EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS (XIX)

Castrojeriz - El arco de los antonianos -

 

 

El viajero de las Vascongadas (XIX)

El viajero había quedado con su amigo Ricardo en hacer juntos dos etapas del Camino, pero no acordaron la fecha, puesto que Ricardo pasaba más tiempo en un avión que en tierra. Por fin hablaron y convinieron un día determinado. Su amigo lo llamó por teléfono y le preguntó dónde estaba. El viajero le explicó que acababa de salir de Burgos y que pensaba parar en Hornillos del Camino para comer. Entonces Ricardo le dijo que iba para allá. La distancia de Burgos a Hornillos es de dieciocho kilómetros, así que fue directamente a Hornillos.

Al llegar el viajero al pueblo se dirigió al bar y vio que allí se encontraba Ricardo con su mochila preparado para caminar. Comieron en el bar. Observaron un cartel tentador que anunciaba una especie de balneario con aguas termales. Mientras comían, les pareció buena idea visitarlo y dormir allí. Llamaron por teléfono y preguntaron por las aguas termales, además de que si podían pernoctar. Como les dijeron que sí, solicitaron la dirección del lugar. El dueño no quiso decírsela e insistió en que iría a recogerlos.

Al cabo de un buen rato, llegó al bar y preguntó por los peregrinos. Se presentaron y les pidió que esperasen un momento porque quería comerse un helado y charlar con el dueño del bar. Por lo visto, se conocían. El viajero oyó parte de la conversación entre ambos. Maxi, el hombre de las aguas termales, le dijo al dueño del bar que tenía el río lleno de cangrejos y que esa noche cenaría en Estepar con unos amigos. Al escuchar «cangrejos», el viajero y su amigo concluyeron que tenían que ir a pescarlos para luego cocinarlos. De niños, ambos lo hacían en sus respectivos pueblos de Teruel y de Valladolid. Coincidían al pensar que aquella época, que transitaba entre la niñez y la pubertad, era inolvidable. Suponían que lo mismo les había pasado a los adolescentes de los años sesenta en España, pues se vivía con una alegría que ya no veían.

Maxi terminó el helado y se acercó a la mesa de los peregrinos para decirles que, cuando quisiesen, se ponían en marcha. Al abrirles la puerta del viejo Land Rover para que dejaran las mochilas, se dieron cuenta de que aquello era una pocilga: trastos, polvo y alguna que otra deposición de pato o pollo.

El hombre los llevó por un estrecho camino sin firme estable, así que el corto viaje les pareció eterno. Hablaba poco, parecía un pueblerino. Además, su higiene era mejorable. Más tarde entendieron los motivos. Ricardo le preguntó por los cangrejos. Les dijo que ese año había muchísimos y que si querían comerlos les guisarían una cazuela para cenar. Ricardo le dio las gracias por el detalle, ya que hacía bastantes años que no los probaba y tenía grabado el recuerdo desde niño.

Por fin llegaron al Molino, el lugar con las aguas termales situado a cuatro kilómetros de Vilviestre de Muñó. Cuando bajaron del coche entendieron el porqué de la suciedad del vehículo. El edificio era precioso y por debajo pasaba un riachuelo que proporcionaba, además de pesca, riego para un gran huerto. Una extensa chopera, con la tupida hierba muy cuidada, le suministraba electricidad mediante una pequeña presa. Cuando lo necesitaban, abrían las compuertas y el agua movía las turbinas generando la electricidad necesaria.

En los alrededores se veían animales de todo tipo: patos, gallinas, pavos, perros y hasta un jabalí de unos doscientos kilos encerrado en doce metros cuadrados. Excepto el jabalí, el resto de los animales campaban a sus anchas y, naturalmente, de igual modo soltaban su abono. Aunque resultaba molesto, al terreno de Maxi le beneficiaba.

Ricardo insistió en ver las aguas termales y el dueño los llevó hasta un terreno donde solo había una valla que cercaba diez mil metros cuadrados. Dentro, una caseta de chapa de unos seis metros cuadrados, en la que el vértice más alto no alcanzaría los dos metros de altura. Un grueso tubo de hierro, que terminaba en un sifón curvo de un diámetro considerable, sobresalía del suelo y vertía un volumen de agua importante a un ritmo constante sin ningún tipo de mecanismo, es decir, mediante presión natural. Se paraba por medio de una válvula, que dejaba un pequeño chorro para aliviar y así mantener un menudo caudal ininterrumpido que renovaba el agua del pilón.

El agua era un poco turbia y con olor a azufre. Maxi les enseñó un documento con los estudios que habían realizado para determinar el tipo de agua, en los cuales se reflejaba que se trataba de aguas mineromedicinales. El borde de la pila de hormigón armado se hallaba lleno de óxido y eso ya no le gustó al viajero. También había restos de jabón y botes de gel de baño, seguramente de algún peregrino o de cualquier usuario del pilón oscuro. Las aguas eran tan densas que no se veía el fondo. El viajero no fue capaz de entrar en ese angosto espacio incierto. Reflexionó sobre aquel fenómeno tan extraño: situado en la estepa castellana, en medio de la nada, pero tan cerca de la ciudad de Burgos, poco visitado y bastante desconocido.

Las aguas sobrantes de aquella oxidada bañera de hormigón desembocaban en una balsa artificial ubicada a doscientos metros de la caseta de chapa. Después de visitar el equivalente a una caseta de castigo de la Segunda Guerra Mundial, que utilizaban los japoneses para castigar a los enemigos apresados, pensó que parecía una sauna de los países del norte, sin madera ni carbón que produjeran vapor. El sol y el calor del agua eran suficientes para crear un ambiente de sauna, pues el agua brotaba a no menos de cuarenta y cinco grados.

Maxi les contó numerosas anécdotas sobre el pueblito de Vilviestre de Muñó. A pesar de sus pocos habitantes, había ciertas peleas «por un quítame allá esas pajas». Cualquier nimio conflicto se volvía una cuestión de honor y siempre había algún pequeño pleito entre los cuatro vecinos.

Volvieron a la casa y se acomodaron en las habitaciones. El mobiliario resultaba demasiado arcaico, aunque en buenas condiciones y limpio gracias a Mila, la mujer de Maxi. El viajero pensó que en peores sitios había dormido, como recientemente en Roncesvalles.

Decidieron ir a Hornillos para ver la iglesia y después tomar algo. Maxi les dejó un viejo coche funcional y regresaron al cabo de dos horas esperando poder cenar los cangrejos. Al llegar a la finca se encontraron al matrimonio limpito y arreglado esperándolos para ir a cenar a Estepar.

―Hemos pensado que es mejor que vengáis con nosotros a la cena, así estaréis acompañados y conoceréis a buena gente. Lo pasaremos bien ―les dijo Maxi.

Tenían preparadas dos grandes cazuelas de cangrejos guisados. Los amigos se miraron, asintieron con la cabeza y se marcharon los cuatro en el coche a Estepar. Allí los estaban esperando diez personas. Antes de cenar se hicieron las presentaciones oportunas y cada cual contó su bosquejo. Se presentaban y decían de dónde llegaban y a qué se dedicaban. Los dos amigos se sentaron entre los desconocidos. Aquello era un sin parar: comida, vino, copas…, sin recesos ni levantarse de la mesa. Los comensales contaban sus experiencias o soltaban la barbaridad más gorda. Había médicos, empresarios, profesores de universidad y un matrimonio que se encargaba del servicio de la imponente casa. El viajero pensaba en la propiedad del Molino y en las aguas termales. En un momento determinado, habló en voz alta para requerir la atención de los presentes:

―Voy a decir algo que, en principio, solo le corresponde contestar a Maxi y a su mujer. He pensado que la propiedad de Maxi podría venderse para hacer un balneario. Está muy cerca de Burgos, de Madrid y del País Vasco. Creo que no sería difícil venderlo.

―Pero ¡qué dices! ¡Está muy bien como está! Es para mis peregrinos. ―le respondió Maxi.

―Solo es algo que deberías pensar ―le dijo el viajero.

―Hagas lo que hagas, me gustaría que nos explicases cómo conseguiste la propiedad y por qué se hicieron esos sondeos ―dijo un invitado.

―No sé por qué saca esto el peregrino. Qué rápido se ha dado cuenta del potencial que tiene el lugar. No, no quiero venderlo. ¿Que cómo se hizo esto? Fui militar en San Sebastián y estaba al tanto de lo que se movía en mi pueblo. En la época de Felipe González se intentó buscar gas en las tierras de mi comarca, pero en cada sondeo salía agua. Después de varios intentos en diferentes zonas, abandonaron la búsqueda ―les explicó Maxi.

»Yo compré las parcelas donde se ubicaban dos sondeos y el sitio de Vilviestre de Muñó, mi pueblo. Pensaba que el agua caliente podría utilizarse para la calefacción de los vecinos. Sin embargo, una vez que se planteó la posibilidad de llevar a cabo el proyecto, los distintos alcaldes dieron la espalda a esa posibilidad, así que pensé en utilizarlo para sacar provecho de mi hospedaje del Molino. Y hasta este momento ha dado muy buen resultado, ya que el mero hecho de poner una modesta publicidad en Hornillos del Camino atrae a bastantes peregrinos. Algunos vienen cada año para pasar unos días en mi Molino; pero, sobre todo, para bañarse en las aguas mineromedicinales.

Se entabló una conversación con intercambios de ideas entre los comensales, quienes daban su punto de vista sobre el posible negocio que el viajero veía tan claro.

A las tres de la madrugada aún seguía la tertulia. Maxi se levantó y dijo que debía ir a Burgos para matar un toro… Dejó a los peregrinos con el resto del grupo. Al cabo de dos horas terminaron el encuentro y la mujer de Maxi los llevó al Molino para descansar.

Los dos amigos siguieron la etapa prevista: pararon en Castrojeriz, descansaron, se refrescaron lo necesario y continuaron camino hasta Frómista. Castrojeriz les impactó, sobre todo el arco de los antonianos. La carretera seguía pasando por debajo de la arcada gótica del antiguo convento de San Antón. No se imaginaban una entrada más auténtica para imbuirse en el misticismo del Camino. Y siguieron hasta Frómista. Todavía les quedaba mucho trecho…

Pasaron dos meses desde la propuesta en Estepar al amigo Maxi. Este llamó al viajero para decirle que lo habían pensado su mujer y él, y que sí, estaban interesados en ponerlo a la venta. El viajero apenas se acordaba de aquella sugerencia y pensó que esa espontaneidad debió de ser fruto de haber ingerido distintos vinos y licores en tan larga cena. Se le soltó la lengua sin que su cerebro pudiese pararla.

Hablaron un buen rato y el viajero le dijo que pensase bien el precio de venta y preparase la documentación de la finca, incluidos los informes analíticos de las propiedades del agua y el caudal que manaba en un determinado tiempo. Quedaron en verse en el Molino para hablarlo con más detalle. Mientras tanto, el viajero movió el asunto entre su círculo del mundo empresarial, en el que tenía bastantes contactos, puesto que su conocimiento en el campo de los balnearios no era demasiado amplio. Más tarde se reunieron, cerraron un precio y Maxi le entregó la documentación que tenía en su poder. Acto seguido, el viajero se puso a trabajar.

Pasado el cuarto mes desde el encargo, consiguió un potencial comprador. Le enseñaron el bien que se vendía y se firmó un preacuerdo con la condición de que diesen permiso a un geólogo, quien durante cuarenta y cinco días controlaría en el Molino todo lo referente a las necesidades que la empresa de balnearios requería. Analizaba el agua, el caudal y la temperatura a la que salía. Después del tiempo estipulado analizando las bondades de la prospección, se concertó una reunión con los compradores y se acordaron los pormenores del contrato de compraventa.

El acuerdo se dio por sentado y la relación con el dueño del Molino fue creciendo. Los dos amigos lo frecuentaban para pasar el fin de semana. Forjaron una buena amistad con personas que también acudían con regularidad a aquel singular paraje, aunque siempre había alguien nuevo. Durante el invierno resultaba muy acogedor, siempre con la chimenea de leña que Maxi no paraba de alimentar. Interactuando con tantas personas, para ellos los días transcurrían sin darse apenas cuenta.

Por allí pasaron altos cargos militares, artistas, un paleontólogo de Atapuerca y gente con influencias y poder político. Fue una etapa llena de sorpresas. La última de aquella época de descubrimientos llegó cuando Maxi les contó por qué acabó llevando un rincón de cobijo para los desorientados que por allí pasaban.

―Siempre he vivido en San Sebastián. Trabajaba en el Ejército como capitán de Caballería. Durante la etapa de plomo tuve tres intentos de atentado y de todos logré escapar. Suerte, arrojo al enfrentarme al que venía a por mí, o un manto divino. Mi superior me dijo: «O te largas o acaban contigo». Le respondí que adónde. Me dijo que a casa y eso fue lo que hice: volver a mi pueblo con una pensión no demasiado generosa. Algunos de los que estáis aquí conocéis que soy un cazador empedernido. Ya ubicado en mi negocio, me invitaron a una caza nocturna en la zona y decidí ir. Menos mal que antes recibí una llamada de un antiguo compañero en la que me advertía que no fuese, pues la pieza hubiese sido yo...

Este relato continuará.

 

 Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja


 

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