ENTRADA 15ª DE NICOLÁS MAQUIAVELO - OBRAS POLÍTICAS -

 

 

CAPÍTULO XIV

Los romanos interpretaban los auspicios según las necesidades. Aparentaban prudentemente observar la religión, cuando se veían forzados a faltar a sus preceptos, y si alguno cometía la temeridad de despreciarlo, le castigaban.

 

No solo era la institución de los augures, según ya hemos dicho, el fundamento de buena parte de la antigua religión de los gentiles, sino también la causa del bienestar de la república romana, por lo cual la estimaban los romanos mucho más que todas las otras, empleándola en los comicios consulares, al principiar todas las empresas, al sacar los ejércitos a campaña, al dar batalla y en general en todos los actos importantes, civiles o militares. Jamás se comenzaba una expedición belicosa sin haber persuadido a los soldados de que los dioses les prometían la victoria.

Entre los aurúspices había algunos, llamados polarios, que acompañaban a los ejércitos, y cuando los generales determinaban la batalla al enemigo, les pedían que hicieran los auspicios, que consistían en echar de comer a los pollos sagrados. Si estos picoteaban con afán, era buen augurio y daban la batalla; y si no, se abstenían de pelear. Sin embargo, cuando había motivos racionales para hacer alguna cosa, aunque los auspicios fuesen contrarios, la realizaban; pero disfrazando los actos de tal suerte, que, al parecer, no la ejecutaban en desprecio de la religión.

De tales medios se valió el cónsul Papirio en una batalla importantísima que dio a los samnitas, derrotándolos y casi aniquilándolos. Se encontraba Papirio con ejercito frente al de los samnitas y deseoso de dar una batalla, porque juzgaba segura la victoria, ordenó a los polarios que hicieran los auspicios. Aunque los pollos no comían, al ver el jefe de los polarios el gran ánimo de los soldados para combatir y la esperanza del Cónsul y de los capitanes en la victoria, por no privar al ejército de la ocasión de alcanzarla, dijo al Cónsul que los auspicios eran buenos. Ordenaba Papirio el ejército para la lucha, cuando algunos soldados supieron por los polarios que los pollos no habían comido, y lo refirieron a Spurio Papirio, sobrino del Cónsul. Se lo Spurio a este, pero el Cónsul le contesto que atendiera a cumplir bien su deber, pues los auspicios eran buenos para él y para el ejército, y si los polarios le habían engañado, ellos sufrirían daño. Para que el efecto correspondiera al pronóstico, ordenó a los legados poner a los polarios al frente de las tropas. Y sucedió que, al marchar contra el enemigo, un soldado romano disparó un dardo, matando casualmente al jefe de los polarios. Referido el suceso al Cónsul, exclamó que todo iba bien y que los dioses les eran favorables, porque con la muerte de aquel mentiroso se había lavado el ejército de toda culpa y desaparecido toda la indignación que tuvieran los dioses contra él. Así supo acomodar Papirio sus propósitos con los auspicios y dar la batalla, sin que el ejército sospechara que estaba en desacuerdo con lo que ordenaba su religión.

Lo contrario hizo Apio Pulcro en Sicilia cuando la primera guerra púnica, pues queriendo pelear con el ejercito cartaginés, mandó a los polarios hacer los auspicios, y al decirle que los pollos no comían, contesto: “veamos si quieren beber”, y los arrojó al mar. Le castigaron en Roma y compensaron a Papirio, no tanto porque este venció y aquél no, como por haber obrado Papirio contra los auspicios con prudencia y Pulcro temerariamente.

Pedíanse los auspicios para inspirar a los soldados la confianza que casi siempre es garantía de la victoria, y por ello hubo esta costumbre entre los romanos y entre otros pueblos. Citaré un ejemplo en el siguiente capítulo.

 


 

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