EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS (V)

 

 

 

El viajero de las Vascongadas (V)

En septiembre de 1973, al bar Rollo iba bastante gente: ingenieros de telefónica, médicos y directores de centros sanitarios, albañiles y, por la tarde, numerosos estudiantes de las universidades, la gran mayoría extranjeros. Entre estos predominaban los alumnos de los países árabes. También acudían las chicas de una empresa situada al lado, en la calle Borrell, que tenía la exclusiva en toda España de la marca de moda Balenciaga. Allí, en la calle Borrell, se ubicaban las oficinas, y en el barrio de Pueblo Nuevo, los talleres.

A diario, una chica de la Sociedad la Cambra y Espoy, propietaria de los derechos de la marca, aparecía en el bar con una lista que les entregaba para encargar los desayunos que debían preparar. Después los recogía y se tomaban en los puestos de trabajo. En aquellos años era habitual que el bocadillo se comiera en la propia oficina. Una vez preparados, los dejaban en orden en una bolsa que se usaba para tal fin, con el indicativo del contenido en el envoltorio. Cada día le tocaba a una de las chicas, algo curioso, porque nunca iban los chicos, que también trabajaban en las oficinas. Según le dijeron al viajero, los jefes solo permitían que esa tarea la hiciesen las mujeres.

El joven empezó a relacionarse con alguna de ellas y los fines de semana salían todos juntos. El grupo fue menguando y al cabo de poco tiempo solo quedaron la chica que más le gustaba y él. El asunto empezó a ir muy rápido y en el mes de octubre, durante una de sus largas conversaciones, sin esperarlo ella, el viajero le espetó:

―¿Te quieres casar conmigo?

―¿Qué dices? Claro que quiero, pero ¿qué dirán mis padres? ―le respondió ella desconcertada.

―Si quieres, podemos intentarlo. Hablaré con ellos.

Ninguno de los dos dijo nada sobre el tema del servicio militar.

A los pocos días, ella lo planteó en su casa y le llovieron reproches, preguntas y muchas dudas.

―¿Por qué ahora, si aún no ha cumplido el servicio militar? ―le preguntó su padre.

―Además, ¿cómo te vas a casar con un camarero? ¿Cómo vas a vivir si te quedas embarazada? ¿O ya lo estás? ―le dijo su hermano mayor.

―No, no lo estoy. Es una decisión que hemos tomado y pensamos llevarla a cabo pase lo que pase. Él vendrá a explicároslo cuando me autoricéis ―les contestó ella.

Le dijeron que cuanto antes, mejor.

Solo pasaron dos días y el camarero se presentó en la casa de sus padres. La familia, reunida: los padres y los tres hermanos de ella.

―Estoy aquí para decirles que no ha sido un calentón verbal. Lo hemos pensado bien y hemos valorado todos los pormenores. Sé que no tengo demasiado que ofrecer, pero nos queremos. Una vez que termine la mili, solo me dedicaré a conseguir lo mejor para nuestra familia ―les dijo el chico.

―No entendemos por qué no podéis esperar hasta que termines el servicio militar. Luego podéis hacer lo que queráis ―contestaron los padres.

El hermano mayor, un poco resignado y nada convencido, dijo:

―No veo esta decisión tan precipitada como algo que pueda salir bien.

―Yo me responsabilizo de todo desde el momento en que nos casemos. Sé que no será fácil, pero también sé que cumpliré con la responsabilidad que adquiero ―dijo el joven―. Y les pido, por favor, que el 1 de noviembre me permitan llevarla a mi pueblo para presentársela a mis padres y darles la noticia.

Los padres, gente honrada y trabajadora, dieron su consentimiento. Sin embargo, le pusieron una condición: la hermana pequeña de ella, dos años menor, debía acompañarlos.

El viajero habló por teléfono con sus padres y les explicó la situación. Una vez más, no daban crédito a lo que el joven les contaba. Preguntaron por los detalles y él les dijo que el día 1 de noviembre, cuando llegasen, les puntualizaría lo que necesitasen.

Mientras tanto, los novios trabajaban cada uno en lo suyo y se veían cuando a ella le tocaba ir a por los desayunos o cuando él terminaba su jornada, que solía ser más tarde que ella. Algunos días no podían verse, pero sí los fines de semana. Durante aquellos momentos, sin las ataduras del trabajo, organizaban el tiempo en actividades varias, sobre todo, en pensar cómo sería el futuro. Suponiendo, claro, que no se torciese nada por parte de una de las familias. Estaban dispuestos a casarse sin hacer ningún tipo de gasto ni de celebración al uso con banquete. Asimismo, sabían que el viaje de novios no existiría, aunque para ellos era lo menos importante. Lograr hacer realidad su decisión era lo que realmente les preocupaba.

El viajero entabló amistad con varios clientes, que no solían coincidir en los horarios del bar. Tenían en común que les gustaba charlar con el chico. Siendo sincero, a él le apetecía más escuchar que hablar. Esto resultó tal como él lo había pensado: el bar era su escuela, no aprendía de los profesores, pero sí de lo que escuchaba a esa gente, que gratuitamente le ofrecían su conocimiento.

El director del psiquiátrico de Santa Coloma de Gramanet, a la sazón cliente a diario por las tardes, era de Salamanca y tenía interés en hablar de cosas de Castilla. Además, se interesaba por lo que pensaba el joven camarero y cómo lo manifestaba. Se trataba de un intercambio de información y de puntos de vista sobre situaciones complicadas de las personas. El director, con su sabiduría en la materia, en contraste con la ignorancia del viajero. Este pensaba que el psiquiatra estaba trabajando o estudiando sobre él. En la intención de aceptar ese intercambio de sabiduría por ignorancia, el que más ganaba era el barman o, al menos, eso creía. Así que ambos continuaron las charlas, que perduraron hasta que el joven se fue a la mili.

Durante un tiempo se enviaron cartas manuscritas. Las que recibía el viajero se veían pulcras, y las que él enviaba, después de un tiempo, al pobre camarero le dieron vergüenza…, pero fue un acicate para intentar mejorar.

La pareja lo tenía todo pensado en cuanto a lo que podían hacer y lo que no. Para comprobar los detalles, repasaron una y otra vez lo que habían apuntado hasta estar convencidos por completo.

Llegó la fecha de la partida al pueblo junto con las dos chicas. Viajaron en tren y cogieron el atajo del puente de hierro, aquel que tomó después de la conversación que tuvo con su padre en la azucarera. Era un frío día gris, algo que impactó a las chicas, nada acostumbradas a aquellos rigores climáticos. Entonces se decía un refrán por esas fechas: «Por los Santos, nieve en los cantos». No había nieve, aunque sí grandes heladas.

Llegaron al pisito de los padres, presentó a las chicas y se acomodaron. Pasó un rato interminable, en que hablaron vaguedades, hasta que el padre rompió el hielo:

―A ver, hijo, cuéntanos qué es lo que pasa, porque nos tenéis en vilo.

―Pues empezaré por lo principal: hemos decidido casarnos. Puede pareceros extraño, pero creo que ya me conocéis un poco. Después de mi partida del pueblo, con las ideas que me llevaron a tomar aquella decisión, sabéis muy bien que suelo ser firme en mis convicciones.

―Sí, eso ya lo teníamos claro; pero de ahí a que queráis casaros sin haber cumplido el servicio militar existe un buen trecho ―dijo el padre―. ¿Está embarazada?, porque otro motivo nos cuesta imaginarlo.

―No, no está embarazada. Eso no sería razón suficiente para casarnos. Es una decisión nuestra y, como bien sabéis, me hago responsable de las decisiones que tomo.

Tras un buen rato preguntando, tanto al chico como a su novia, la cosa se calmó y la pareja se fue a dar un paseo por el pueblo con la hermana de ella. Los padres se quedaron convencidos de que el asunto iba en serio, así que asumieron lo que ocurriría. Por tanto, para ellos no merecía la pena seguir luchando para evitar algo que parecía irreversible. Intentarían ayudarlos y harían un esfuerzo para ir a la boda.

El viajero vio a algunos amigos por las calles y los bares del pueblo. A los más apreciados les presentaba a las chicas; sin embargo, no dijo a nadie su intención de casarse. No quería más preguntas indiscretas que necesitaban respuestas excesivas, bastante tenían con responder a sus padres.

Llegaron a casa a la hora de cenar. Su madre ya tenía preparada la cena y dispuestas las camas para descansar: ellas, juntas en una habitación, y él, en otra. Durante la cena retomaron la conversación de la boda. Se habló de la fecha, de que no habría celebración más allá de la iglesia y de que tampoco se irían de viaje de novios. Estas particularidades resultaron sorprendentes para sus padres, aunque también entendían que para eso hacía falta un poco de dinero y los prometidos no lo tenían.

Salió el tema de dónde vivirían hasta que se fuese a la mili, puesto que en el mes de marzo de 1974 lo tallaban. Les dijeron que alquilarían un piso durante esos meses, ya que podían pagarlo porque los dos trabajaban, los alquileres no eran caros y sobraba oferta en Barcelona.

Este relato continuará.

Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja 


 

Un comentario

  1. Soy Feli. Me gusta lo que cuentas y eso que lo estoy leyendo en mi maldito móvil, que funciona....si quiere.

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