Av. de Roma y calle Vilamarí 1972
El viajero de las Vascongadas (IV)
Después de despedirse de su compañera de viaje, estuvo deambulando por los alrededores de la estación Término o de Francia de Barcelona. Sabía que cerca de allí había una zona de bazares, parecida a la de las tiendas de Andorra, en la que, principalmente, se vendían productos electrónicos y relojes. También de precios económicos, se la conocía como «los bazares del puerto o del faro», situados entre la plaza Palau y el puerto. Unos conocidos del pueblo tenían una tienda allí, además de un restaurante próximo en la calle Vía Layetana. El restaurante resultaba fácil de identificar porque en la fachada lucía una piedra histórica que, según cuentan, se llevaron del convento de San Francisco del pueblo. El viajero se acercó a visitarlos, y su sensación no fue positiva. Lo atendieron como a un cliente más que iba a tomar un café o como si fuese a pedir trabajo, o algo parecido. El muchacho imaginó que por allí habría pasado algún que otro inmigrante del pueblo. Analizó la situación y cerró esa puerta de los paisanos.
Como tenía facilidad para establecer amistad con cualquier persona, encontró a un matrimonio del que le habían hablado. Al parecer, un pariente suyo tenía una casa en la calle de Entenza y alquilaba habitaciones, enfrente de la cárcel Modelo de Barcelona. Fue a comprobar cómo era el barrio y llamó a la puerta de la casa en cuestión. Le abrió una señora de unos cuarenta y tantos años, le hizo pasar y le enseñó la habitación. No tenía ni baño ni aseo, ese lujo se compartía con las otras personas hospedadas. Le dijo el precio mensual. Al viajero no le pareció mal, pero antes de tomar la decisión fue a pedir trabajo a una industria de su oficio, que había visto a unos cincuenta metros de la prisión. Allí sí tuvo suerte y lo aceptaron al primer intento. En aquella época, en la Ciudad Condal abundaba el trabajo y se tenían muchas oportunidades. Era lunes, 2 de agosto, y empezó a trabajar el miércoles siguiente.
Volvió a la casa donde quería alquilar la habitación y cerró el trato. Una vez se estableció, se dio cuenta de que el balcón de su cuarto daba a la entrada principal de la cárcel. Durante bastante tiempo estuvo observando desde allí, un lugar privilegiado que estimulaba su imaginación. En la puerta cada día se formaba una cola de personas que iban a visitar a los presos. La hilera solía llegar hasta el final del edificio, que daba a otra calle. La prisión ocupaba dos manzanas entre estas calles: del Rosellón, de la Provenza, Nicaragua y de Entenza. Allí esperaban hasta que abría la puerta el guardia de turno. Entonces empezaba el lento desfile ante los ojos del viajero. Le daba tiempo a apuntar las características de las personas que acudían a aquel lugar tan concurrido. No eran siempre las mismas, claro, aunque la frecuencia de algunas era constante.
Se percató enseguida de que el tipo de visitantes era similar al que encontró en la corrala de Hortaleza: gente resignada a su destino. No podía entrar en más análisis, pues eso pasaba al terreno de la especulación.
Al cabo del tiempo, llegó a tener unos apuntes de las personas y la frecuencia de las visitas, además de los bultos que portaban para dejarlos allí o para llevarse algo. Lo que había dentro no podía saberse con certeza, solo intuirse.
A cada uno o una le adjudicaba un nombre o un mote, dependiendo de múltiples factores: la vestimenta, la raza, si era joven o viejo, si tenía gafas, si era una mujer… En fin, cualquier detalle que le sirviese para diferenciar la amalgama de personas que esperaban el turno en la calle para visitar al recluido.
Algunas personas entraban llorando y salían abatidas. Esto sí podía apreciarlo porque su habitación se ubicaba en el primer piso y la distancia hasta la entrada del centro penitenciario era de unos doce metros. Además, tenía un oído de tísico, como se suele decir cuando alguien oye bien, que le servía a veces para enterarse de las conversaciones de amargura y las quejas del sistema. Siempre culpaban a terceros de tan angustiosa situación…
Así pues, el viajero empezó a hacer suposiciones de los motivos que podían haber llevado a esos hombres a estar encerrados. Y no paraba de darle vueltas pensando si él, en algún momento, podría verse en esa situación. Qué limites debía establecer para no entrar en una espiral de tropiezos que desencadenasen ese final. A pesar de que tenía el propósito de conseguir una mejor posición económica y social, no le apremiaba. Estaba empezando su vida autónoma sin necesidad de ayudas o atajos.
Estas experiencias, tanto la de Madrid como la de aquel momento, le sirvieron para valorar con precisión cualquier decisión que tomaba. Su hábito, ante cualquier duda, consistía en pararse a pensar para dar tiempo a que madurase una nueva posibilidad. No quería equivocarse, sabía lo caro que se pagan los errores. Prefería rechazar ciertas ofertas que sobrepasaban su moralidad o lo que él creía que era el código de honradez. Las tentaciones, a los casi veinte años, sucedían por doquier. Barcelona era una ciudad que lo envolvía, no tenía límites, lo invitaba a probar de todo. Resultaba un lugar peligroso para los incautos y los que confiaban en poder dejar atrás lo que ya habían probado. Conoció a numerosos amigos o compañeros a quienes les había sucedido algo que, para él, habría sido el final de su proyecto. Pensaba: «Si he salido de Madrid sin mácula, ahora no puedo entrar en esa deriva». Por su ignorancia y por la facilidad que existía para aceptar esas tentaciones, debía andarse con cuidado.
En el trabajo las cosas iban bien, aunque comenzaba a tener cierta sensación de agobio, de aburrimiento, como si le faltase dar un paso adelante más. Trabajaba ocho horas diarias y tenía la casa al lado, así que le faltaba aire y conocer otro tipo de gente más allá de los compañeros de trabajo.
En abril de 1973, le planteó a su jefe que le subiese el sueldo. Él sabía que se trataba de una manera de forzar las cosas. El jefe, con quien tenía amistad, soltó una carcajada y le dijo:
―Pero, nano, aquí estás muy bien. ¿Dónde pretendes llegar? Si lo hago contigo tendré que hacerlo con todos.
―Pues me pensaré si sigo o no ―le respondió el viajero.
―No digas tonterías y sigue trabajando. Además, ¿qué hacemos con el perro? ―le dijo el jefe.
En la industria tenían un pastor alemán negro. El viajero había convencido al dueño de la empresa para tenerlo y, así, que hubiese más seguridad por la noche.
―Señor Geli, no se preocupe. Si decido irme, el perro vendrá conmigo ―le aseguró el viajero.
El joven se metió en un problema al plantar cara al dueño de la empresa, aunque era consciente de ello, por lo cual empezó a buscar una salida. Conocía a un chico de su pueblo, de su misma edad, que trabajaba en un bar de la avenida de Roma, esquina con la calle Conde de Borrell. Fue a visitarlo y entablaron una fluida amistad. Poco a poco, el chico le fue introduciendo en el negocio. En una conversación, su amigo le contó que nunca faltaba a las fiestas del pueblo, así que, si quería, podía llevar el bar durante ese tiempo.
―Pero ¿cómo voy a quedarme solo en el local si no tengo ni idea de catalán? Y menos, de bares ―le dijo el viajero.
―Tú no te preocupes, que seguro que te entenderás bien con los clientes ―le respondió su amigo.
Pues dicho y hecho: dejó su oficio de letras y tinta de impresión y se metió tras la barra. Antes, por supuesto, decidieron que el amigo se llevaría el perro al pueblo. El animal permaneció allí hasta que murió.
No le sentó bien al señor Geli; pero, aun así, el viajero necesitaba ese cambio. Su oficio fue la herramienta que utilizó para seguir los pasos que había previsto. Todavía llegarían otras etapas, en las que también tendría que utilizarlo. Cobró todo lo pendiente y se despidió de algunos compañeros, que dejaron una pátina de amistad y compromiso tan apreciables que perduraron durante años.
Una vez se incorporó al nuevo trabajo, compartió la faena con el compañero un par de meses. Su amigo se fue al pueblo y se quedó solo al frente del bar. Al ser época estival, bajó bastante la afluencia de clientes. Aminoró la actividad en el barrio, pues las editoriales, los talleres y otros negocios, que llevaban a cabo sus respectivas actividades en grandes naves, se convertían en pisos. Esto ocurría en plena transformación del barrio del Ensanche izquierdo de Barcelona. Dichos negocios salían fuera de la ciudad, a polígonos industriales de la periferia. Por tanto, pensó que la clientela del bar volvería con fuerza en septiembre, tiempo más que suficiente para adaptarse al nuevo oficio.
No había demasiado trabajo, pero sí el suficiente para mantener el bar Rollo. Lo llamaban así porque el dueño tenía también una tienda de papel pintado para decorar las paredes. El local estaba pared con pared del negocio de hostelería.
El señor Torallas, empresario de espectáculos del Paralelo y devoto de las buenas obras, había abierto estos dos negocios en locales de su propiedad. El hombre, de edad avanzada, tenía un solo hijo que, para goce de su buena fe, estudió teología y se marchó de sacerdote al Vaticano. Con esta ilusión colmada, empezó a desatender los dos nuevos negocios y poco a poco se fueron apagando.
El bar, mientras pasaba el mes de agosto, se mantenía con el personal de las pocas oficinas que permanecían abiertas y algunos vecinos del entorno. Cerca de allí no había ningún otro bar, así que los clientes tenían pocas alternativas. De modo que, aunque el viajero no los atendiese como estaban acostumbrados, era mejor acudir al Rollo que a otro local más alejado.
En aquella época, las vías del tren de la avenida de Roma se hallaban al descubierto desde la estación de Sants hasta la calle Conde de Borrell, es decir, se veía pasar el tren por debajo. Un curioso dato sorprendente, dado lo céntrico del lugar y el riesgo que suponía para la gente desesperada.
Mientras trabajaba en el bar sacó tiempo para conseguir el carné de conducir y para acudir a una academia y lograr el certificado de Graduado Escolar.
Tenía una amiga de su pueblo en la ciudad, quien, como él no pudo ir a las fiestas, quiso saber el motivo de su ausencia. Lo llamó por teléfono a la pensión y él le explicó sus circunstancias. A los dos días lo llamó la hermana mayor de su amiga para decirle que dejase todo y se fuese a Fuengirola, que su hermana iría también. Le dijo que, si quería, podía trabajar en su incipiente cadena de supermercados. El joven, siendo consecuente con su decisión, le contestó que no podía por las razones que ya le había explicado a su hermana. La cosa quedó ahí.
Llegó septiembre, su amigo regresó del pueblo y la gente empezó a acudir al bar con inusitada afluencia. Entraban personas que el viajero no había visto nunca, pero con el tiempo y la ayuda de su compañero empezó a conocer a cada cliente que acudía. Los dos se repartieron la atención del bar Rollo.
Frecuentaban el local dos personajillos pintureros, de los que nunca pagaban y siempre decían lo mismo: «Apúntalo en mi cuenta». Un día, el viajero se atrevió a pedirles que pagasen o no los serviría más. La gran fachada de vidrio transparente permitía ver el bar desde fuera y ellos aprovecharon un momento en el que había poca gente para pedir una consumición. El viajero les reiteró que o pagaban o no los servía. Llegaron con ganas de bronca y la tuvieron.
―Eres un inmigrante de mierda. Llevamos aquí toda la vida y desde que se abrió el bar nunca hemos pagado. Además, estamos en nuestro barrio de siempre, ¿y ahora vienes tú, muerto de hambre, a decirnos que paguemos?
―Solo hago mi trabajo. Mientras yo esté aquí nada será gratis.
Como empezaba a entrar más gente, se callaron y se fueron dejando una amenaza:
―Volveremos a vernos.
El viajero se lo contó a su compañero y este le quitó importancia.
―Total, son dos vecinos del barrio. Yo siempre me he hecho el tonto.
―Pues lo siento, pero yo no puedo tolerar ese sometimiento.
Cierta noche, al cabo de un mes del suceso de la amenaza, el viajero se disponía a cerrar el bar con la misma rutina de siempre. Dentro dejaba a un perro labrador tuerto. El animal llegaba cada día acompañando a un albañil y se quedaba en la puerta del bar. Le daban algo de comer y el viajero, cuando podía, le limpiaba el ojo con un trapito empapado en una infusión de manzanilla. Una vez que los albañiles terminaron la obra, el perrito se quedó a cargo del viajero. En este caso, ya tenía nombre: Manix. Dejó al perro como vigilante, atrancó las puertas y emprendió el camino a casa. La noche era oscura y en la zona apenas había movimiento, lo habitual a esas horas. Sin esperarlo, se encontró con los dos gorreros, quienes lo intimidaron diciendo:
―A ver, cabrón, si tienes el mismo valor que dentro del bar. Te vamos a tirar a las vías del tren.
―Bien podéis, tú, Vilardell, exboxeador de peso pesado, y tú, Luis, con el bulto que llevas siempre en la chaqueta… Haced lo que tengáis que hacer, yo me voy a casa ―les contestó.
Antes de que empezara a caminar, el puño del exboxeador se dirigió al estómago del joven, pero apenas rozó la ropa se paró en seco.
―¿Ya está? ―les dijo.
Y siguió su camino mientras escuchaba una abundante palabrería e insultos. ¿Qué otra cosa podía hacer?, ¿correr? Para él no era una opción, así que, una vez más, su sangre fría le alejó de un grave problema. Jamás volvió a verlos, ni en el bar ni en la calle. Pensarían que si seguían molestándolo podrían tener algún problema con la Justicia y sabían que no les convenía. Tenían mucho que perder y poco que ganar.
Vilardell era un vividor que hacía de guardaespaldas de Luis, de oficio proxeneta de varias chicas en un ático del edificio donde se situaba el lugar de trabajo del viajero. El proxeneta, enjuto y bajito, vestía de traje y llevaba un bulto en la americana. La gente que lo conocía ya sabía de qué se trataba. Lo acompañaba el boxeador venido a menos para ir más seguro por la calle. Vivía con la encargada de las chicas.
Un día entró en el bar una joven pelirroja, que no tendría más de dieciocho años, y preguntó por la encargada, conocida por todos, ya que era clienta asidua del bar. El viajero le indicó el portal y ella habló con el portero del edificio, quien llamó a la señora y la chica subió al lugar de destino. Tiempo después le dijeron al viajero que el guardaespaldas Vilardell la tenía como su protegida.
En aquel entonces parecía que el viajero quería quemar las etapas con mayor celeridad, como si el tiempo se le acabase o no le diese de sí para poder terminar lo que se había propuesto. Aquel percance con los dos hombres le hizo ver que no iba a ser fácil continuar con su camino trazado.
Este relato continuará.
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



