EL DILUVIO DE VALENCIA

OBRA DE GUSTAVO DORÉ

Biblia de Montaner y Simón, editores, año MDCCCLXXXVIII

 

¡Alarma!

Hace bastante tiempo que estamos sufriendo la alarma en nuestro reino y siempre está provocada por los mismos intereses del partido en el Gobierno, personalizados en el presidente socialista de España. Ya durante la pandemia se veía venir: nos encerraron sin previo aviso, porque sí. Todo aconteció después de una orgía morada en marzo de 2020. Los progresistas de tres al cuarto se manifestaron sin pudor, bien pegaditos, abrazados, como si fuese un chúndara, que diríamos en el marquesado. Y el coronavirus, con el «oé, oé, oé» que cantaban Broncano y sus muchachos, pasaba de unos a otros por los canales respiratorios de esa multitud de irresponsables. Ya sabían lo que estaba sucediendo, pero allí se juntaron un montón de ministros y dirigentes, que luego también fueron ministros, para demostrar que a la izquierda no la puede matar un virus.

Estaban tan agustito, tan felices que daba envidia verlos disfrutar de aquel dislate. Hasta pensé mientras lo veía en la pantalla adormidera: «El próximo año acudiré solo por ver qué es lo que se siente en un festín de esa magnitud».

Después de terminar el macabro espectáculo, el escapista gobernante decidió que ya era hora de castigar un poco a los españolitos para que se dieran cuenta de quién mandaba en este reino. Así que utilizó a sus súbditos como conejos de indias para ver lo que eran capaces de aguantar en sus jaulas de edificios verticales. Sí, resultó ser mucho lo que fueron capaces de aguantar esos pobres ratoncillos, quienes, además, salían cada noche a aplaudir a los sanitarios en agradecimiento por su labor. Sin embargo, no se daban cuenta de que estaban dando un cheque en blanco al creador de tal disparate. Si algún ratoncito salía a la calle con su mascota para que pudiera hacer sus necesidades fisiologías y se alejaba más de la cuenta de su jaula, enseguida llegaba un policía, con claras instrucciones, y le exigía que entrase ya en su domicilio. Y, claro, obedecía sin rechistar.

Mientras, los gobernantes progresistas disfrutaban de sus privilegios, como, por ejemplo, la presidenta de Baleares, hoy presidenta del Congreso de los Diputados. Ella podía abrir un bar para fiestas particulares. Imagino que pensaría esto: «Ya que estamos juntos y no tenemos trabajo, ¿por qué no hacer nuevos negocios de oportunidad?; total, si nadie va a enterarse. Como están todos enjaulados, pues vamos a comprar mascarillas a tutiplén, cuanto más caras mejor, y no miremos demasiado la calidad. Bueno, la calidad de la comisión sí, faltaría más». Y así fue. Se sentían tan despreocupados, tan seguros de su poder, tan dioses que dejaron un montón de rastros chorreantes, que hoy se están investigando por la Justicia.

También, el presidente salía rodeado de sus expertos para darnos la vara cuando lo creía oportuno. Lo mismo que está haciendo ahora ya lo hizo durante el confinamiento, con otro militar. Este llegó a decir, en abril de 2020, que «la Guardia Civil trabaja para minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno». Hoy los motivos son otros. Si bien son dantescos, no era necesario que el presidente obligara a un militar a culpar a la oposición de haber provocado ese horror cuando podía y debía haber decretado el estado de alarma. Pero no, lo que hizo fue lo que más le convenía: permitir que el torrente de agua y la avalancha de lodo llegasen sin avisar para dejar como un payaso al presidente de una comunidad de la derecha tontita.

En aquel momento fue cuando hubo un motivo para que el Gobierno socialista decretase el estado de alarma. Sin embargo, el presidente no lo hizo. ¿En qué estaba pensando? ¿Por qué tardó tanto en reaccionar? Se pueden intuir las respuestas, aunque que él nunca nos las dirá. ¿Cálculos políticos? Puede ser.

Se le ha oído decir: «Si alguien necesita algo, que lo pida». Eso no lo dijo cuando cerró el Congreso. Se dio la paradoja de que no tenía autoridad para poder hacerlo y, siendo juzgado, los jueces lo corroboraron. Pero ¿acaso importa algo al Partido Socialista? A juzgar por la trayectoria de esta legislatura, solo le importa su supervivencia. En el partido pensarán que se consigue mucho más teniendo el poder que estando fuera de él, así que cómo lo van a perder. Y, para mantenerlo, no importa qué inmoralidades tengan que hacer. Se acumulan las trampas utilizadas para que el ciudadano esté atrapado en alguna, porque no dejan ningún aspecto social sin colonizar.

Parten de las asociaciones de todo tipo; las oenegés; las instituciones deportivas; los sindicatos; las cofradías; la prensa, incluida TVE; el ejército; la policía, gran parte de la Justicia; un sector del clero; la enseñanza; la lotería y, por supuesto, las redes sociales. Son maestros en su utilización y en hacer desaparecer los perfiles incómodos. Todos estos ejemplos (faltarían algunos más) están regados con el dinero de los impuestos, que cada día asfixian más a los ciudadanos, quienes solo piensan en cómo seguir adelante con sus vidas. La gente tiene otras prioridades y se olvida de la política, pues piensa que esta no les va a solucionar ninguno de sus problemas. Algunos tienen suerte y pueden recibir las prebendas del círculo que gobierna. Así, se conforman y ya no hay motivo de preocupación. Creen que mientras dure, duró y que siga la racha. Llegan a la conclusión de que no pueden hacer nada, salvo seguir viviendo con lo conseguido por su silencio.

No olvidemos que en el Gobierno son verdaderos genios cuando se trata de convertir a mindundis en famosos expertos en cualquier materia, bien sea con uniforme o sin él. Incluso los nombran directores de puestos muy importantes y decisivos a la hora de afrontar alguna desgracia que sobrepasa el ámbito de la normalidad. El ejemplo más claro ha sido el de la responsable de la Aemet, quien no tenía la preparación académica necesaria para entender el problema que la naturaleza le puso encima de la mesa. La consecuencia ha sido un desastre bíblico. Pero el político que la colocó en el puesto no reconoce culpabilidad alguna, ni la propia ni de la directora. Todo queda en casa. Dirán: «Tú sigue en tu puesto y solo di lo que nuestro ideario te ha enseñado. Son tantas las pifias que hacemos que dentro de cuatro días se habrá olvidado. Para entonces estarás en otras funciones que te sean más livianas y menos comprometedoras. Posiblemente, una embajada en el Caribe o Venezuela sean unos lugares agradables para tu retiro».

Así que la colonización no es más que la compra de voluntades. Y son tantas las compras que los que nos gobiernan logran que su ejército de voceros, con el pesebre puesto a su disposición, destruya cualquier relato que no sea el del progresismo occidental.

La última apuesta que nuestro presidente ha hecho es, cuando menos, bochornosa; pero, sobre todo, inhumana. Habla de una batería de ayudas para el diluvio de Valencia, de efecto inmediato. Lo mismo se hizo con Lorca, La Palma  y cuando la borrasca Filomena, y aún están esperando esas ayudas. Aunque termina diciendo que para eso necesita que le aprueben los presupuestos.

Pues si esto no es un chantaje, que baje Dios y lo vea.

 

 

Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja

 


 

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