EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS (III)

 

El viajero de las Vascongadas (III)

 

Recordaba el viajero que, de niño, el 3 de julio del año 1959, su padre consiguió un título de adquisición de vivienda, un pisito en el barrio nuevo del Grupo de Viviendas del General Yagüe, conocido como «las casas nuevas». Por fin, después de siete años viviendo en un gallinero acondicionado como casa, el hombre de las desdichas pudo tener un piso en propiedad que le concedió el Gobierno. En el documento que firmó se reflejaba la forma de pago, que consistía en abonar una cuota mensual. Al cabo de unos pocos años pasó a ser de su propiedad y tuvo que saldar el total de la deuda que figuraba en el contrato.

Los pisos se ubicaban en unos edificios de tres plantas construidos para familias humildes y de la incipiente clase media. Tenían dos portales con tres pisos a la derecha y otros tres a la izquierda. En la línea trasera, donde se hallaba el piso de la familia del viajero, había dos edificios separados por un espacio que comunicaba con otro barrio, también de reciente construcción, de casas bajas unifamiliares.

Allí empezaron a vivir veinticuatro familias. En la parte delantera, frente a la carretera general, existía un solo bloque con dos portales y la misma altura que los de atrás. Así, se conformaba de doce viviendas. Completaban el pastiche una tienda de comestibles y un pequeño bar.

Cerrando estos tres edificios, se construyeron al oeste y al este dos bloques más, ambos con la misma distribución que los anteriores, pero con un solo portal cada uno y doce viviendas, de modo que quedaba un rectángulo de cinco edificios que acogía a cuarenta y ocho familias con numerosos niños. En estos últimos había sustanciales diferencias: un buen balcón y un puñado más de metros cuadrados. También, todo hay que decirlo, el precio era más alto, de ahí que el barrio fuese creado para albergar a la gente muy humilde y a la clase media.

Algunos de los vecinos, por primera vez tenían espacios divididos, es decir, habitaciones, cocina y cuarto de baño. Pasaron de lavar en el río a tener lavadora. De lavarse como podían a tener ducha y bañera. Algunas familias, antes de tomar posesión del piso, hacían sus necesidades en el corral de su casa o en las afueras del pueblo. Fue, pues, un cambio sin parangón para aquellas familias, que emprendían la era de la civilización moderna.

Todos los electrodomésticos que se adquirían se pagaban a plazos gracias a los nuevos comerciantes. Se estableció esta modalidad de pago, ya que era imposible pagarlo todo de golpe.

Esta iniciativa de vivienda pública correspondía a las promociones del régimen franquista que gobernaba en aquel momento. Esto sucedía por toda España y estas viviendas siguen existiendo en la actualidad.

Aquel barrio se construyó a escasos doscientos metros de las escuelas municipales, asimismo, edificadas recientemente. De esta manera, nació un nuevo barrio vivo y pujante, con multitud de niños. Predominaba la alegría en las nuevas familias con esperanza. Se reflejaba en el bullicio de los niños, que jugaban con total despreocupación, también de los padres.

Mientras tanto, el viajero crecía en ese barrio lleno de vida, con sus juegos, pequeños accidentes y colecciones de tebeos y hazañas bélicas: El Jabato, Pantera negra y otros títulos de aquella época. Entre los niños existía la costumbre de jugarse los cuentos a las cartas debajo de los huecos de la escalera. El viajero llegó a tener una maleta vieja llena de ellos. La suerte le sonreía en el juego. Como en el nuevo pisito no había demasiado espacio, la guardaba en la casa de la abuela, la mujer que vació el gallinero para que su familia pudiese vivir en él. Allí tenía todas sus modestas pertenencias: los reteles para la pesca de los cangrejos, las cañas de pescar, sus secretos menudos y una perrita de color gris que se encontró en una cueva del campo, un cruce de lobo con otra raza desconocida. Cuando la llevó a casa de su abuela, esta le vio un montón de pulgas y enseguida la trató con unos polvos. A los pocos días, el cachorro corría limpio y feliz. Se le ocurrió ponerle un nombre en inglés, o eso creía él. En las fiestas del pueblo las peñas se ponían nombres mediante juegos de palabras que parecían de otro idioma, pero no tenían significado alguno. Y, sin saber lo que significaba, la llamó Evans, aunque se quedó con Eva. ¡Tonterías de la ignorancia!

En el verano de 1966 llegó al pueblo el tío que vivía en América. Además de regalarle la bolsa de piel color cámel, un día le dijo que debía estudiar, que eso de leer tebeos no era bueno. Así que le ordenó que cogiera la maleta llena de sus cuentos y lo llevó a las afueras del pueblo. En un arenal al lado del río los prendió fuego. El muchacho no supo reaccionar y, una vez más, vio como algo normal lo que le sucedía. Por lo tanto, no había lugar a discusión.

Aquella perrita le hizo vivir situaciones maravillosas y también dramáticas. Maravillosas porque era su compañera en todas sus actividades campestres, empezando por la pesca y los baños. Cuando la hermana pequeña del viajero se metía en el agua para bañarse, la perra, automáticamente, se lanzaba al río. La niña se agarraba a la perra y el animal la sacaba a la orilla. Para la perrita, se trataba de una labor de salvación. Nadie se lo enseñó, fue espontáneo, instintivo, maravilloso. Desde entonces, el juego en el agua consistía en esta tarea.

La perra era tan participativa que por las tardes de aquel verano inolvidable acompañaba al viajero y a su primer amor a las riberas. La chica, del pueblo, y él llegaron a quererse mucho, tanto como se puede llegar a querer en un primer contacto con el amor. Cuando la pareja se hallaba en la ribera y se sentaban o tumbaban, la perra no paraba de molestarlos y de pasar por encima de ellos. Nunca se sabrá si era por celos o, simplemente, por ganas de jugar, el caso es que tenían que atarla a un árbol.

Los tres pasaron juntos numerosas horas. El día terminaba en el campo cuando se ponía el sol, luego dejaban a la perra en casa de la abuela, comían algo cada uno en su casa y se encontraban en la peña para seguir con lo suyo y bailar en el guateque hasta que empezaba la hora del nuevo día.

La madre de la chica, que no vivía en el pueblo, cuando llegó debió de oír que su hija no andaba en buenas compañías y que la compañía en cuestión era mayor que su hija. La chica tenía casi quince años y él iba a cumplir dieciocho.

La madre, con toda la razón, una noche fue en busca de su hija, dadas las horas, y se acercó hasta el lugar donde se encontraba la peña. En ese preciso momento, los dos salían para dirigirse cada uno a su casa, pero se percataron de que la madre llegaba para buscarla. Ambos hicieron como si no la hubiesen visto y siguieron por otra calle hasta la casa de ella. Sabían que la madre iba detrás y, al llegar a un lugar donde se separaban los caminos para sendas casas, cada uno emprendió el suyo. La madre, a grito pelado, le dijo al joven:

―¡Oiga usted, como vuelva a verlo con mi hija le arranco los pelos!

Recordemos que el viajero tenía el pelo largo. Él no fue capaz de contestar nada.

Castigaron a la adolescente tres días sin salir de casa. Sin embargo, una amiga le contaba lo que pasaba en la calle y debió de decirle que su chico estaba en la plaza con otras chicas como si no hubiese pasado nada. El día que salió se encontraron y ella le dijo:

―Poco has tardado en olvidarme. Podías haber esperado un poco más.

―Aquí estoy, no he olvidado nada, solo he interpretado que, aunque quisiéramos, no podríamos vernos más. O que sí sería posible que nos viéramos, pero no que estuviésemos juntos. Tu amiga me dijo que tu madre te llevaría a la ciudad ―contesto él.

Finalmente, no volvieron a verse el resto del verano.

La perra empezó a tener problemas y la abuela no podía atenderla. Como resultaba imposible llevarla al pisito de sus padres, se la «quitaron», como se decía en el pueblo cuando algo estorbaba. En ese proceso, su padre perdió el anillo de casado, que tantos años había llevado en el dedo… El viajero se enteró por su padre una vez sucedió el drama. También le contó lo del anillo, con bastante pena por ambos sucesos. Para el viajero fue la gran tragedia. No entendía que terminase de esta forma tan inesperada. Le parecía que todo se desvanecía cuando él creía que era suyo; sin embargo, resultaba ser que nada le pertenecía… Aunque él ya no era un niño, llegó a pensar en el poema de Antonio Machado: Era un niño que soñaba…

Este relato continuará.

Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja


 

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