la disciplina militar y los ejércitos, y donde solo hay ejércitos y no religión, es muy difícil fundar esta.

Si Rómulo no necesitó de la autoridad de Dios para crear el Senado y otras instituciones civiles y militares, la necesitó Numa, quien simuló estar inspirado por una ninfa que le aconsejaba lo que debía el aconsejar al pueblo; acudiendo a este recurso por la precisión de establecer nuevas y desconocidas reglas de conducta y por la duda de que bastase su autoridad para conseguirlo.

Y en verdad han tenido que recurrir a un dios cuantos dieron leyes extraordinarias a un pueblo, porque de otra suerte no hubieran sido aceptadas, a causa de que la bondad de muchos principios la conocen los sabios legisladores, pero no tienen pruebas evidentes para convencer al vulgo, y los que quieren evitarse esta dificultad acuden a los dioses. Así lo hizo Licurgo, así Solón y otros muchos que se proponían el mismo objeto.

Admirando, pues, el pueblo romano la bondad y prudencia de Numa, aceptaba todas sus determinaciones. Verdad es que facilitaron sus designios el poder de la religión en aquel tiempo y la rudeza de las costumbres de los hombres a quienes había de convencer de la necesidad de reformas. De igual modo, quien en los actuales tiempos quisiera fundar una república, le sería más fácil conseguirlo con hombres montaraces y sin civilización alguna, que con ciudadanos de corrompidas costumbres; como un escultor obtendrá mejor una bella estatua de un trozo informe de mármol que de un mal esbozo hecho por otro.

De todas estas consideraciones deduzco que la religión establecida por Numa fue una de las principales causas de la felicidad de Roma, porque originó buen régimen, del cual nace la buena fortuna, y de esta el feliz éxito de las empresas. De igual modo que la observancia del culto divino es causa de la grandeza de las repúblicas, el desprecio de dicho culto ocasiona su perdición; porque cuando llega a faltar el temor a Dios, el Estado perece o vive solamente por el temor a un príncipe, temor que suple la falta de religión. A un este caso, siendo corto el reinado de cada príncipe, el reino cuya existencia depende de la virtud de quien lo rige, pronto desaparece. Consecuencia de ello es que los reinos que subsisten por condiciones personales de un hombre son poco estables, pues las virtudes de quien los gobierna acaban cuando este muere, y rara vez ocurre que renazcan en su sucesor, según acertadamente dice Dante:

Rade volte risurge per li rami

L’ umana probitade: é questo vuole

Quel che la dá, perche da lui si chiami (1).

 

No consiste, pues, la salud de una república o de un reino en tener un príncipe que prudentemente gobierne mientras viva, sino en uno que organice de suerte que esta organización subsista aun después de muerto el fundador. Y aunque sea más fácil persuadir a los hombres rudos de la bondad de una constitución u opinión nueva, no es imposible convencer también a los hombres civilizados y que presumen de entendidos. Ni rudo ni ignorante parece ser el pueblo de Florencia, y, sin embargo, le persuadió el fraile >Jerónimo Savonarola de que hablaba en nombre de Dios. No diré si era o no verdad, porque de una persona tan importante se debe hablar con respeto; pero sí afirmo que infinitos le creyeron sin haber visto cosa alguna extraordinaria que se lo hiciera creer, y sólo porque su vida, su doctrina y el asunto que trataba bastaban para prestarle fe. Nadie, pues, debe desesperar de conseguir lo que otro ha logrado, porque todos los hombres, según hemos dicho en el prólogo, nacen, viven y mueren sujetos a las mismas leyes naturales.

(1) Rara vez se transmite por sucesión la probidad humana, y así lo quiere quien la da, para que se proclame que de él depende.

 

 


 

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