EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS

 

 

Pueblo antiguo de Corbera (Tarragona)

 

 

El viajero de las Vascongadas

Su vida se creó en un mundo protegido, con calor y nutrientes vitales para poder nacer. Fuera, el lugar donde crecía resultaba hostil, solo que él, que aún no era humano, se desarrollaba ajeno a todo lo que pasaba en el exterior. Allí existía una lucha despiadada por la supervivencia. Unos, a favor de la vida, y otros, de destruir ese hecho que los primeros concibieron como un logro futurible.

La mujer que llevaba este preciado tesoro luchaba por salir adelante con lo propio de su vientre más las dificultades de cuidar a tres hijos de corta edad. Su aportación al hogar no terminaba con esas labores, sino que también empleaba su tiempo en atender a su compañero de proyecto, que trabajaba sin descanso para poder hacer más fácil la vida a quienes tenía en casa.

Este padre de familia, que no tuvo infancia, ni pubertad, ni familia propia, sufrió el desarraigo del lugar donde el destino lo dispuso, un lugar que no era el de su nacimiento. Con solo unos días de vida fue dado en adopción a una madre sustituta para que lo amamantase y cuidase. Esta madre humilde necesitaba ingresos extra para poder dar de comer a la prole de su matrimonio. Lo acogió por necesidad económica y llegó a quererlo como a un hijo propio. Aquel niño adoptado le aportaba lo que ella precisaba. Le daba más trabajo, pero también algo más de estabilidad económica.

La madre adoptiva vivía en un pueblo de una provincia castellana; el niño había nacido en la ciudad. Los padres biológicos tuvieron el detalle de bautizarlo, darle un nombre y sus dos apellidos, algo sorprendente en aquella época en el caso de los hijos no deseados o imprevistos. Y resultaba aún menos común e incomprensible el motivo que les condujo a tomar esa decisión tan generosa. Nunca se sabrá.

Nada más cumplir los dieciocho años, tres quintas antes llamaron al muchacho a filas y lo destinaron rápidamente al frente de la batalla del Ebro, en el pueblo de Corbera (Tarragona). Allí lo colocaron, en medio de la batalla más importante que sucedió en España durante la trágica Guerra Civil, que comenzó en el año 1936 y terminó en 1939. Precisamente en esa batalla, donde la juventud (casi niños) era trasladada de forma voluntaria, sin posibilidad de negarse. La única manera de poder evadirla o de ser destinado a un puesto con menos riesgo era teniendo posibles. Naturalmente, en la familia de adopción del joven no existían, ni tampoco los contactos con gente poderosa, otra forma de poder alejarse de aquel frente de guerra. Así que la incorporación al infierno fue inevitable.

La lucha era espantosa en ambas orillas del río Ebro. Él no quería estar allí ni tenía interés alguno, no entendía aquello. Con su uniforme y su fusil lo plantaron en el frente, como a múltiples compañeros, amigos y vecinos de su pueblo de acogida, en el mismo frente como carne de cañón. Todos ignorantes de lo que estaban haciendo tan lejos de su pueblo, sin entender por qué les tocaba a ellos guerrear contra otras personas que, seguramente, serían voluntarios como ellos. Con poca comida en el estómago y mucho alcohol en la sangre (lo tenían gratis), necesario para que esa pobre gente se armase de valor, empezaron a disparar cuando algún mando con estrellas lo ordenó. «Maldita la hora…», pensaba él.

Aturdido por los silbidos del metal contra el metal, las explosiones y los gritos de socorro, que reclamaban un médico para atender en el sitio las heridas de los combatientes o una camilla para retirarlos, le sucedió algo que podría calificarse de mala suerte. Sin embargo, visto con perspectiva resultó ser lo contrario, a pesar del sufrimiento que pasó al ser herido en el frente. Otros compañeros quedaron tirados allí, sin posibilidad de asistencia médica. Eso sí fue mala suerte, o la vía que el destino preparó a tantos que perecieron en aquella despiadada guerra entre hermanos de la misma patria.

Le hirió una bala que iba destinada a su cabeza. El casco se interpuso entre la trayectoria del proyectil y la cabeza del soldadito (de los llamados «la quinta del biberón») y la bala le resbaló hacia la cara. Le rebanó un trozo de oreja y le provocó un corte en la mejilla izquierda, que padeció el resto de su vida. Mala suerte, sí, pero también buena porque no murió en el lugar donde lo plantaron sin querer él. Buena suerte poderlo contar y morir después de una vida llena de avatares. Pero quería esa vida, no tenía pasión más grande que la de ver cada mañana el regalo que es vivir. No se preguntaba nada, solo vivir y trabajar para poder seguir adelante. Pura lógica una vez superado aquel destino.

Lo llevaron herido a un hospital de Valencia. Los médicos hicieron su trabajo y Dios, el milagro. A veces suceden cosas que tienen difícil explicación, pues en su caso se puede decir que no era un hombre de misa dominical ni comunión frecuente, y menos aún de confesión ante un sacerdote. Si bien se obró un «milagro». Mientras estaba convaleciente se enamoró de esa ciudad, de la luz del mediterráneo. De aquella ciudad donde las naranjas en los árboles resplandecían tanto que quedó cautivo. Y sus recuerdos de la guerra fueron los recuerdos de Valencia…

Regresó a su pobre Castilla desnuda y casi vacía, apartada de todo lo que sucedía en la España triste y en guerra latente, con una Europa convulsa a las puertas de la II Guerra Mundial. No había muchos sitios donde ir, tal vez por eso decidió empezar una nueva vida con la mujer que ya conocía antes de ir forzado a la batalla del Ebro. No perdieron el tiempo y empezaron a crear una familia amplia. Sus dos primeros hijos nacieron durante un corto periodo, no se distanciaron demasiado uno de otro. Dos niñas, que murieron a los pocos meses de nacer. Esto causó un gran dolor a la joven pareja. Parecía que todo les salía mal y pensaron que no les viviría ningún hijo.

Aun así, no podían pararse a llorar sus desgracias, para ellos solo se trataba de un peldaño más que debían subir. Aquella época no permitía muchas reflexiones sobre la existencia y se centraban en la necesidad de trabajar para conseguir su objetivo de vivir juntos con lo que la vida les deparase.

Tuvieron tres hijos más, dos niños y una niña. Durante ese tiempo pudieron disfrutar de un golpe de suerte: con la fortuna de la lotería convertida en dinero se hicieron una nueva casa, ya que vivían de prestado en la casa de los padres de ella. Además, con un familiar como socio, decidieron montar un negocio de pan y venta de productos de alimentación, pero no funcionó. El padre de familia no tenía preparación para negociar. Su perdición fueron las deudas que no cobraba y la poca aportación que añadía el socio. Le faltaba esa madera de negociante con una pizca de corazón duro, algo que no se puede adquirir: se tiene o no se tiene. Él no era de corazón duro y daba todo lo que tenía, incapaz de pedir al deudor que saldase su cuenta. Pensaba, sin pellizco en el corazón, que si no le pagaban era porque no podían, aunque sabía que algunas personas no querían.

Al ver que las cosas no funcionaban y que no terminarían bien, ni quería empezar más batallas, ya que su socio y familiar no pensaba como él, decidió cerrar el negocio y vender la casa que con tanta ilusión se construyeron.

Una vez vendida la casa, decidieron trasladarse a las Vascongadas para empezar una nueva vida. Allí se compraron un piso, en el que vivió el matrimonio con sus tres hijos. Como el sueldo de él no resultaba abundante y las necesidades sobrepasaban los ingresos, decidieron alquilar una habitación a un paisano, guardia urbano, del pueblo castellano donde vivieron. Lo hicieron por necesidad y porque el paisano también necesitaba un techo donde poder cobijarse.

―Maldita la hora… ―decía el cabeza de familia.

Pasó el tiempo y el inquilino empezó a poner problemas por todo. Se quejaba de que no podía dormir con el ruido de los niños y les dijo que no podía pagarles, incluso con gritos y riñas, que el matrimonio no quería ni estaba dispuesto a soportar, puesto que ocurría en presencia de los tres niños. Mientras, aquella mujer luchadora y amante de la paz se encontraba embarazada. El matrimonio valoró todas las posibilidades para salir de esa situación tan agobiante. Entre otras soluciones, contemplaron la de vender el piso y regresar a su lugar de su origen. Con ella embarazada de siete meses, las fuerzas psíquicas no daban más de sí.

Hablaron con el paisano «okupa» y le pidieron que se fuese, que se buscara otro lugar donde vivir. Pero el malvado, al ver la debilidad de la joven pareja con tres hijos y otro en camino, se negó en rotundo. Esto obligó al matrimonio a romper con el problema y le ofrecieron sus ahorros como pago para que se fuese. Sin embargo, siguió negándose a marcharse y no aceptó lo que le daba la pareja. Pero les hizo una contraoferta: les pagaba lo que les debía y se quedaba con el piso. El angustiado matrimonio, abatido por una situación para ellos insalvable, decidió aceptar para poder largarse de aquel sucio lugar hostil en el que no veían futuro alguno.

Al cabo de un mes regresaron al pueblo que un día los vio partir con ciertas ilusiones de poder tener una vida mejor o, al menos, con más paz. Así pues, empezaron de nuevo de cero, con los bolsillos casi vacíos y sin casa donde cobijarse. Los padres de ella vaciaron un pequeño gallinero y allí se metieron los cinco. Tuvieron que acondicionarlo para que fuese habitable. Hicieron una reducida cocina, que alimentaban con leña y carbón, pintaron de cal las paredes y encementaron el suelo para poder limpiarlo mejor.

Él recordaba los espacios del hospital donde había estado durante su convalecencia y pensaba que eran bastante superiores a lo que tenía en ese momento. Su nuevo hogar solo se parecía al hospital en la distribución de las camas, ordenadas a lo largo de la pared, con una división de cortinas (sábanas) para tener un poco de intimidad. Pero no se quejaba, estaba vivo y, aunque a duras penas podía dar de comer a su familia, seguía adelante. Sin culpar a nadie, sin exigir nada, solo le preocupaba seguir luchando para mantener y mejorar lo que tenía.

Su compañera, quien traía en su vientre a su hijo del lugar inhóspito donde lo concibió, dio a luz una nueva vida, otro varón. Nació en un gallinero, pero un gallinero tan limpio como los chorros del oro. De ello se enorgullecía la joven madre, que atendía a sus vástagos como si fuesen hijos de nobles. Todo muy humilde, hecho con retales, aprovechado de unos por otros, pero parecía nuevo.

Ya en el año 1952, en Castilla existía una desigualdad enorme: los pobres eran pobres de verdad y los ricos también lo eran de verdad. Había una clase de comerciantes, tenderos que hicieron una buena labor, ya que las compras de los pobres se podían pagar a plazos. Lo habitual era apuntar en un simple papel los consumos de la gente humilde, que la gran mayoría pagaba religiosamente cada vencimiento en la propia tienda, o bien el tendero se pasaba a cobrar al domicilio del deudor.

En este año 1952 nació el viajero de las Vascongadas. Él no notó tan brusco cambio, pero sí el frío del gallinero desnudo. Allí creció sin darse cuenta de la situación tan precaria que padecían en el hogar.

En aquella época, era habitual en Castilla que las familias tuviesen algún hijo con alguna enfermedad común. Casi siempre se superaba, aunque en la gran mayoría de los casos quedaban secuelas. La joven pareja sufrió esas dolencias en tres de sus hijos y al viajero de las Vascongadas le tocó padecer una enfermedad con cinco años. Por entonces, la familia había crecido con el nacimiento de una hija.

Como no existían medios para curarse en el pueblo donde vivía, el niño tuvo que ingresar en un hospital de la capital de la provincia. Una vez curado del tumor en la pierna, le dieron el alta y la joven madre se lo trajo en el tren a su casa. Durante el camino, el niño no paraba de llorar. La madre, desesperada, no sabía qué hacer. Cuando llegó al pueblo avisó de inmediato al médico, que llegó sin demora y examinó al niño. Descubrió que en la parte interna del muslo tenía otro pequeño tumor.

―Este es el motivo por el que llora el niño ―le dijo el médico.

A la madre se le cayó el alma a los pies. Le dijo al doctor que no podía ir otra vez al hospital y desatender sus labores en la casa con sus cuatro hijos. El hombre, más humano que médico, le aseguró que él lo intervendría allí para que no tuviera que ir al hospital de la ciudad. Le quitó un gran peso de encima a la madre: lo operó, el niño dejó de llorar y se curó del segundo tumor.

Durante su estancia en el hospital, la madre conoció a una buena mujer, quien, cuando ella no podía ir al hospital a cuidar de su hijo, atendía las necesidades del viajero de las Vascongadas. De este acto tan generoso de esta buena mujer nació un cariño especial a aquella familia. El vínculo más importante era el niño enfermo, al que la mujer iba a visitar con frecuencia al pueblo y le llevaba un pequeño presente. El niño pasó, en parte, a ser de las dos mujeres.

Este relato continuará


 

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