ABORRECER

 

Aborrecer

Si te aborrezco, ¿por qué sueño contigo? Y si sueño contigo, ¿por qué te aborrezco?

Si no te deseo, ¿por qué sueño que te deseo? ¿Por qué cuando sueño que te deseo veo que me rehúyes? Si me rehúyes, ¿por qué sigo soñando contigo?

¿Quién dirige los sueños? ¿Por qué los conduce donde quiere si no es lo que yo quiero? ¿Qué persigue con ello? ¿Acaso desviarme a otro sueño? ¿Pretende decirme algo? ¿Me está advirtiendo de un suceso o solo busca mi aturdimiento? De ser así, ¿qué motivos tiene si yo no lo conozco? ¿Por qué no da la cara para que yo pueda entenderlo? Pues, si lo entendiera, igual podría conducirle yo a él.

No sigue un patrón, funciona a su libre albedrío, como si su capacidad fuese humana. Pero, si es humana, ¿cómo puede estar dentro de mí? Si yo no sé quién es, ¿por qué nunca se deja ver? Se escabulle, se atrinchera, se diluye cuando me despierto. ¿Cuál es su fin?

Tal vez no tenga una finalidad, o quizá el propósito del sueño esté en el entretenimiento hasta que el ser se funda con la tierra y sean otra vez uno.

¿Y después? ¿Habrá un después? Aunque lo hubiese, nunca podrá saberse porque no será posible que los deshechos humanos, si vuelven a adquirir su forma, sean iguales que antes. Lo mismo que una joya de oro robada que, para borrar cualquier vestigio de su procedencia, se funde, se diluye. El producto ya no es el mismo, aunque sí la materia.

Si dentro de doscientos años pudiésemos preguntar a los ocho mil millones de seres humanos que hoy viven en el mundo, ¿qué nos dirían sobre los sueños? En general, acerca de todos los sueños, de los que se tienen despierto y de los que acontecen mientras dormimos.

Aquel dice: «Este era mi sueño de mi vida: ser rico o poderoso; ahora sueño con disfrutarlo». «El sueño de mi vida, amarte para siempre». «Mi sueño, la paz, que no existan guerras». En fin, todos los sueños se idealizan, los posibles y los imposibles.

¿De qué sirve un sueño, una vida, un logro? ¿De cuántos de esos millones de personas, que no existirán dentro de doscientos años, se recordará su paso por aquí? Y, si se recuerda a algunos, ¿servirá para algo?

Todos los legados no son buenos, ni todas las épocas son iguales, ni todos los imperios tienen asegurados sus hechos. Tampoco puede reescribirse la historia. Aunque si será posible borrarla de las nuevas mentes. ¿Entonces...?

Algunos de estos humanos que hoy pisan la tierra sueñan con dejar un planeta mejor, no se sabe bien a quién. Nos venden todo como nuevo, reciclado, verde, niquelado…, creado por ellos. ¿Cómo se puede hacer eso? ¿Licuando cuanto antes a más de la mitad de esos seguidores de tal sueño?

Aquel otro, quiere fundirse ya: ¿se podría ir voluntario a la fundición? ¿O inocente como la res que entra en el matadero? Ambas formas persiguen el mismo fin. Causas perdidas, que diría un docto en sabiduría.

A juzgar por las lecciones que nos dejaron nuestros más remotos y recientes antepasados, sirve de muy poco el paso del ser por este mundo. Como si nunca hubiera existido, pues todo termina en una disolución, en un nuevo nombre, en un volver a empezar. Entonces, ¿para qué? Salvo que se tenga una segunda oportunidad y sirva lo que hemos aprendido en vida para no nacer en otro mundo de parias.

Dicen que hace dos millones de años empezó la evolución de lo que hoy es el ser humano. ¿Quién intervino? De esos ocho mil millones de seres humanos, ninguno. ¿Cómo saben los intervinientes de hoy que están haciendo lo correcto conduciendo al mundo a una ensoñación?

Por mucho que los dirigentes sean aborrecidos, nadie podrá juzgarlos, porque el juzgador y el malhechor también serán licuados sin remedio. Y el juicio final nunca llegará, por tanto, todo el mundo quedará libre de pecado, ni Dios tendrá ganas de juzgar a nadie… ¡Serán tantos!

Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja.


 

 

 

 

 

 

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