«En política suponemos que todo el que sabe cómo conseguir votos sabe cómo administrar una ciudad o un Estado. Cuando estamos enfermos no preguntamos por el médico más guapo, o el más elocuente».
Platón.
« Gobernar es dirigir; es tener voluntad en sí mismo; gobernar es esperar e infundir aliento en los demás y llevar la fuerza tras de sí; y ¿cómo ha de hacer eso el señor presidente del consejo de ministros si da frío oírle y espanto leerle?»
(D. Antonio Maura, a Cánovas)

SUSO
El diablo diabólico
Dijo el autócrata: «Nosotros a gobernar y ellos a enfangar».
¿Gobernar…? ¿Para quién? Sinceramente, es algo que solo se puede comprender si se cae en el sectarismo, cosa que para «los gobernados» es, por desgracia, muy común en el lado de la siniestra. Llegan incluso al extremo de padecerlo en sus carnes y mentes, siendo esto un acicate en vez de ser una losa, lo que sería normal en una sociedad sana.
Seguramente sea por el exceso de hechos consumados en contra de la razón, pero ya no distinguen el bien del mal ni son capaces de ver la viga en su propio ojo, porque solo ven la paja del ojo ajeno. Y lo hacen con la desfachatez de querer dar lecciones de democracia, apuntando soluciones «al de la paja», cuando ellos saben mejor que nadie que allí no está el remedio, pues está en su propia casa.
Hace muchos meses subrayé que en la sociedad se estaba abriendo una brecha descomunal. Y que las «comunas» estaban situadas en las dos orillas, posicionándose en el medio (en el vacío y como en un limbo) todos los que no pertenecían a ninguna de ellas que, cada vez más, iban dejando su ubicación para ir llenando las orillas.
Esto, según mi criterio, es algo que ya hemos vivido en un tiempo no tan lejano y que puede acarrear consecuencias aún más terribles de las que sucedieron entonces.
En las «comunas» pequeñas es donde mejor se aprecia, ya que antes de esta etapa de «caballo desbocado» aún se guardaban las formas, y al que pensaba distinto se le respetaba aunque solo fuese por el qué dirán. Esto posibilitaba y permitía una convivencia más o menos sana.
Sin embargo, hoy es casi imposible que se relacionen las personas que tienen distinto pensamiento político y climático. Esto último es la nueva religión, promovida y pagada por la vieja oligarquía mundial, aunque este vestida de progresismo.
Es incuestionable la habilidad que tienen de utilizar la utilería de camuflaje para confundir a la «mosca» que tiene a la vista el «camaleón» socialista, siendo este el momento en el que toca a arrebato y pone a cada sectario en el lugar que le corresponde para hacer que el engaño sea perfecto, y que los del limbo se traguen toda la mercancía imperfecta que les están vendiendo.
Se podrían dar ideas para mejorar… ¡No, en el camuflaje no, que también…! ¡En este arte se bastan solos!.
En cambio sí se les podría recomendar que analizasen los 7 pecados capitales de la Biblia. Que sí…, ¡que ya sé que a pesar de la misa dominical la mayoría de ellos se declaran ateos! Aun así, les podría venir muy bien.
Y de todos los pecados capitales recogidos en la biblia, ¿cuáles son los que les afectan? En mi humilde opinión no les falta ninguno, llegando a pensar que aún cabrían más…
Lujuria.
Ira.
Soberbia.
Envidia.
Avaricia.
Pereza.
Gula.
También les recomendaría que ojeasen el libro Lauros y Palmas, que trata de la revolución roja y de los estragos cometidos por ésta en las comunidades de religiosos de Cataluña. Podrán comprobar en él que todo aparece documentado con nombres y apellidos, además de fotografías.
O, por último, leer este «best seller» ya que está dedicado a todos los socialistas. Creo que pueden ser buenas ideas para mejorar.
Hablaba el autócrata de fango… No creo que exista peor fango que el que tiene bajo sus pies que, por decir algo, está compuesto de corrupción, malversación, burdeles y drogas a elegir...
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja
Artículo de prensa en EL DEBATE, FUNDADO EN 1910 02 de abril de 2024

El Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek
80 años de 'Camino de servidumbre', el aviso de Friedrich Hayek sobre la tiranía del socialismo
El economista vienés ganó el Premio Nobel en 1974. Dedicado «a todos los socialistas de todos los partidos», su libro cumbre fue un «best seller» y una premonición cumplida.
Mario de las Heras Madrid 01/04/2024 Actualizada 04:30
Durante su juventud, Friedrich Hayek fue un socialista inocente admirado por la teoría y el relato. Su profesor, el liberal y antisocialista Ludwig von Mises, le abrió los ojos a la trampa que escondía la eterna ideología con piel de cordero. Con el tiempo, Hayek se convirtió en el antagonista de John Maynard Keynes y sus tesis por el intervencionismo del Estado en la Economía. Keynes ganó la batalla ideológica y el mundo perdió el equilibrio de la disensión, de la normal confrontación ideológica, para instituir el buenismo (y el malismo intrínseco) de la socialdemocracia, bajo cuya etimología se esconde un oscuro pasado invisible, pero notable.
El socialismo incompatible con la libertad
En realidad, Hayek ha ganado aunque no se sienta, exactamente igual que en los tiempos de su duelo con el brillante autor de Teoría general del empleo, el interés y el dinero. Hayek dijo en una sentencia extraordinaria que «la libertad de elección debe ser más practicada en el mercado en vez de en las urnas, la libre elección puede al menos existir bajo un régimen de dictadura pero no bajo una democracia sin límites que no pueden limitarse». La «democracia sin límites» bajo la que no existe la libertad de elección, al contrario que en una dictadura.

John Maynard Keynes en 1933
La «democracia sin límites» es el socialismo, la ideología incompatible con la libertad de los hombres, según escribe Hayek en las páginas de su sugerente y dramático título Camino de servidumbre: el camino hacia el fin del mercado libre (y de la libertad). Según el profesor Pedro González Cuevas, en su artículo sobre la efeméride del libro de Hayek en la revista Ideas de la Fundación Disenso, el autor «realiza una defensa del gobierno estrictamente limitado, el mercado libre, el impersonal gobierno de la ley, al igual que del desarrollo social por medio del crecimiento espontáneo y no mediante la planificación consciente y la coerción».
Para poder producir el mismo resultado en personas diferentes, sería necesario tratarlas de forma diferente. Y ¿cómo podría haber entonces leyes generales?
Friedrich Hayek
Quizá esto le suene de algo al lector. En el presente político y social y en la amenaza como una nube espesa que se acerca formada por los mimbres ideológicos del nuevo totalitarismo «socialista» que detenta el poder y maniobra enloquecidamente solo para perpetuarse en él. Afirma Hayek en el camino que «Cualquier política dirigida directamente a un ideal de justicia distributiva, es decir, a lo que alguien entienda como una distribución «más justa», tiene necesariamente que conducir a la destrucción del imperio de la ley porque, para poder producir el mismo resultado en personas diferentes, sería necesario tratarlas de forma diferente. Y ¿cómo podría haber entonces leyes generales?»
Friedrich Hayek en su juventud
La actualidad de las razones del libro escrito hace ocho décadas son estremecedoras. El control paulatino que lleva a la esclavitud en la planificada privación de derechos derivada del intervencionismo. Tantos intervinientes, tantos pequeños pasos continuos, evaporan la gravedad del objetivo entre aclamaciones a una falsa libertad con reverso tenebroso que acaba por imponerse. Es, para que se entienda de modo grueso, como los escándalos continuados de Pedro Sánchez, continuamente tapados por el siguiente. Y así ya van cinco años de enterramientos. La amnistía que nunca iba a llegar ya casi ha pasado y la ocultará el telón del referéndum de independencia de Cataluña.
La libertad corrompida
Es la perversión de los conceptos de democracia y libertad, de lo que acusaba Hayek a los colectivistas, llámense hoy socialistas, comunistas o separatistas. Un nuevo colectivismo asola la libertad sin que el pueblo se dé cuenta en un escamoteo de trileros sin escrúpulos. De esto también avisaba el economista austríaco. De la libertad corrompida por una dialéctica de miedo y de supuestas injusticias que aplastan al individuo para elevar al poder político sostenido por una idea irrebatible y perversa. Hayek es pura civilización occidental que remite a esos principios, a la tradición como parte del camino recorrido que no puede olvidarse.
Friedrich Hayek en 1974
Camino a la servidumbre está dedicado «A todos los socialistas de todos los partidos». Aunque ya no haya ninguno que pueda sentirse concernido. Ni siquiera la igualdad ante la ley, «la única igualdad que tiene sentido en una sociedad libre», según Hayek, goza hoy de protección. Todo lo contrario: los atentados contra ella se suceden casi día tras día en una suerte de silencioso apocalipsis que se podría detener si hubiera más lectores de Hayek provistos de las armas necesarias para no caer en el engaño del totalitarismo socialista.



