El viajero de las Vascongadas (II)
Cuando el muchacho que llegó de las Vascongadas cumplió catorce años, su padre le comunicó que tenía un trabajo para él y que seguiría estudiando por las tardes para poder terminar la educación primaria. El hijo no se preguntó nada, pues en aquella época (mitad de los años sesenta del siglo pasado) lo habitual en las familias humildes era que los hijos trabajaran a tan corta edad para ayudar en la economía familiar y que dejaran la escuela. En este caso, se hizo lo propio para aportar algo de dinero a esa familia numerosa, que solo contaba con los ingresos de un obrero sin trabajo fijo. Por tanto, no le pareció mal y el adolescente se puso a trabajar.
A primeros de septiembre de 1966 comenzó a trabajar en una modesta industria del pueblo donde vivía. La empresa en cuestión se dedicaba a formar moldes de distintos tipos de letras con una aleación de plomo, antimonio y estaño. Estas componían el cuerpo de la obra y luego daban vida a los textos, como cartas, facturas, etiquetas, carteles de propaganda y modelos varios de papel, que pasaban por la máquina de impresión Minerva.
El oficio le agradó en grado sumo, aunque, a su parecer, también conllevaba otras labores más desagradables. Pero, en conjunto, disfrutaba entre las letras, los filetes de latón y un sinfín de pequeños útiles que contribuían a la culminación del texto, junto al huecograbado que daba vida y forma a las ilustraciones.
Al cabo de dos años olvidó las clases y la escuela quedó en un segundo plano. Como consecuencia, no terminó la enseñanza primaria.
Las pocas ganas de estudiar del viajero y las hormonas a pleno rendimiento dieron prioridad al fútbol y a las chicas. Qué otra cosa podía esperarse de un adolescente de dieciséis años sin guía que le indujera a formarse para poder asistir a la universidad. Además, residía en un pueblo anclado en el pasado, sin visión de crecimiento para pensar más allá de los límites de tan pequeña población.
Si tenía que trabajar para ayudar a su familia, cómo iba a incrementar los gastos a esos padres luchadores, que bastante tenían con poder dar techo, comida y vestimenta a todos. Tampoco sabía si estaba dotado para los estudios. Las becas para poder estudiar en la ciudad no se las daban a cualquiera. Lo común era que los hijos de los obreros y los campesinos siguieran trabajando en lo mismo que sus padres. Si no había un resorte para crecer fuera de pueblo, allí era imposible.
Esas dos actividades llenaban su tiempo fuera de las ocho horas de trabajo en jornada partida. En la primavera y el verano, cuando el tiempo daba más de sí, siempre encontraba algún divertimento: pescar en el río, entrenar al fútbol, bañarse en la balsa y visitar las riberas con un grupo de chicas y chicos. Allí se dedicaban a lo que siempre han hecho los adolescentes: volar con la imaginación.
De aquellos sueños de jóvenes se consumaron dos matrimonios que hoy siguen juntos y felices, como si el tiempo no hubiese pasado para esos afortunados valientes, que vieron sus futuros con extremada nitidez. El hecho es evidente.
Inconsciente de que el tiempo pasa muy deprisa, se cumplieron los tres años de prueba que firmó en el contrato laboral. El periodo que estuvo trabajando supuso su primera experiencia de ser casi independiente.
Durante los dos últimos años sufrió cierto desprecio por parte de algunos personajes de su mismo pueblo. Llevaba el pelo largo, melena, como se decía entonces, y pantalones de campana. No era corriente ver jóvenes de esa guisa por allí, aunque a los que así vestían no les afectaban las críticas. Este era el caso del viajero, quien soportaba con bastante frialdad lo que tenía que oír y padecer porque tenía claro que debía salir del pueblo.
Un día cualquiera, puesto que lo hacía todos los días laborables, bajaba andando por el medio de una calle con una ligera pendiente y pensando en lo suyo, distraído (antaño circulaban pocos coches por las calles del pueblo). Se dirigía a Correos para recoger la correspondencia de la empresa en la que trabajaba. Sin esperarlo, notó que por detrás le daba algo en las piernas. Al volverse vio a un importante empresario del pueblo conduciendo un Citroën dos caballos de color butano. El hombre le dijo riéndose:
―Anda, quita del medio, melenas.
Se apartó y siguió su camino hasta la oficina de Correos.
Al llegar a la ventanilla, el funcionario que despachaba, sin mediar palabra, le soltó un escupitajo a la cara. El viajero, sin dar crédito a lo que le estaba pasando, se limpió, cogió la correspondencia y se marchó a su trabajo. No dijo nada a su jefe, pero sí se lo contó a su padre, quien le dijo:
―Ya sabes por qué te han hecho eso, ¿verdad?
―Supongo que por mis pintas.
―Cierto, pero olvídate y sigue con tu vida.
En efecto, siguió con su trabajo lo que le quedaba del contrato de aprendiz. Estos desprecios no volvieron a repetirse. Nunca supo el motivo ni perdió el tiempo pensando en ello.
Su buen padre jamás le recriminó nada, a pesar de que, probablemente, no le gustaba el aspecto de su hijo. También él tenía que soportar comentarios directos e indirectos sobre aquella nueva juventud.
Durante aquellos años, el despertar de una sociedad, que respiraba cambios bruscos en casi todos los ámbitos, y la influencia de las noticias de más allá de los Pirineos rompían las costuras de la sociedad encorsetada del pueblecito de Castilla. La clase humilde, sin mucha o ninguna preparación, soportaba los excesos cuando algún rico, con el «don» delante del nombre, se extralimitaba con su poder. Eran tantas las necesidades de la clase pobre que esta estaba obligada a aceptar actos inconfesables en trastiendas y lugares desamparados o privados de la clase pudiente. Como es lógico, regía la omertà. Aunque, al ser un pueblo tan pequeño, enseguida se ataban cabos cuando algún nacimiento no encajaba. Estos asuntos, junto con otros de servicio personal, eran el trueque para recibir unas pocas pesetas.
Por fin llegó el año en el que vencía el contrato del joven: agosto de 1969. Había pasado un verano inolvidable, intenso, y casi en una nube por los acontecimientos. Ya no podía seguir trabajando, porque el dueño de la empresa habría tenido que hacerle un contrato fijo. La cosa resultaba imposible, ya que tenía en nómina a dos oficiales fijos y el negocio no daba para mucho más. Al muchacho no le importó demasiado, lo veía como una liberación para poder salir del pueblo.
Por allí pasaron varios aprendices, con el mismo cometido que tuvo el viajero, y todos mostraron su agradecimiento al jefe, a quien solo le importaba la eficacia y no la imagen de sus trabajadores.
Durante esa situación de orfandad laboral, y sin posibilidad en aquel momento de volver a la escuela, estuvo tonteando con sus sueños sobre qué hacer y qué no. Decidió esperar para valorar sus posibilidades en aquel pueblo dejado de la mano de Dios.
Mientras le daba vueltas, recordó que cuando él tenía once años llegaron a la escuela municipal unos frailes de la Orden de los Camilos, con sede en la provincia de Logroño. Predicaban las bondades de su orden para captar alumnos. Sin saber muy bien por qué, se apuntó para ir a estudiar al seminario. Los frailes visitaron a los padres del viajero, y no lograron convencer a la madre. Ella argumentó que aún era un niño y consideraba que no tenía edad para dejarlo en manos desconocidas, tan lejos de ella. Probablemente, fue una sabia decisión.
El padre de familia, al ver a su hijo bastante perdido, le ofreció que trabajase de albañil o en el campo, o en otros trabajos que él no se veía con capacidad de afrontar. El joven no sabía lo que quería, pero sí tenía claro lo que no quería.
Llegó diciembre de 1969, un momento álgido en la producción de azúcar de remolacha. Durante la campaña de transformación del tubérculo, que solía durar cuatro o cinco meses, debían trabajar en tres turnos. El padre de familia trabajaba en la fábrica de eventual (solo durante la campaña) doce horas diarias para aprovechar la molienda y generar más ingresos haciendo horas extras. Y cuando libraba contrataba descargar un vagón del ferrocarril, él solo y a mano, con las únicas herramientas de su coraje y un simple gario.
En una ocasión, a la hora de cenar, el padre aún no había llegado a casa. Al llegar, el hijo mayor, que trabajaba de albañil en un pueblo a cuatro kilómetros, preguntó a su madre:
―¿Dónde está padre?
―Descargando un vagón de remolacha desde esta mañana. Acércate a ver cómo lo lleva ―le contestó.
Al presentarse, el hijo mayor se encontró a su padre con la faena a medio terminar. Sin pensarlo dos veces, cogió otro gario y empezó a ayudarlo en la tremenda faena que suponía descargar aquel montón de toneladas de remolacha. Además, también se incorporó el tercero de los hijos y los tres juntos pudieron terminar el desmesurado trabajo, llegar a casa, cenar y descansar.
El 25 de diciembre, al padre le tocaba trabajar; por eso la Navidad se celebraba sin él. Naturalmente, alguien tenía que llevarle la comida recién hecha y caliente. El viajero se la llevó y esperó a que terminase para volver con la bolsa de escay con todos los utensilios.
Llegó a la puerta de la fábrica y preguntó al portero dónde estaba trabajando su padre (todos se conocían).
―Entra por aquella puerta y sube por la escalera hasta arriba ―le respondió.
Al entrar vio una inmensa rueda, semejante a una noria, donde se lavaban las remolachas. Aquello le pareció infernal por el ruido ensordecedor y la altísima humedad. Empezó a subir la escalera de metal roñoso, sin seguridad alguna, y al final, casi a la altura del techo del edificio, se encontró a su padre. Comparado con la gigantesca máquina rotatoria le pareció enjuto, bajito y daba la impresión de estar muerto de frío. Encogido, sentado en una humilde silla, dentro de una casetilla de chapa, al lado de una estufita de carbón, vigilaba que no se parase la magna máquina o sucediera algún percance.
Sacó la comida de la bolsa. En una breve repisa puso una servilleta de tela y, encima, los cubiertos y la fiambrera. Mientras su padre comía, el viajero pensaba: «Esto es lo que me ofrece mi padre, y no lo quiero ni para mi peor enemigo». Le entristecía la impotencia al ver la imagen del hombre, que había pasado por infinitos e impensables acontecimientos desdichados desde su nacimiento. Seguía sin culpar a nadie, sin quejarse, como en su juventud, solo pensaba en seguir y hacer la vida un poco más fácil a su numerosa familia. Cuando terminó de comer, su padre le preguntó:
―¿Qué piensas hacer? Yo podría intentar colocarte en la fábrica.
Con rabia y un punto de injusticia, el viajero le respondió:
―¿Esto es lo que quieres para mí?
El pobre hombre le dijo con toda humildad:
―Hijo, te ofrezco lo que tengo.
El muchacho sintió como un cuchillo las palabras que le había dicho a su padre. La respuesta del hombre fue lo que más le dolió por la simpleza y la humildad que mostraba. No hacía falta decir más, todo era evidente. El joven le pidió perdón y le dijo:
―No te preocupes, que dentro de tres meses me marcharé del pueblo.
―Pero qué soñador eres. No sabes cómo está el mundo. ¿Dónde vas a ir tú solo? ―le dijo su padre.
Después de una charla pausada, recogió los trastos cabizbajo y se marchó.
De camino hacia su casa tomó un atajo y pasó por el puente de hierro sobre el río. Por allí pasaba el tren que un día le había traído del hospital de la ciudad, cuando tenía cinco años. En el puente había una especie de acera de metal, a cada lado de las vías, con unas barandillas con pasamanos para cruzarlo con seguridad. En medio del puente vio venir un tren y, al llegar a su altura, se agarró con fuerza a la barandilla para evitar posibles accidentes. El tren circulaba con una velocidad preocupante, o eso le pareció a él. Una vez pasó el tren, siguió dando vueltas a la conversación que acababa de tener con su padre y a las imágenes vividas. Se preguntaba: «¿Quién fabrica los destinos? ¿Por qué unos nunca pueden salir de su miseria y otros ni siquiera la conocen?».
Llegó marzo de 1970 y el viajero resolvió que ya era hora de tomar una decisión, así que planteó a su padre que se marchaba del pueblo y que para eso necesitaba algún dinero. Su padre no aprobaba esa decisión y trató de convencerlo para que se quedase. Después de una larga charla y muchos interrogatorios, el padre aceptó la marcha de su hijo, pero le dijo:
―Puedo darte 3000 pesetas, así que si vuelves dentro de unos meses no podré darte más que techo y comida.
―Te lo agradezco, pero nunca vendré a pedirte más dinero; si acaso, a pagarte lo que hoy me das, ya que, además de dinero, es mi independencia ―le respondió con algo de ingenuidad.
A los pocos días, metió cuatro trapos y algunas cosas de poco tamaño, que apreciaba mucho, en una pequeña bolsa de piel color cámel que le había regalado un tío suyo que vivía en América. Se la dio en uno de los viajes en los que iba al pueblo para visitar a la abuela. Luego tomó el autobús de la compañía Albarrán con destino Madrid. No tenía un lugar premeditado al que ir ni tampoco sabía lo que iba a hacer, aunque no le preocupaba. Sabía que se trataba de una decisión suya y la acometía con absoluta tranquilidad, como si fuese algo que tenía que pasar y que debía afrontar con la mayor naturalidad.
Allí estuvo dos días buscando trabajo de su oficio. Llamó a todas las puertas que vio de las industrias del ramo, pero no tuvo éxito y decidió cambiar de ciudad. Sin pensarlo demasiado, se plantó en la carretera de Valencia para hacer autoestop y lo recogió un camión que viajaba a otra ciudad cercana a Valencia. Una vez llegó, se apeó del camión y volvió a intentar ir directo a su destino. Lo recogió un Seat 1500 y lo dejó en el centro de Valencia. Allí hizo la misma operación que en Madrid: buscar trabajo de su oficio. De nuevo, no tuvo fortuna. Como no encontraba trabajo, debía pagar por todo y el poco dinero que le quedaba se esfumaba sin darse cuenta, pasó una semana comiendo frutos secos y poco más. El problema del alojamiento nocturno lo solucionó durmiendo en la estación de tren principal de la ciudad.
Decidió volver a Madrid y aguantar un poco más para ampliar el radio de búsqueda de empleo. Por fin, después de bastantes intentos consiguió un trabajo en su oficio.
Situado en el barrio de Carabanchel, mientras empezaba a trabajar se dedicó a buscar una pensión u otro lugar donde establecerse. Le hablaron de un pueblo situado en el lado opuesto de Carabanchel, separado de la ciudad por un gran pinar y campos aún sin urbanizar. En el pueblo existía una corrala donde vivían familias muy humildes. Se conocía como el barrio de la Uva, ubicado en la población de Hortaleza. Allí pudo alquilar una simple habitación cuyo pago no trastocaba su exigua economía.
Esta singular etapa que comenzaba era su prueba de fuego, su examen sobre qué hacer con su vida. Y en poco tiempo se dio cuenta de que aquello no era lo que buscaba. En los salones de recreo de moda del momento, los futbolines y los billares, circulaba la heroína con tanta facilidad… Allí la juventud se reunía al caer el sol y, entre jugada y jugada, tomaban cervezas y sustancias que resultaban casi gratis, hasta engancharse, claro.
En aquella corrala habitaban varios clanes. Aparecían poco por el lugar, en cambio, eran muy conocidos por sus nombres. Lo habitual era que algún joven los tuviese siempre en la boca. Ciertos hijos de esas familias frecuentaban las salas y en el cuerpo tenían las secuelas de algún accidente sucedido en acciones que rozaban la ilegalidad. Presumían de ello con cierta altanería.
Allí había numerosos jóvenes, cada uno con sus sueños. El viajero conoció a una chica que no frecuentaba las salas de entretenimiento. Él se encontraba en la calle comiendo una bolsa de patatas fritas. Como otros días, se cruzaron y la invitó. Para su sorpresa, la chica aceptó y se sentaron en una repisa de un bloque nuevo de pisos, donde ella vivía. Ahí empezó su amistad.
A partir de aquel día, daban un paseo corto hacia un pinar cercano y mantenían unas charlas que él apreciaba sumamente. Se recostaban en un pino y seguían analizando la vida. Ella le contaba que el barrio era un lugar de paso. Estudiaba en la universidad, además de trabajar en una oficina de administrativa, así que cuando terminase la carrera saldría hacia una vida distinta.
―Contigo estoy muy bien, pero mi idea es volar sola. Por ello no quiero ningún compromiso que dificulte mi trayectoria, pues estoy empezando a tener dudas. Tu llegada está distorsionando mi ilusión: terminar la carrera y salir de aquí ―le dijo ella.
También le hablaba de política, aunque él no sabía nada, o muy poco, de lo que su amiga le explicaba para que entendiese el momento que se vivía en España. Le preguntaba que si no veía las pintadas de sesgo político en cualquier pared, o que si no entendía lo que pasaba en los billares. Corría el año 1971, tiempo en el que Franco tenía una salud precaria y la juventud estudiantil luchaba con sus protestas para que el Régimen durase lo menos posible. Aunque la heroína había penetrado en los jóvenes de la clase baja, algunos más pudientes también se engancharon.
El viajero admiraba la firmeza de la joven, puesto que se habían conocido en un sitio donde solo suelen encontrarse los hijos de familias desestructuradas o muy humildes. En aquella época solía ocurrir a menudo.
Para ella, el muchacho parecía carecer de futuro, ya que no sabía más de él que lo que le había contado. Seguramente, no fue nada interesante para que decidiera ir más lejos con el chico. Él no estaba a su altura y nada podía ofrecerle. Empezaba su vida independiente sin haber podido terminar los estudios primarios. Sin embargo, también le dijo que tenía un gran valor el paso que había dado en las condiciones tan precarias en las que salió de su pueblo.
En otra conversación posterior, a mediados del mes de junio, decidieron dejar de verse y ahí quedó su primer contacto de amistad con una mujer fuera de su pueblo. En aquel momento, los dos tenían las cosas muy claras…, empezando por él: el hilo del conocimiento.
Cuando su amistad se rompió, en los billares había otra chica que sí quería intimar con el viajero. Ella vivía en la corrala y la frecuencia de contacto resultaba más continua. Llegó un momento en que sucedía sin interrupción: en los propios billares, en el pinar, en la corrala. Aquello empezaba a ser preocupante para el viajero. Su exposición en ese espacio de gente perdida, en un rincón del Madrid en plena expansión, le estaba atrapando y daba innumerables vueltas a lo que su primera amiga le contó. Cuando volvía del trabajo allí estaba ella, invitándole a salir a los lugares que frecuentaban. Incluso le presentó a sus padres… Él solo veía una salida, la misma que tomó en su pueblo, es decir, marcharse a otra ciudad.
El 31 de julio se levantó por la mañana, cogió su bolsa y salió directamente a la estación de tren. No se despidió de nadie, ni solicitó la baja voluntaria en el trabajo, ni el finiquito. Tomó la decisión de viajar hasta Barcelona, recogió su billete y subió en el primer tren que partía hacia allí. Pensaba que lo sucedido en Hortaleza no era lo que quería, pero tampoco sabía lo que le convenía. Sin darle más vueltas y sin pensar en lo que le esperaba, tomó su asiento.
A los pocos minutos, en el asiento de al lado se sentó una preciosa joven rubia de ojos azules. Después surgieron las preguntas típicas de los acompañantes de asiento. En aquella época no existían los móviles, ni las tablets, ni los ordenadores portátiles. Hoy te pones los auriculares y puedes viajar solo. Le dijo que era inglesa y que se dirigía a Ibiza para pasar el verano. Por supuesto, toda la conversación fue en castellano porque él ignoraba cualquier idioma que no fuese el suyo. Ella hablaba muy bien español, así que no hubo problemas para entenderse.
Como el camino era largo, tuvieron tiempo de contarse abundantes cosas. La chica tenía la misma edad que el viajero: había cumplido veinte años y él los cumplía en septiembre. No existía mayor atracción para el viajero que su compañía y los relatos que le contaba sobre su vida. Tampoco tenía intención de alterar su propósito. Esto viene a cuento por lo que ella le dijo cerca de Barcelona:
―Si no tienes trabajo en Barcelona ni compromiso alguno, podrías venir conmigo a Ibiza. No tendrías que gastarte nada porque mis padres pagan todo lo que necesite.
Recordó la conversación con su amiga («quiero volar sola») y le dijo:
―Es una tentación difícil de resistir, pero no quiero alterar el camino que me he trazado; aunque, dicho sea de paso, no sé muy bien cuál es.
Al llegar a Barcelona se despidieron con un fuerte abrazo y se desearon suerte.
Este relato continuará.
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja




