EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS (VII)

 

El viajero de las Vascongadas (VII)

El 10 de diciembre de 1973 empezó para el viajero una nueva etapa. A partir de entonces, la vida no sería ni parecida al camino ya recorrido. Aún no notaba el peso del compromiso que había adquirido. Contaban con casi cuatro meses para ajustar la convivencia y planificar la separación a causa del servicio militar. Todo empezaba a ser natural, no había obstáculo alguno que pusiese en cuestión el paso dado por ambos.

Mientras trabajaba, al viajero le llegó la comunicación de las Fuerzas Armadas para que se concentrase en su ciudad castellana en enero de 1974. Al final del mes allí se presentó. Se encontraban concentrados todos los reclutas del reemplazo de 1973, del segundo llamamiento en la zona.

Pensando que tendría menos probabilidades de que lo enviasen a la Marina, no se empadronó en Barcelona y siguió empadronado en el pueblo para evitar que lo destinaran a ese ejército. No le gustaba nada estar en un barco sin pisar tierra un tiempo indeterminado. Lo acompañó su mujer a la zona de reclutamiento y juntos comprobaron in situ el destino del nuevo recluta.

La suerte no les fue muy propicia porque, aunque no lo enviaron a la Marina, el destino no resultó ser mucho mejor: Ceuta. Con el estrecho de Gibraltar de por medio, 1084 kilómetros hasta Cádiz y unos cien en barco hasta Ceuta. No resultaba fácil viajar a la Península en aquellos tiempos con permisos de fin de semana. Para colmo, lo destinaron a Regulares de Tetuán, 1. Antes tenía que superar la instrucción en el CIR (centro de instrucción de reclutas) 16 de Cádiz Camposoto, construido en 1964 para formar a las tropas del norte de África.

En el viaje de vuelta a Barcelona les dio tiempo a pensar en lo que probablemente deberían superar debido a este contratiempo. A él le salieron mal los cálculos, ya que pensaba que le tocaría en la Península. Por tanto, empezaron a barajar las posibilidades para revertir ese destino. Contactó con algunos conocidos, tanto de su pueblo como de Barcelona, con la intención de librarse del servicio militar o de que lo cambiasen de destino por estar casado o por alguna patología que podía alegar. Algunas de estas personas le informaron de los pasos que debía dar, pero también le advirtieron de que sería muy difícil que lo consiguiera. Lo único que podría librarle sería que tuviese un hijo o que su mujer estuviese embarazada. Como no podía demostrar tales cosas, desistió de esa estrategia y asumió que tendría que ir.

Empezaron a preocuparse por el largo periodo que estarían sin verse, puesto que era complicado que ella viajara a Ceuta. Además, le dijeron que solo tendría un permiso, durante todo el servicio militar, para ir a la Península.

Le comunicó al señor Torallas las novedades que traía del servicio militar y se lo tomó como algo natural, no hubo ninguna dificultad. Dado que se marchaba el 15 de abril, su jefe le pidió si podía buscar a alguien para sustituirlo, y así lo hizo. Al bar llegaban nuevos clientes, entre ellos, un conocido del compañero de trabajo del viajero. No era joven como él y pecaba de ser bastante resabido, pero se desenvolvía con naturalidad y eficiencia a la hora de hacer caja. Asimismo, era dicharachero y tenía cierto descaro.

El compañero del viajero, quien le introdujo en el bar, se marchó a trabajar a otro local de hostelería, así que se quedó solo al frente del Rollo. Le presentó a su jefe al nuevo camarero y lo aceptó sin inconvenientes, como si le diese igual, desencantado y apático.

Al empezar a trabajar el nuevo camarero, poco a poco cambió el personal que acudía al local. Cada vez iban menos estudiantes, en cambio, llegaban clientes nuevos menos agradables. Al cabo de poco tiempo aquello se convirtió en un local de juego. Se hacían partidas de póquer y se jugaba a los dados, no como entretenimiento, sino que se apostaba grandes cantidades de dinero. El viajero no lo entendía, pero el nuevo compañero tenía al dueño ensimismado o descolocado. Parecía que no le importaba lo que hiciese el nuevo camarero.

Cuando al viajero le faltaba un mes para marcharse a la mili, habló con el señor Torallas y le dijo que quince días antes de partir dejaría de trabajar.

―Qué puedo decirte… Como puedes ver, el nuevo lo tiene todo de su mano y no tengo ganas de batallas. He pensado que, cuando te vayas, cerraré el negocio ―le contestó su jefe.

―Pero ¿acaso no funciona? Aquí se hace buena caja ―le dijo el viajero.

―Sí, es cierto, aunque el caso es que no tengo necesidad de estar pendiente. Con vosotros andaba sin preocupaciones, ni económicas ni morales, pero con este hombre… Algún día pasará algo. El juego no es bueno y observo que viene gente que yo no tendría como amigos. Además, él también juega ―aseguró el dueño.

Mientras tanto, el joven se fue despidiendo de los clientes y de las personas que lo apreciaban. Algunos le dieron su dirección postal para que les contase cómo le iba en el servicio militar.

El día de su marcha pactada dejó el bar. Se tomó esos días para estar con su mujer, ayudarla a dejar el piso y trasladar sus pertenencias a la casa de sus padres, donde vivirían hasta que él se fuera, y ella, hasta que él regresara de la mili.

Todo quedó establecido y llegó el momento de partir. Tomó el tren el 15 de abril de 1974 con destino Cádiz para empezar la instrucción en el acuartelamiento de Camposoto. Al llegar le tomaron nota de sus datos, incluida su profesión. En el reconocimiento médico aprovechó para decirle al doctor que estaba casado, muy lejos de su mujer, y que le dolía la espalda… Lo intentó de nuevo; sin embargo, el médico era solo eso: médico. Y, cómo no, experto en las triquiñuelas que los reclutas solían alegar, así que no vio motivo alguno para mandarlo de vuelta a casa.

La experiencia en el campamento de instrucción no resultó agradable, pero los momentos de asueto los aprovechaba para hacer nuevas amistades, más allá de la gente que conocía de su zona. Lo que peor llevaba era la falta de agua en las letrinas, donde se hacían las deposiciones una tras otra. No existía ni cisterna ni agua para llevarse lo depositado.

Cuando regresaban de las marchas por el campo, los pliegues de la ropa eran lo único sin polvo rojo. Tampoco había agua suficiente para todos en las duchas: o se espabilaba, o no podía ni refrescarse. El agua para beber también escaseaba y la solución consistía en visitar la cantina y tomar algo, pagando, claro.

Pasaron los tres meses del campamento y el 1 de julio embarcó camino de Ceuta. Aquel mismo día durmió en el cuartel de Regulares de Tetuán, 1. Le dieron un traje color camel y una faja azul, aunque dos tallas más grandes de lo que necesitaba. Allí permaneció un mes y cambió la ropa con un veterano que se licenciaba ese mismo mes. Antes de irse, y sin saber si lo mandarían a la imprenta, intentó buscarse un destino mejor que el de hacer guardias e instrucción a diario.

Después de cenar, como cada día, se formaba a los soldados para leerles la orden del día. Solía hacerlo el sargento o un cabo primero. En el papel se enumeraban los servicios, los turnos y los menús del día siguiente. Una vez acabada la lectura de la orden, solicitaron voluntarios para la cocina. El viajero, pensando que eso también se le daba bien, como no quería saber nada de la instrucción, se apuntó. Le dijeron que sería para ayudar en la cocina, pues un general se marchaba a otro destino y le organizaban una cena de despedida.

El día del ágape lo plantaron allí, a las órdenes del jefe de cocina. Este le dio la faena de dar la vuelta a las gambas en una gran plancha. Lo hacía tal como le indicó el responsable, de una en una. Pero como dorar las gambas era más lento que la voracidad de los comensales, el sargento no paraba de entrar dando voces para que saliesen más rápido. En un arrebato, el viajero le dijo al jefe de cocina que si le dejaba hacerlo a su manera. Le contestó que sí, que lo intentase. Cogió varias cajas de gambas, que daba gusto solo verlas, las volcó en la gran plancha, las esparció, las colocó un poco y les echó sal. Con dos espátulas las manejaba con soltura y los que servían ya no tenían que esperar para sacar los platos repletos de gambas. Las emplataba otro compañero y la fluidez satisfizo a los comensales y, por supuesto, al sargento.

Una vez terminada la celebración, el sargento preguntó al jefe de cocina quién había hecho las gambas. Este se lo explicó y el sargento, en voz alta, le dijo al viajero:

―Tú te quedas en la cocina.

―Mi sargento, yo tengo destino en la imprenta, en el cuartel de Sanidad.

―Lo tenías, ahora tu destino es este.

No dijo ni una palabra más y tuvo que estar en la cocina hasta que lo llamaron de la imprenta, mediante un documento, para que se presentase un día determinado. Ese día cogió su petate y, al salir por la puerta, apareció el sargento.

―No puedes salir ―se acercó a él―. Tienes el pelo muy largo y debes raparte.

El viajero dio media vuelta y se rapó. Después se dirigió a la puerta para salir, pero el sargento le dijo:

―Ahora veo que tienes barba ―le pasó la parte superior de la mano a contrapelo―. Aféitate.

Otra vez sin rechistar, volvió y se afeitó. Con las mismas, se presentó en la puerta y allí estaba el sargento.

―Eres tozudo, pero te vas porque te reclama el comandante del cuartel de Sanidad. Aunque tengo que decirte que aquí hubieses pasado una buena mili.

Por fin salió y se presentó ante el sargento de la imprenta en el nuevo cuartel. Su primer oficio lo salvó una vez más de un destino no deseado.

Empezó a trabajar en el taller de impresión como impresor. Las cosas funcionaban como en una empresa privada: se vestía con el uniforme de faena, pero se estaba rebajado de todas las tareas de guardia, instrucción o de cualquier quehacer militar que se llevase a cabo con traje militar.

El comandante del cuartel entabló cierta amistad con el viajero y con otro soldado que era encuadernador. En el cuartel existía una biblioteca espléndida, que el comandante tenía como un bien que debía cuidarse. Les dio el trabajo de restaurar las tapas de algunos libros e imprimir en tinta de color oro los lomos con los títulos, que se encontraban deteriorados por la poca calidad de las tapas y el papel impreso.

Como allí se imprimía la orden del día, tenía que llevarla al cuartel general para que se aprobase para su impresión y distribución. Se la presentaba al teniente general, quien le ordenaba que esperara fuera de su despacho. Al cabo de un rato le mandaba pasar y le explicaba los cambios, en caso de que los hubiera. Esta labor se la encargó el comandante con la obligación de vestir de paisano, es decir, que por la calle no parecía un militar. Además, tenía el derecho de comer cuando llegara la orden firmada, o sea que, llegase a la hora que llegase, en la cocina tenían orden de prepararle cualquier cosa. Solía llegar a las cuatro de la tarde, cuando los compañeros del cuartel ya habían comido.

Con el tiempo, el viajero recibió la confianza del teniente y entablaron conversaciones distendidas, de la misma forma que lo hacía en el bar con los clientes. Esto ocurrió cuando el teniente le dijo que era de la misma ciudad que él, confesión que le afianzó en su postura de cómo llevar el servicio militar. Cualquier tipo de información o trato con gente más preparada que él le hacía sentirse bien, lo motivaba para seguir aprendiendo. En una conversación, le dijo el teniente:

―Podrías pasar acompañando a los soldados que van a Marruecos y luego contarme lo que ves. Esos que están siguiendo el movimiento de la Marcha Verde.

―Yo no tengo ni idea de lo que voy a ver, ni tampoco sé lo que a usted le puede interesar. Los chicos que se encargan de esa labor están preparados para ello, lo sé porque viven y pernoctan en mi mismo cuartel, en otro pabellón, pero coincidimos en la cantina. Como la mayoría son de Barcelona, pues algunas veces comentan cosas de sus incursiones a Marruecos ―le respondió el viajero.

―Lo digo porque, como tú vistes de paisano y puedes salir y entrar en el cuartel cuando quieras, me gustaría saber tu opinión.

―Entonces hablaré con ellos, a ver qué les parece.

―No, yo hablaré con ellos y ellos contactarán contigo ―le contestó el teniente.

Mientras las cosas transcurrían con normalidad, el viajero y el encuadernador tuvieron una idea, que consultaron con el sargento de la imprenta. Consistía en hacer una especie de escudos en marquetería y pegarles por detrás cintas de tela de colores impresas con frases que los propios soldados les dictaban. Eran semejantes a los que llevan las tunas. Se elaboraban bien con el escudo del ejército o bien con el de Ceuta, a gusto de quien lo encargaba. En ese momento empezó su primer negocio. Salió de la mili con unas pocas ganancias, pero la chispa de empresario saltó en Ceuta.

Se hablaba de las acciones que estaba preparando Marruecos para provocar a España, aunque parece ser que fue un acuerdo entre políticos para que Marruecos invadiera el Sáhara Occidental, que culminó con la Marcha Verde de noviembre de 1975. En los meses anteriores a este suceso existía bastante inquietud entre la tropa de Ceuta, de ahí que el teniente coronel tuviese ese interés en que el viajero acompañase a la policía secreta militar que pasaba a Marruecos. En el país vecino, la policía secreta del ejército frecuentaba lugares donde tenían como unos confidentes que les ponían al día de las cosas que sucedían en ese reino. Lo que le encargó el teniente al viajero fue que escuchara y observara para después poder dar su versión al mando del cuartel general.

Le ocurrió otro caso curioso a punto de licenciarse. En los últimos días de junio de 1975 llegó al cuartel de Sanidad un nuevo recluta, que pernoctó en estas dependencias. Como el impresor tenía cierta mano, advirtió al responsable de las altas en el cuartel de su interés por los nuevos reclutas que procediesen del mismo pueblo que él. Hasta ese día, nadie había recalado en el cuartel. Una tarde-noche se presentó en la imprenta un joven recluta y preguntó por el viajero. Le dijo su nombre y le contó un poco su historia.

―Si necesitas cualquier cosa, yo puedo ayudarte ―se ofreció el viajero.

―Gracias, pero no te preocupes, que mañana me incorporo al hospital, soy médico.

El viajero sintió que había hecho el ridículo. Pensaba que todo el mundo tenía necesidades en aquellas circunstancias. En este caso, fue mayor la sorpresa, puesto que el nuevo médico recluta era hijo del doctor don Arturo, quien le había tratado su segundo tumor cuando tenía cinco años. Le pidió disculpas por si lo había molestado y se despidieron.

En el último día de su servicio militar, el 15 de julio de 1975, cogió sus pertenencias y tomó el tan esperado viaje en barco para después tomar el tren hasta Barcelona. Atrás dejaba aquella experiencia valiosa. Su cabeza estaba más preparada para retomar lo que había dejado en Barcelona, sus valores se enriquecieron, su conocimiento se ensanchó y tenía el virus de empresario inoculado para un nuevo destino.

Con todo este bagaje y unas fuerzas inusitadas, además de un poco de dinero, empezó a planificar dónde quería llegar exactamente. Aunque su mujer lo había visitado el agosto pasado, junto con su hermano y su cuñada, seguía echándola de menos…

Este relato continuará.

 

 

 

 

 

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