En una reunión de la nobleza de «El País de Yupi», compartieron mesa el Conde de Cotauña con el Marqués de Pinofiel. El segundo le contaba al primero que en su marquesado nunca había problemas, que podía hacer lo que quisiese porque sus vasallos no replicaban ninguna de sus decisiones. Que si algo de lo que él hacía no les gustaba, la emprendían contra el vecino, pero nunca contra el marqués.
Le decía: «fíjate hasta qué punto llegaron los vecinos con su aguante que, en una ocasión, puse en práctica el derecho al pataleo y ¡nadie pataleaba! ¿Te lo puedes creer...?»
«¡Pero eso no puede ser!», dijo el conde. «¡A mí, en cuanto hago algo que consideran que no es bueno para Cotauña, me quieren derrocar! Y fíjate marqués, aunque yo les diga que eso es bueno para sus negocios y haciendas, da igual... ¡Que no tragan!. Aunque he de reconocer que a mí me importa muy poco, porque lo único que pretendo es tenerles entretenidos y que no piensen en cómo acabar con mis prebendas». ¡Pues no hay forma...! «De verdad marqués, te envidio... ¿Aunque debe ser muy aburrido, verdad?»
«Pues mira conde, no lo creas, porque ver cómo se sacan la piel a tiras y luego hacen cuerdas para poder ahorcarse, no deja de tener su gracia. Ahora bien, un poco triste sí que es pero, sinceramente, son tantos los siglos, generación tras generación viendo lo mismo, que a todo se acostumbra uno. Acaso eso sea lo bueno de esta estupidez, que mientras ellos se matan, a mí me dejan en paz. Esto indudablemente lleva poco a poco a la desaparición de mi marquesado, pero cuando la plebe se empeña en caminar por la orilla del río, y solo lo cruza por los puentes que ya conoce, el único sitio al que se llega es a la decadencia silenciosa».
«¿Pero no crees marqués, que a tus plebeyos les iría mejor si se pusieran de acuerdo, y reinase la cordura si desterrasen la inquina y la envidia? ¿No sería mejor que, junto contigo, todos trabajasen a una para poder vender sus productos fuera, por ejemplo a Cotauña, y así tener una mejor renta capital? ¿Y no piensas que si esto se hiciera de esa forma podrían crecer en todos los sentidos y tener una mejor vida, tanto para ellos como para sus descendientes...?, la realidad dice que en España cada zona tiene sus peculiaridades... Y éstas, mi querido marqués, son muy difíciles de comprender, al menos para la gente de mi condado».
«Pues sí conde, tienes toda la razón, pero como dicen mis propios protegidos del marquesado, Pinofiel es un lugar muy difícil. La envidia puede con todo; aquí no se puede hacer nada, ¡es imposible…! ¡Es una causa perdida! Con este pensamiento sistémico anclado en este territorio, no creo que se pueda cambiar nunca la forma de ser de este marquesado milenario. Sí que tengo una ligera esperanza que no es muy realizable, pero es esperanza al fin y al cabo: la llegada de gentes de otras tierras del mundo, con costumbres e ideas totalmente distintas de la nuestras. Pero claro, esto conlleva que acepten que yo siga siendo el marqués de este territorio, cosa complicada en este momento. Lo que si es seguro es que se producirá un gran cambio social».
«Bueno, marqués, ¡que te dure otros tantos siglos y que yo pueda venderte lo que podrías fabricar tú!»
«Y por cierto, allí en tu condado lo que para mi es una esperanza para ti es una realidad. Ya me contarás como lo has podido gestionar...»
«En otra ocasión, marqués, te contaré mis experiencias de este nuevo cambio social.»
«De momento es mejor callarse y no meterse en líos, que mi marquesado está seguro mientras tenga estos vasallos.»
«Adiós, conde, que yo me quedo con lo que tengo...»
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



