Espacio donde se construyó el famoso edificio. Foto tomada en 1973. Se puede ver un trozo de muralla de nuestro marquesado, que aguanta entre escombros. ¡Hoy ya está en el suelo!, tapada por el edificio díscolo y abandonada por todos los habitantes del marquesado. Sí, el marquesado ya no importa a nadie.
¡El marquesado ya no importa!
Aunque siempre ha sido un lugar sin esperanza, importaba a alguien porque podían sentirse los agravios contra lo que creíamos nuestro, a pesar de que nunca lo fue.
Ordené mis papeles, que estaban en una gran pila, desordenados y dispuestos según los había recibido. Me llevó casi un día entero poner en orden tal acumulación de documentos deslavazados. Cuando uno se pone con el convencimiento de que se puede hacer, se hace, y poco importan el tiempo y el cansancio. Además, refresca la memoria y obliga al cerebro a efectuar el análisis de algún documento ya olvidado, que tuvo en su momento una importancia notable. Hoy me llama más la atención dadas las circunstancias.
Este fue el caso de un escrito que me mandó un amigo de Peñafiel cuando yo vivía en otra ciudad, en los últimos años de la década de los años ochenta.
Voy a transcribirlo tal cual lo recibí, ya que lo conservo en dos folios mecanografiados (originales), sin firma ni detalles del autor. El amigo que me lo hizo llegar, lamentablemente, murió hace años; por ese motivo no he podido averiguar el nombre del autor.
BARRIO DE SAN VICENTE
No lo riegan, está sucio
el césped de San Vicente;
para perros, un refugio,
así lo dice la gente.
Hay una sencilla fuente
montada sobre un rellano,
allí se sirve esa gente,
esos humildes gitanos.
Lavan coches a diario,
beben las caballerías,
no es ningún extraordinario,
eso se ve todos los días.
Allí veo a menudo,
a la vera de la fuente,
cagando por bulerías
a esa pobrecita gente.
Son diez familias gitanas
que vierten sus excrementos
a cualquier hora del día,
y eso es del Ayuntamiento
(se entiende que los terrenos,
no te confundas, moreno).
De esas cincuenta cagadas
doy parte al Ayuntamiento,
dicen que no pasa nada,
todos están muy contentos.
Y ellos tienen el derecho
de hacer chabola o corral,
los pobres no tienen techo,
eso dijo el concejal.
EL CONCEJAL
Hay un concejal muy bueno:
metió el agua a los gitanos,
pero con nuestro dinero,
son los derechos humanos.
Te voy a dar un consejo
porque te tengo estima:
no gobiernes más el pueblo
porque nos buscas la ruina.
Es bueno el Ayuntamiento,
lo digo por la fachada.
Creo que en su interior
allí no se encuentra nada,
me han dicho que ir a los plenos
es mejor que una charlotada:
allí todos son jaleos,
pero ninguno hace nada.
Estos problemas, que veía con inquietud la población del marquesado de esa época, hoy se verían sobrepasados por el grado de cambio que se respira en cualquier rincón del Reino de España. Lo que este autor desconocido ya apuntaba sin saberlo (o sí, vaya usted a saber) son las diferencias sociales que existían en la pequeña población de Peñafiel. No deja de ser curioso que la localidad tenga los mismos habitantes después de que hayan pasado varias décadas con las nuevas políticas de la tan esperada democracia.
El autor anónimo hablaba en su texto de los derechos humanos. Si hoy viviese, seguro que habría expresado de otra forma su sencilla visión de lo que para él era una cierta discriminación de derechos. Aunque los sintecho (como decía el concejal) también tenían derechos y obligaciones. Los derechos no tardaron mucho en ser reparados y, para ello, en tiempos de UCD el alcalde de ese partido (1979-1983) ordenó proyectar y construir un edificio donde se amparaba a las gentes más humildes. Allí se cobijaron las dos culturas o pueblos: los payos y los calés. En aquel nuevo lugar, la convivencia no fue tan idílica como pretendían los gobernantes de ese ilusionante proyecto. En la siguiente legislatura (1983-1987) tomó la alcaldía el representante del renacido Partido Socialista Obrero Español, que no estuvo carente de problemas de todo tipo. Tampoco estuvo exento de pleitos entre vecinos, y en poco tiempo se convirtió en el «edificio de la discordia». Esta época es la que encaja más con el escrito anónimo.
He llegado hasta aquí porque la esperanza se está perdiendo, no solo en nuestro marquesado, que hace tiempo que se perdió. Pues, al fin y al cabo, solo somos un pequeño punto negro en la espalda del presidente del Gobierno de nuestro reino, quien jamás podrá girar la cabeza para poder verlo, cual la niña del exorcista.
Dejando de lado este punto negro tan insignificante, me centraré en el sufrimiento que genera la clase política actual. Pero no por las cosas que están haciendo, sino porque no se ve un final. Pasan los días, los meses, los años y todo se complica más, y nada pasa, todo se soporta.
Imagino a los votantes socialistas, los de la base, esos que alguna vez vieron que es mejor vivir bajo el yugo comunista o socialista antes que hacerlo bajo otro yugo que para ellos sea insoportable, y me pregunto: ¿estarán de acuerdo esos votantes con los derechos humanos que les está vulnerando este Gobierno, que ellos votaron con fervor por descarte, o ideología ciega, también llamada sectarismo? Todos sabemos que está dando a dos regiones de España lo que nos roba a todos, incluidos a los votantes socialistas. ¿Estarán de acuerdo? ¿Se habrán quedado ciegos, mudos o sordos? Eso parece porque, de no ser así, es imposible de entender.
Sí puedo entender que los que mantienen la autocracia, y por ello cobran de una forma o de otra, hagan lo imposible para que esto siga, ya que en ello les van sus ingresos. Quiero imaginar que no nos pasará como en tantas dictaduras comunistas. Sin embargo, si nos miramos en su espejo, estamos en el mismo camino que ellas emprendieron. Ya lo he manifestado varias veces y no es bueno repetirse, aunque sí es necesario recordarlo.
Dijo un personaje del país de Mandela, hoy americano: «En la vida existen dos tipos de personas: los vagos y los trabajadores». ¿Sabemos a qué se refería? «Los trabajadores son todos los que trabajan. Los vagos son los que viven de los que trabajan», apuntó.
Vamos a llamar «vagos» a los que viven de los Estados y «trabajadores» a todos los que cada mañana levantan la persiana o cogen el transporte para acudir a su trabajo, o los que desarrollan algo que luego utiliza el resto de la sociedad, incluidos los vagos.
Los que producen y hacen que un pueblo prospere desde el lugar que les corresponde, sin cortapisas del gobernante para crecer, estos son los trabajadores.
Lo contrario es la grasa de los Estados, los vagos, esa grasa que multiplica su engorde en cantidades incontrolables. Pero el Gobierno las trufa con todo tipo de asociaciones, oenegés y departamentos. También, con trabajos hechos a medida para que el Gobierno, a su vez, siga aumentando el número de vagos nombrando a asesores. Estos succionan y comen los impuestos que asfixian a los ciudadanos, quienes deben soportar en los Estados cargados de burocracia excesiva. Pongamos el ejemplo de la Europa decadente: en Bruselas, los vagos abundan por los pasillos, cuando se requiere su presencia, claro, si no es muy difícil verlos porque no trabajan, solo fichan. Aprovechan su tiempo en asuntos personales que engordan su cuenta bancaria.
En el comunismo de la Unión Soviética no había forma de prosperar si el régimen lo prohibía. Lo dramático era que un ciudadano, si valía para albañil, por ejemplo, se moría siendo albañil, sin posibilidad de hacer otra cosa que no fuese autorizada por el régimen.
Estos pensamientos me sirven para analizar, desde un punto de vista personal, en qué lado estamos. ¿Qué lado es mejor? Naturalmente, en el que uno se encuentra, pero ¿seguro que es el idóneo?
Nuestros hijos empiezan a ver qué lado les interesa más. Si son vagos, es fácil… Si son trabajadores, aborrecen lo que está pasando en Europa; por eso están empezando a pensar como lo hacía el autor anónimo.
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



