EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS (VI)

 

Monasterio de San Pablo del Campo (Barcelona)

 

 

El viajero de las Vascongadas (VI)

De regreso a Barcelona, después del viaje a tierras castellanas, el viajero y las dos chicas se dirigieron a casa de los padres de la novia para comunicarles que todo seguía adelante, puesto que los padres de él también estaban de acuerdo. Por lo tanto, prepararían los preliminares para hacer realidad la boda.

En primer lugar, buscaron una iglesia. Al lado de la casa de los padres de ella, en la calle San Pablo, existía el pequeño monasterio de San Pablo del Campo. Según se cree, data del siglo IX. Ellos no eran conscientes de la antigüedad del templo ni daban importancia a sus añosas piedras. Lo primordial era la cercanía a la casa de los padres de la novia, en el centro del barrio del Raval, Ciudad Vieja de Barcelona. La iglesia les gustó y, además, se encontraron con que el sacerdote que les casaría era natural de Palencia. Fijaron la fecha de la boda para el 7 de diciembre de aquel mismo año, 1973, a las seis y media de la tarde.

El primer paso estaba dado, así que empezaron con más calma los siguientes, aunque tampoco les parecían complicados. Mientras tanto, siguieron trabajando cada uno en lo suyo y viéndose con más frecuencia. Ya no existían problemas familiares de ningún tipo y podían hacer los trámites con normalidad.

A las empresas donde trabajaban les manifestaron que iban a casarse y no les pusieron inconveniente alguno. La celebración se llevaría a cabo el viernes y él solo dejaría de trabajar ese mismo día, el sábado y el domingo. Ella sí tendría unos días de permiso; sin embargo, no era compatible con los del descanso del viajero. Tampoco disponían de dinero para poder irse de luna de miel. Habían decidido que no existiría el viaje de bodas, tan esperado para otros novios, y no le dieron importancia alguna.

En el bar las cosas seguían más o menos igual. Empezaron a frecuentarlo una pandilla de jóvenes estudiantes españoles, concretamente, siete. El apego entre ellos y el camarero se fue acrecentando a medida que pasaba el tiempo. Algunas cosas de las que hablaban ocasionaron que entre ellos naciese una amistad bastante apreciable.

La boda era muy comentada en el bar, no por la boda en sí, sino porque les extrañaba que lo hubieran decidido con tanta rapidez, puesto que se habían conocido en septiembre y se casarían en diciembre. Dos ingenieros de Telefónica, que iban a tomar café a menudo, llegaron a decirle:

―¿Sabes lo que vas hacer?

―¿Por qué lo ponéis en duda? ―les contestó el joven.

―Pues, hombre, esto no es muy normal. La gente suele casarse cuando tiene un trabajo estable, y este tuyo no lo es. Encima, tienes que ir a la mili. Cuando vuelvas, sabe Dios qué podrá haber pasado ―dijeron ellos.

―Tenéis razón, pero nosotros creemos que, venga lo que venga, seremos capaces de solucionarlo. Así que Dios proveerá.

Como siempre, el viajero hablaba con convencimiento, pero daba la impresión de que también con cierta ingenuidad. Aunque parecía que todo lo dejaba en manos del destino, tenía la seguridad de que las cosas saldrían bien. Creía que superaría la mili, después seguiría los pasos que se había marcado y su novia y él llegarían muy lejos… No obstante, se daba cuenta de la responsabilidad que adquiría y, sobre todo, del compromiso: hacer todo lo necesario para cumplir sus objetivos. A él no le parecían ambiciosos, si bien, vistos a lo largo del tiempo, sí podían serlo. En aquel momento, le daba fuerzas que su compañera lo animara y no manifestara ningún desacuerdo en lo que él le planteaba. Sin embargo, tenía sensibilidad para analizar a la gente indeseable y le advertía sobre estas sensaciones. Él, en ese sentido, era un poco menos suspicaz y, así, juntos se equivocaban menos.

Pasado octubre, llegó el momento de atar los cabos que faltaban. Empezaron a buscar un piso de alquiler y a mirar trajes de boda. Encontraron el piso un poco antes de lo previsto, algo que les vino bien para que ella lo adecuase junto con sus amigas. Se hallaba cerca del trabajo de ambos, lo cual facilitaba las cosas a la hora de decidir lo que debían adquirir.

Un día, sin esperarlo, los padres de ella les dijeron que después de celebrarse el enlace habría un pequeño banquete, que pagarían ellos. La pareja les dijo que el banquete no era necesario, puesto que su idea, desde el principio, solo contemplaba la ceremonia en la iglesia. Aunque a ella le hizo bastante ilusión, porque le entusiasmaba que sus amigas íntimas pudiesen acompañarla en un día tan especial. Junto con los novios, prepararon la lista de asistentes, numerosos por parte de la familia de ella, y solo cuatro por parte del viajero. De este asunto él no se preocupó más y quedó en manos de la familia de la novia.

Los padres acogieron al viajero con cariño, confiaban en él, pero pensaban que era muy joven, que podría pasar cualquier cosa y quizá no sabría superarlo solo.

Faltaba poco más de un mes para la boda cuando el camarero se lo comunicó a sus padres. Le dijeron que irían solo con su hermana pequeña. Quedaron en que el viajero se encargaría de buscarles un hotel donde dormir los tres.

Como él no tenía coche, le pidió prestado uno a su jefe, el señor Torallas, quien le dejó un Seat 600 casi nuevo. De esta forma, podría ir a la iglesia conduciendo y llevar a su familia. Ya solo faltaban cositas que, poco a poco, se iban solucionando para avanzar en la ejecución del evento.

A él también le hubiese gustado invitar a algunas personas queridas, tanto del bar como amigos del pueblo. No lo hizo porque no podía pagarlo ni tampoco quería incrementar los gastos de los padres de ella. En el caso de las personas del pueblo, entendía que no resultaba fácil viajar hasta Barcelona. Además del coste que supondría para los invitados, puesto que todos eran jóvenes como él. Algunos estudiaban y otros trabajaban, pero no disponían de ahorros para gastar.

Una vez comprados los trajes de la boda, cerraron otra etapa más. El de ella, un precioso vestido blanco hecho a medida, con unos detalles rojos. Para él, era como el de una reina. En cambio, él adquirió un traje ya confeccionado de terciopelo negro, una camisa blanca, una corbata roja y unos zapatos negros. Como era delgado, no tuvo dificultad para encontrar el traje idóneo. Le quedaba como un guante. Así que un asunto menos del que preocuparse. Siempre tan pragmático, iba directamente a lo que necesitaba, a lo importante, lo justo, lo útil.

Alquilaron el piso amueblado y ella ya tenía todo dispuesto. Así pues, poco más se tenía que hacer, salvo limpiarlo e incorporar la ropa de ajuar. Sabían que la estancia allí sería de poco más de cuatro meses. Nada estaba pensado para permanecer más allá de ese tiempo, ya que en abril de 1974 el viajero se iría a la mili.

Mientras llegaba el día, el viajero llamó por teléfono a su amiga del pueblo, que vivía en la ciudad, y le contó la historia de la boda. Ella no lo encajó bien, no lo entendió. Pero se caracterizaba por ser una persona que al tratar cualquier tema nunca daba señales de irritabilidad. Hablaba con voz tenue y pausada, como queriendo entender aquella decisión tan firme de su amigo. Pensaba que pasaba algo que ella no sabía, aunque jamás le exigió nada. Al parecer, él tampoco supo explicarle bien la situación. Sin embargo, ella, una gran persona, lejos de enfadarse, admitió la decisión del viajero.

En el trabajo del Rollo seguían ocurriendo cosas interesantes. Una tarde de noviembre, una hora antes de cerrar, un grupo de estudiantes de varios países conversaban sentados al fondo del bar. Un chico inglés parecía que llevaba la voz cantante de la reunión, ya que hablaba más que los otros. Llamó al camarero y le invitó a sentarse con ellos. El viajero, dada la hora y sin apenas personas ya en el local, aceptó la invitación. Se sentó con los chicos y, mientras tanto, controlaba la entrada del bar por si tenía que atender a algún cliente. El inglés le preguntó:

―¿Qué piensas de Franco?

―¿A qué te refieres?

―Pues a qué opinas del Régimen, de las libertades, de la marcha de España…

―Podría decir lo que dicen casi todos los que hablan de él cuando estoy detrás de la barra, los chistes vejatorios que cuentan sobre él…; pero no, no voy a hacerlo. Como bien sabéis, yo no he estudiado nada y puedo ser un indocumentado. Sin embargo, en el poco tiempo que llevo en el bar he escuchado opiniones de todo tipo, sobre todo, de política y he sacado mis propias conclusiones. Entiendo que vosotros, los estudiantes, tengáis más conocimiento que la mayoría de los obreros sin estudios. Por ese motivo pensáis que lo que va a salvar a España es que Franco desaparezca. No dudo que sea así, ni que esto sea una dictadura, que yo tampoco quiero. Pero ¿estáis seguros de que una democracia, como vosotros esperáis, será la solución? En 1959 se instauró como supuesta democracia el régimen que nació de la revolución del pueblo cubano, y aún hoy, en 1973, la democracia no existe. Quitaron una dictadura capitalista y nació otra comunista. Todo disidente fue detenido y privado de sus posesiones. Y, en el mejor de los casos, expulsado del país; en el peor, fusilado. ¿Por qué no comparáis ambos regímenes? ―les dijo el viajero.

―No estamos hablando de Cuba ―respondió el inglés.

―Pues deberíais, porque ese conocimiento no llega al obrero y, si llega, lo hace distorsionado, exhibiendo las imágenes del Che Guevara y de Fidel Castro. Por muy icónicas que sean, no me parecen dignas de copiar ―le contestó el viajero.

Les extrañó la salida del camarero, no pensaban que pudiera tener criterio para responder, más allá del insulto al Régimen y, por ende, al dictador.

Otro español dijo:

―Pero ¿no ves que, por ejemplo, aquí el catalán está prohibido? No puedes decir nada. La prensa está censurada, los derechos del ser humano son mínimos. No deberías hablar de ese modo de una dictadura.

―Sí que puedo, no tengo ninguna prohibición. Cuando lo prohíban, ya veremos qué pasa. Bien, pues si no sois capaces de entender lo que yo veo, ¿para qué estoy hablando con vosotros? Los clientes me hablan en catalán, eso quiere decir que no está prohibido. Lo entiendo y les sirvo. Si estuviese prohibido tendría que decirles que, por favor, me lo pidiesen en español. Yo sé más bien poco, cierto. Además, lo asumo, pero nunca he comulgado con ruedas de molino. Cuando Franco se muera, y no tardará mucho, como todos somos jóvenes, veremos qué nos depara la democracia de los partidos… ―dijo el camarero.

Ya se hacía tarde. Se levantó la sesión y el viajero cerró el local.

Casi sin darse cuenta, llegó el día de la boda. Los padres del viajero llegaron de Castilla y estuvieron tres días en Barcelona. El viernes, día 7 de diciembre, ya no trabajó, naturalmente. Por la mañana se dedicó a las presentaciones de ambas familias y con el seiscientos prestado visitaron la ciudad, que sus padres no conocían. Comieron en un restaurante al lado de su pensión y los padres se quedaron en el hotel.

Al ser la boda por la tarde, el viajero se fue a la pensión donde vivía para preparar lo necesario. En algunas cosas, lo ayudó la dueña de la pensión. Entonces, la hermana de su amiga del pueblo lo llamó por teléfono y le dijo:

―Me ha contado mi hermana la locura que vas a cometer. Si es verdad que no lo haces forzado, estás a tiempo de parar este disparate y darte un descanso para pensar si es lo que quieres. Deberías esperar a terminar la mili y, después, si sigues pensando igual, pues te casas; pero, por favor, para este paso incierto.

―Ya sabes, por lo poco que me conoces, que aunque algunas de las calificaciones que tú das a la decisión de casarme fuesen verdad y tuviese que sufrir las consecuencias, lo haría igual. Te agradezco tu esfuerzo por evitar que sufra una desgracia, que ves bastante posible, pero que yo intuyo remota. En la vida se hacen cosas sin estar convencido. ¿Que salen mal?, es verdad, pero también pueden salir mal las que se hacen convencido. Como estoy en el segundo caso, me he preparado para asumir lo que venga. Sea cual fuere el resultado, no me lamentaré. Sé que la persona con la que voy a casarme es una buena mujer. Espero estar a la altura de la realidad que nos espera. Gracias, de verdad, por tu interés.

Se despidieron amablemente, colgaron el teléfono y él siguió con sus preparativos. Acto seguido, recogió a su familia para ir a la iglesia. Esperaron a que llegase la novia y se celebró la boda.

Al entrar en la iglesia se dio cuenta de que, en el lado de los bancos donde se sentaban los invitados del novio, había más gente de la que él creía. Observó que estaban los siete jóvenes que acudían al bar Rollo, aquellos chicos que apreciaban al camarero. Una vez terminada la ceremonia, les dio las gracias y se despidieron, ya que ellos no estaban invitados al siguiente acto. Fue un gran detalle por su parte que se molestaran en asistir.

Los invitados se dirigieron al pequeño banquete, unas cuarenta y tantas personas, de las cuales solo cuatro iban de parte del novio.

Este relato continuará.

 

Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja


 

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