Pastor castellano 1980
El camino del futuro
A medida que avanza la edad, uno se va dando cuenta de que las cosas cada vez tienen menos importancia. Por este motivo nos relajamos hasta el extremo de no querer afrontar nada porque nada aporta, nada vale.
La edad comienza al nacer y el camino que se abre ante tus ojos quiere emprenderse con tal ímpetu que parece que se tiene una fiebre de más de cuarenta grados, que es cuando se ven alucinaciones. Y no es tiempo de pararse a medir los riesgos. Se cree entonces que se tienen muchos años para hacer todo lo que uno se proponga mientras se piensa que nadie te pondrá límites. Sin embargo, la realidad es todo lo contrario.
Los límites y las incógnitas están continuamente en el devenir del camino emprendido y llegan a ser una compañía imprescindible de vida para que uno pueda seguir. Así pues, se asume ese apéndice como algo natural y necesario para poder reflexionar.
Al comenzar tu vida independiente crees que aún estás plácidamente en el vientre de tu madre. Pero no sabes respirar por ti mismo y te obligan a que lo hagas dándote unos pequeños azotes para que llores y respires. Solo, sin cordón y fuera del vientre materno. Este hecho inicial ya es una imposición, el primer problema, la primera obligación, el primer dolor.
Empiezas el camino en un mundo desconocido y lleno de obstáculos, hostil en todos los sentidos, aunque no eres capaz de darte cuenta porque te estás haciendo humano. Te dejas llevar sin saber en qué manos estás. Tú no eres tú, te mueves por ti mismo, pero estás dirigido. Te ríes, aunque no sabes de qué te ríes. Lloras por todo sin saber que es el todo.
Tienes la obligación de ir a la escuela; en otros tiempos no fue así. Con esta obligación comienzan las reflexiones y tus dudas al respecto. Los interesados te cuentan que eso es lo mejor para tu futuro. Tú te preguntas qué es el futuro, pero no puedes darte una respuesta porque lo desconoces, porque no lo has vivido. Y siempre hay alguien que te dice lo importante que es la escuela, puesto que sin ella no llegarás a ningún sitio. Y vuelves a preguntarte qué es eso del sitio. «Ya crecerás y lo entenderás», te dice alguien.
Y tú, pobre infeliz, te quedas con cara de pasmado pensando: «Esto no va por buen camino. Nadie me advirtió que para todo existe una incógnita». Entonces te das cuenta de que asimilas las cosas con tal rapidez que no te da tiempo a cuestionarte nada, ya que para todo existen normas o modas. Alguien que ya pasó por tu misma experiencia supo entender que en ese camino que vas recorriendo no caben todos. Y la forma de sobrevivir es ir pegando codazos y dejando tirados en el recorrido a los que no han entendido de qué va la vida.
Cuando te vas quedando atrás nadie te mira y, pasado un tiempo, te conviertes en invisible. Tu mundo se reduce a un espacio mínimo que tienes que compartir con otros, quienes, al igual que tú, no supieron entender de qué iba ese asunto de la vida. Esta situación genera una nueva guerra de codazos para formar parte de ese pequeño mundo donde las diferencias son mínimas. Y tú, al igual que otros, quieres estar arriba, por encima de tus iguales en la inocencia.
De esta manera se empiezan a formar las clases sociales, los niveles del ser humano en el escalafón de la desigualdad social. Sin embargo, no se crea porque tú no lo hayas entendido, sino porque una vez que dejas pasar una mínima oportunidad caes en otro nivel más bajo, en el lugar de los que no querían pegar codazos, porque tu ética no te ha permitido hacerlo. Esta decisión es el principio de ir interiorizando que donde tú quieres estar no tienes que luchar todos los días a machetazos para abrirte camino: el camino ya está hecho.
Es lógico que te des cuenta de que los que están en un nivel más alto son ahora los que marcan tu futuro. Empiezas, por fin, a ver el significado de la palabra futuro. En ese momento, meditas y piensas que no quieres estar ahí, que has perdido bastante tiempo y no has cogido el tren que hoy sí cogerías.
Los momentos actuales no difieren mucho de los antiguos en cuanto a esa lucha despiadada para poder conseguir subir un minúsculo escalón que te permita «vivir» un poco más cómodo en la esfera de los que pegan codazos, al coste que sea necesario, no importa. A estas alturas, cualquier mejora es suficiente.
Durante este tiempo hubo muchos que lo intentaron de distintas maneras, aunque predominaba la de haber tenido la suerte de nacer en una buena familia. Por «buena familia» se entendía a los pudientes, que conseguían que sus hijos no naciesen desnudos, sino con un pan bajo el brazo por tener un nombre, poder intelectual o, simplemente, fortuna.
En la época moderna de las democracias nació algo sorprendente: cualquiera podía tener acceso a un poder por encima de los demás, incluso de los reyes, los nobles y los grandes magnates. Este hecho fue la política, aunque siempre ha existido. Para poder practicarla se necesitaban algunas cualidades y una buena preparación académica. En cambio, hoy, en pleno siglo XXI, no hace falta nada más que tener a unos votantes sectarios (o a unos cerebros lavados) y, una vez resuelto este problema, aportar una cara de cemento armado y un corazón de piedra. También es necesaria una moral inexistente y vender tu alma al diablo, lo que lleva a solo creer en lo oscuro.
Estos patrones hoy son muy frecuentes por todo el mundo, seguramente porque estos que nacieron desnudos (como todos) supieron pegar codazos a diestra y siniestra, tal vez porque la forma de gobernar con mano de hierro se extendió como un reguero de pólvora.
Otro elemento que es intrínseco a la falta de moral, y que se usa con descaro por los políticos de estos tiempos recientes, es la mentira. No reparan en gastos verbales para implantarla a sus gobernados, así que estos padecen todo tipo de abusos y contradicciones al darse cuenta de lo que han votado. Entonces es tarde para rectificar. Solo les queda la esperanza de esperar a que termine el mandato y, en las siguientes elecciones, votar con más sentido común. Aunque esto no les sucede a todos los votantes. A algunos les resulta imposible advertirlo al vivir en un espacio de adoctrinados, ya que su comprensión del problema es equivalente a una unidad de oveja borra.
En algunos casos, el político emplea abundante tiempo y dinero ajeno en adiestrar a esos votantes indecisos, molestos con sus actuaciones malignas. Para ello hacen la magia del trilero, profanan una tumba o se inventan palabras y las repiten hasta que calen en las débiles mentes de esos electores, puesto que estas no son superiores al celebro de un mosquito. Así, ante una llamada de su destacado político acuden a las urnas de una manera entusiasta para que no vuelva a gobernar el dictador sacado de la tumba, que un día «arruinó la vida de sus antepasados». Estos votantes, al ser como la oveja borra, no necesitan mirar la historia, ni por qué sucedieron las cosas, ni qué parte tuvo ese partido dirigido por un político con las cualidades antes mencionadas.
Una vez sobrepasada la curva de la política mundial, y viendo que los codazos ya no son necesarios, uno se busca otras armas, como la de pasar de todo, y se pregunta qué otra cosa puede hacer. Y se responde que, aunque pueda, si merece la pena hacer algo, porque cuando cumpla 80 años, a pesar de estar vivo, ya no existirá…
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



