EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS (XVIII)

 

 

El viajero de las Vascongadas (XVIII)

El 5 de noviembre de 2001, el viajero comenzó a inquietarse y a mostrarse bastante acelerado tras recibir una extensa carta de un muy buen amigo y colaborador en los negocios y la política. En aquel momento era lo que menos necesitaba, pues tenía otras preocupaciones que lo agobiaban más de lo debido. La carta, de cinco folios con documentos adjuntos, trastocó su atención de aquello que le resultaba prioritario.

Desde su punto de vista, no existía motivo alguno para que su amigo le enviase tan extensa misiva. No entendía que, viviendo los dos en Barcelona y viéndose habitualmente, necesitase escribirle aquella epístola. Podría haberlo resuelto con una llamada telefónica, como en otras ocasiones, pero Joan era así. Tenía facilidad y conocimientos para recrearse en cualquier tema. Para él, todo merecía una respuesta elaborada. Su pluma no dejaba que nada quedase en el aire, sino que lo dejaba caer con tal suavidad que a veces detectarlo precisaba de una atención especial. El viajero envidiaba su técnica al plasmar con pulcritud lo que escribía. No importaba que estuviese de acuerdo con ello o no ni la enjundia del contenido, aunque la tuviera. Lo más interesante era leer cómo lo expresaba. En cambio, cuando hablaban sentados y tranquilos, ya no resultaba tan preciso. Se trataba de un intercambio de datos, con preguntas y respuestas, que incomodaba al querido amigo Joan.

Después de leer la carta con atención, dejó todo lo que tenía pendiente y se puso a cavilar para poder buscarle la lógica a tal desparrame de elaboradas frases rebosantes de sofisticación, que le producían sentimientos contradictorios como el afecto y el odio.

Le escribió para responderle, y una vez tras otra lo borraba. Ningún escrito encajaba con lo que quería decir y nada le parecía acertado. Por más que lo intentaba, no era capaz de expresarse de forma tan resuelta como Joan. Sin embargo, no podía más, tenía que decirlo a su manera. No se trataba de quién lo hacía mejor, pues en ese campo tenía las de perder, así que dos días después le escribió por fin.

 

 

Barcelona, 7 de noviembre de 2001

Amigo Joan:

Empiezo diciéndote que yo no escribo tan bien ni tan fluido como tú. Tampoco tengo tan buena memoria como tú; por eso tal vez no guardo todo lo que pasa en mi vida. Procuro quedarme solo con lo bueno y aprender de lo malo.

Después de leer tu extensísima carta, he llegado a la conclusión de que si la tomo al pie de la letra seré un desaprensivo. Sé que a tus ojos solo parezco esto y lo siento.

No quiero valorar tu carta, sin acritud ni con ella, solo es que echo en falta algunos detalles que un amigo no pasaría por alto. Considero que eres injusto en tus apreciaciones y que te falta un punto de equidad en todo lo que me dices. Yo asumo mis errores y no te quepa la menor duda de que los pagaré, pero no me pidas que pague algo en lo que un amigo me ha ayudado desinteresadamente. Según mi escala de valores, un amigo nunca recuerda al agraciado los favores recibidos. También podría citarte ejemplos, artículos y libros que te hiciesen reflexionar sobre esto. Sin embargo, sinceramente, considero que las cosas se encuentran en un punto en el que estamos poniendo precio a una larga amistad y no creo que esto se pueda digerir de forma natural.

Podría recriminarte y rebatirte bastantes cosas que me dices. Asimismo, podría recordarte lo que yo te he dado, incluido mi tiempo. También yo tengo sentimientos. Joan, no me gustan los cacharros rotos y luego reparados porque me recuerdan constantemente que algo no hice bien. Tan solo me aporta dolor.

Dejo en tus manos la última decisión. Si con este presupuesto te consideras reconocido y no maltratado, te ruego que me entregues el trabajo terminado y me lo factures a la sociedad que te facilité.

Quiero que sepas que el escudo ha gustado a mi familia.

Espero tus noticias.

Jesús

 

 

Barcelona, 9 de noviembre de 2001

Jesús, me alegro de que el escudo le guste a tu familia. Algo que gusta a todos desde el principio, apoya la decisión de haber llevado a cabo el proyecto en la dirección correcta.

En respuesta a tu escrito te diré que no te tengo por un desaprensivo, en absoluto. Quizá sí veo que, en ocasiones, te mueves más por impulsos y emociones que por racionalidad. Sé que también ponderas y razonas las cosas, pero tenemos escalas de valores diferentes (prioridades en nuestra vida).

Familia, trabajo, dinero, amigos, cultura, deporte y espiritualidad suelen ser los valores generales, pero cada persona los ordena y prioriza según le parece mejor dependiendo de la etapa en la que se halle. Dos proyectos de vida diferentes no tienen por qué ser incompatibles.

El concepto de amistad también puede variar según las personas. En el diccionario se encuentra una definición literal o neutra, pero para cada persona puede pensar una cosa diferente al respecto. Creo que los buenos amigos pueden y deben decirse las cosas a la cara, aunque con cariño, de la mejor manera para que el otro las entienda y pueda percibir la realidad. Si no lo he hecho bien, es lícito que me lo digas.

Tratar de esconder las cosas o negarlas por una idea de amistad, para mí equivocada, al final se convierte en un error difícil de corregir y distancia aún más a las personas. Dos amigos que jamás discuten y se lo toleran todo, al final nunca acaban bien.

De las mayores disputas o crisis de amistad se puede salir reforzado si ambos quieren. Siempre existe una oportunidad y un peligro. Finalmente, se trata de que los dos ganen. Que uno gane y otro pierda no sirve, y el extremo peor es que ambos pierdan.

Cuando una persona presenta su versión de unos hechos determinados, en todo caso podemos encontrar datos históricos acompañados de su visión personal, más o menos objetiva. Yo te he expuesto mi punto de vista y no me atribuyo la verdad absoluta.

Dos personas de equipos rivales que van juntas al fútbol, al finalizar un partido parecen tener visiones diferentes de lo sucedido. El resultado es el que es y eso no puede cuestionarse. En cambio, cada uno ha presenciado un partido diferente: es la visión subjetiva de la realidad.

Hemos de desterrar la idea de poner precio a una amistad. Tratar de hacerlo no deja de ser triste, ya que expresa que ese sentimiento mutuo jamás fue real, sino que existió por un interés, lo cual también es humano. Tú sabes que en Madrid a los dos minutos de conocerte ya te dan el trato de amigo. Aquí, en Cataluña, la amistad es un valor que no se ofrece con tanta generosidad, pero cuando se entrega es mucho más duradera y desinteresada. Desconozco cómo es este asunto en Valladolid.

No olvido el tiempo y las cosas que hemos compartido, desde intrigas políticas hasta el fin de semana en tu casa de Bagá. La ilusión con que me enseñaste tu casa de Peñafiel antes de iniciar las obras. Recuerdo también el día que me presentaste a tu madre (E. P. D.) y a tus hermanos. Las dos veces que he estado en tu casa, la primera y la actual de Barcelona. Sé, por todo esto, que eres una persona con sentimientos, no me cabe la menor duda, pero utilizar la memoria selectiva para evitar recuerdos dolorosos es querer negar la realidad. La vida tiene ratos buenos y malos. Los malos te sirven para reflexionar, adquirir experiencia y tratar de no repetir los errores cometidos. Los buenos, generalmente, nadie los analiza; por eso creemos que hay más malos que buenos.

Dices lo siguiente: «No me gustan los cacharros rotos y luego reparados». Sin embargo, no sé a qué te refieres y me gustaría que me lo aclarases.

Por último, te invito a tratar de conciliar nuestra amistad mediante un acuerdo que nos satisfaga a ambos. Esto implicará generosidad por parte de los dos. Es un reto ilusionante.

Para cerrar, te diré que ayer no celebré mi cumpleaños como pretendía; por eso no te avisé. En cambio, si estás en Barcelona, me gustaría que me acompañaras este fin de semana a la asamblea anual de miembros de IESE, que se celebrará el sábado. He conseguido una invitación especial. Puede venirnos bien a los dos compartir una vez más algo juntos. Confírmamelo hoy mismo si puedes.

Gracias por todo. Estoy aprendiendo mucho con esto.

Joan B.

 

El viajero contestó a Joan mediante una llamada telefónica. Le dijo que se sentiría más a gusto si trataban el asunto en cualquiera de sus despachos. Finalmente, acordaron tratarlo en una sala del hotel Majestic de Barcelona, en el paseo de Gracia, cerca de sus despachos.

―Esto me incomoda. No sé cómo hemos podido llegar a esta situación ―le dijo Joan.

―Pues muy sencillo: antes de escribir la epístola, o después de haberla leído, deberías haber hecho un ejercicio de mesura y análisis de las consecuencias. Yo estaba totalmente receptivo con tus actos, acertados o no, pero no debiste mandármela sabiendo que si lo hablamos cara a cara podríamos solucionarlo. No es tan difícil, solo es dinero, e igual que se gana se pierde. ¿Cómo crees, Joan, que te sentirías a gusto? Valora un precio, lo que tú digas.

―Jesús, yo estoy a gusto, pero considero que no deberíamos perder ninguno de los dos.

―Mándame un presupuesto según tu criterio y, una vez terminado, te pago lo que me pidas como recompensa a tu trabajo. Todo debe tener un motivo que justifique el precio. En mi caso, prefiero perder y seguir teniendo tu amistad. Nos unen muchas cosas, pero te ruego que no vuelvas a poner en la balanza de nuestra amistad añadidos no contemplados de antemano. Como tú decías, es un reto ilusionante. ¿Estás de acuerdo, Joan?

―Claro, te agradezco el gesto de tender puentes.

―Gracias a ti por poner a prueba nuestra amistad. Cuando uno tiene dudas sobre un amigo, creo que lo escrito para él debería dejarse madurando en un cajón…

Este relato continuará.

Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja


 

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