Monasterio San Juan de Orteqa
El viajero de las Vascongadas (XV)
Amaneció en San Juan de Ortega (Burgos). El viajero tenía por delante 27,6 kilómetros. Salió junto con seis personas para hacer esa etapa en compañía. El día anterior, mientras cenaban, entablaron una intensa conversación que derivó en un acuerdo para recorrer juntos la etapa completa. Después decidieron que también cenarían juntos en Burgos para poder resumir la experiencia. Algunos miembros del grupo se quedarían en Burgos.
Componían el conjunto dos hombres de mediana edad: Juan, de Málaga, y Ramón, de Madrid; Jaime, de 33 años, procedente de Valencia; tres mujeres de diferentes edades: Isabel, de unos 40 años; Encarna, rondando los 50; Ángela, quien no había cumplido los 30, y el viajero.
Partieron por el camino que antaño se denominaba de los Lobos. Al parecer, los peligros eran probables. Tomaron aquella ruta porque por la otra debían recorrer bastantes kilómetros por el arcén de una carretera con tránsito de camiones y coches, lo que resultaba infernal. Todos estaban de acuerdo en que era más seguro caminar por la ruta agreste en vez de la del asfalto, aunque fuese un poco más larga y el firme más irregular.
Después de pasar Santovenia de Oca llegaron a la población de Atapuerca. Al pasar por una especie de pajar convertido en herrería vieron unas estatuas de hierro expuestas en la calle. Jaime no dudó en entrar y pedir permiso para curiosear. Se lo dieron y entraron todos. Estaba un poco oscuro. Había una vieja fragua funcionando y sopletes sobre las mesas de trabajo. El viajero se fijó en las dos personas que regentaban el taller. Ella parecía mayor que él, seguramente porque estaba entrada en carnes y bastante desaliñada. Él, grandón y fuerte, también un tanto dejado en el aseo.
Con la intención de entablar una conversación, el viajero les preguntó si eran de la zona, ya que le parecía que no tenían demasiadas ganas de dar explicaciones a siete desconocidos. Le respondieron con un simple «no», así que pensó que ya les habrían visitado otros peregrinos y no les apetecía hablar. Acto seguido, sin esperarlo, les soltaron los motivos que les habían hecho recalar en aquel lugar: ambos llegaron con traumas en su vida y decidieron hacer el camino con la intención de asumirlos o poder olvidarse de lo sufrido.
La pareja continuó explicando al grupo de peregrinos que se habían encontrado en Pamplona, comenzando esa etapa. Viajaban solos y se contaron su vida. Llegaron a compenetrarse y sentirse cómodos juntos. Al entenderse tan bien decidieron hacer el resto del camino juntos.
Ella les contó que se había enamorado de un señor con el que se casó. Su vida no existía si no era con él a su lado, hasta el extremo de poner todos sus bienes a nombre de ambos. Tuvieron dos hijos varones, que murieron en un accidente de tráfico por exceso de velocidad. El marido perdió el norte y la desatendió. Se dio a la bebida y al juego, además de frecuentar ciertos lugares de vicio. Pasados unos meses se decidió a plantarle cara y decirle que ella se marchaba. Cuando fue a ver las cuentas se encontró con que estaban vacías. Como no quería vivir con él, se marchó dejando todas sus pertenencias en su vivienda. Por ese motivo comenzó el camino y daba gracias a Dios por haber encontrado a su nuevo compañero.
El hombre también soltó sus demonios al grupo que le escuchaba. Había dedicado su vida al servicio en una fábrica de herrajes en Bilbao. Sin embargo, cuando más lo necesitaba se quedó en el paro. Su mujer lo había dejado recientemente porque deseaba un cambio de vida. En su caso no tenían hijos, pero no por ello dejó de ser una separación traumática.
―Gracias a eso nos conocimos y aquí estamos, viviendo juntos y sosegados. Si les apetece, podemos ofrecerles un café. Siempre lo tenemos dispuesto.
―Yo se lo agradecería ―dijo el joven de Valencia.
―Pues tomen asiento y se lo servimos.
Los siete compañeros se sentaron en unas sencillas sillas y les pusieron los cafés en una mesa igual de humilde.
Encarna habló tras el primer sorbo:
―En correspondencia con lo escuchado, voy a relatar el drama que me ocurrió, el suceso que me empujó a estar hoy aquí con todos vosotros. Yo estaba felizmente casada y sin hijos; por tanto, hacíamos lo que creíamos oportuno sin ataduras. Sin embargo, llegó un día en que en la cama él ya no me parecía igual. Me daba la impresión de que mi marido flojeaba de remos. Le pregunté varias veces si pasaba algo porque lo notaba diferente. Su respuesta fue que estaba pasando una etapa de estrés en el trabajo.
»Un sábado salimos a cenar y, mientras degustábamos la cena, hablamos como siempre, con normalidad. Al terminar, antes de pagar la cuenta, me soltó: “Encarna, tenemos que dejarlo. He encontrado un nuevo amor”. Le pregunté si era una compañera de trabajo y me dijo que no, y que tampoco era una mujer. Se había enamorado de un hombre con el que se sentía muy a gusto, así que no quería seguir engañándome ni hacerme más daño. No pude articular ni una palabra más. Me encontraba tan rabiosa y confundida… Naturalmente, cogió sus cosas y se fue. Después vino el trauma de deshacer lo hecho con los bienes.
―Joder, qué putada ―dijo el anfitrión.
Algunos compañeros se miraban unos a otros sin decir nada. Es probable que porque cualquiera de los silentes tenía un caso no menos impactante de lo que ya se había contado.
Sin despeinarse, dijo el valenciano:
―Con vuestra aprobación, os explicaré mi suceso y el motivo por el que estoy aquí. A los 26 años me enamoré de una chica de mi misma edad y decidimos casarnos un año y medio después. Nuestras familias eran pudientes y enseguida se organizó la boda por todo lo alto. Acudieron a ella más de doscientas personas. La celebración fue un auténtico dispendio, aunque nos vino bien porque los regalos fueron bastante generosos, acordes con la celebración.
»Decidimos hacer el viaje de novios a un lugar pequeño del Caribe para aprovechar los veintiún días que duraría. Pasada la primera semana, me di cuenta de que mi mujer tonteaba con un joven nativo que trabajaba allí y se dejaba lisonjear por él. No le di más importancia, ya que nuestra fogosidad no paraba. Todo parecía que funcionaba de un modo natural.
»Una tarde decidí bajar solo a la piscina del hotel para descansar un poco en el césped, a la sombra. Mientras tanto, ella me dijo que se echaría la siesta. Me quedé traspuesto un buen rato y me di cuenta de que la había dejado sola en la habitación y que me echaría de menos. Subí y al entrar en la habitación encontré a mi mujer con el nativo en la cama. Mi indignación fue terrible. El individuo salió pitando. Le pregunté a ella por qué había hecho eso, si era porque yo no estaba a la altura. “Esto solo es sexo”, me respondió.
»Todo lo demás fue un desastre. Adelantamos la vuelta y nada más llegar a Valencia nos divorciamos, con litigios y numerosos gastos innecesarios. Al final, un juez decidió nuestras cuitas. Ahora comprenderéis por qué estoy aquí. Necesitaba estar un tiempo solo, sin influencias, por esa mala jugada que me hizo pasar la vida.
Como se hacía tarde decidieron levantar el vuelo y seguir caminando. Agradecieron a la rara pareja su hospitalidad y el relato de sus vidas, que abrió la espita para que algunos se desahogasen.
Aún quedaban más de veinte kilómetros para llegar a Burgos, tiempo más que suficiente para que cada uno de los componentes de ese grupo tan heterogéneo pudiera reflexionar. Seguramente que como todos, el viajero empezó a dar vueltas a lo escuchado en Atapuerca. Lo primero que se le vino a la cabeza fueron sus múltiples problemas, sus experiencias de todo tipo, sus meteduras de pata, sus contradicciones, sus metas, sus fracasos, su desapego a todo y su frialdad a la hora de tomar decisiones. Este último punto era el que más le martilleaba la cabeza. Recordaba que su mujer le decía que nunca daba marcha atrás ni para coger impulso. Él no lo veía de esa manera, sino que pensaba que cuando decía una cosa y se comprometía debía cumplirlo, aun sabiendo que las consecuencias podían ser muy dolorosas. También consideraba que si había cometido un error al tomar una decisión, el precio tenía que pagarlo él, bien fuera moral, económico o de pérdida de prestigio.
«Cuando uno se equivoca, siempre se es consciente de que eso puede ocurrir, pues no se deben tomar decisiones a lo loco. Es necesario poner encima de la mesa todas las posibilidades. Una vez hecho este ejercicio, se saben los pros y contras; por tanto, pase lo que pase, es previsible. Esto equivale a que un error, consciente o no, se tiene que pagar», pensaba.
El desapego era otra cosa que le inquietaba, le creaba desasosiego sin saber muy bien por qué. Desde su punto de vista, consideraba que las cosas y las personas no son dignas de que otro ser sienta apego o derecho a que sean de su propiedad eternamente. «Todo está en el círculo de la vida; por eso hoy estoy aquí y tengo esto, material o inmaterial, pero lo tengo. Sin embargo, ¿mañana? ¿Qué me deparará el mañana?», decía para sí.
En los relatos que había escuchado, todos mostraban un brutal apego a lo que creían que era suyo, pero luego se dieron cuenta de que el desapego resultó ser una liberación para sentir apego por otras personas o cosas. «Entonces, cuando se dice de alguien que no tiene apego por nada, en un tono peyorativo, ¿significa eso que no está bien? ¿Qué es mejor?: ¿tener apego y luego llorar cuando llega la pérdida o asumir de antemano que tener apego no es tener una propiedad? Así, si se acaba, se lleva de una manera más realista y se considera que se sufre menos. Aunque, claro, no se puede ser divino, como tocado por la luz celestial, aunque en esta tierra el conocimiento logra que algunos se sientan de ese modo. Si bien no lo serán ni en esta tierra y en mil que hubiese. Sí se puede ser un iluminado, de hecho, abundan de todo pelaje. El abanico es inmenso como para poder elegir, con o sin apego», reflexionaba.
Llegaron a Villafría y se detuvieron para reponer fuerzas antes de emprender el camino hacia Burgos por la carretera nacional I. El ruido, como una chuleta en la cara, les despertó del sueño de paz del trazado agreste.
Mientras reponían fuerzas, cada cual se revisó los pies y sus pertenencias. Ángela los tenía llenos de ampollas y apenas podía caminar. No llevaba medicamentos ni material para las curas. El viajero ya contaba con muchos kilómetros andados y eso lo había ido adquiriendo. Lo primero que hizo fue lavárselos bien en una fuente del pueblo. Le pinchó las ampollas y se los volvió a lavar para después rociar en ellos alcohol de romero y darle unos suaves masajes. La mujer no se puso las botas hasta que empezó la marcha. Aunque le seguían molestando, notó un gran alivio.
Ángela contó al grupo que su motivo para hacer el camino era encontrarse con Dios:
―Tengo la necesidad de hablar con él, de que me guíe en la decisión que voy a tomar. No pienso recorrer todo el camino. He empezado en San Juan de Ortega por motivos religiosos. Quería vivir la austeridad del lugar, conocer el refugio de los peregrinos y ver la obra de Juan de Velázquez, hoy conocido como San Juan de Ortega.
»Quiero dedicarme a servir a Dios. Estoy en trámites para ingresar en un convento de monjas y necesito la aprobación del Señor. Esta explicación puede pareceros fuera de contexto, pero vengo observando que cada uno de vosotros tiene un motivo y venís buscando algo que hasta hoy no habéis encontrado. Agradezco vuestro respeto y afecto en estas etapas en las que hemos convivido. Me habéis visto andar con dificultad, pero no me quejaba. Tampoco hablaba mucho. Venía buscando esto, precisamente estos momentos de sufrimiento y de paz.
Todo el mundo se quedó sorprendido. Hubo momentos emocionantes de agradecimiento por las palabras tan sinceras y crudas de una joven en esta época de desafección religiosa.
Este relato continuará.
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja


