AVENTAR LA PARVA
Imaginemos que el fango, que lleva bastante tiempo de moda en boca de la izquierda con su política de engaños, fuese un montón de parva de distintos cereales y legumbres, muy colorido, hermoso, incluso atractivo, y lo hubiera pintado Vincent van Gogh. Miles de personas lo visitarían en los museos como ocurre actualmente con la obra Los girasoles.
E imaginemos también que, cuando la sala del museo está repleta de visitantes, se obra un milagro y el cuadro se vuelve real. De pronto, la gente se encuentra con que el cuadro ha tomado vida. Además del montón de parva, observan a unos campesinos aventando tan preciosa imagen. Las partículas que mueve el viento les llegan a la cara, les ciegan y no pueden distinguir las formas de las moléculas. Les golpean, se les meten por los orificios de los órganos de los sentidos, les raspan la piel, les dañan el cuerpo, pero nadie puede moverse. Ninguno sabe lo que es porque están aturdidos, desorientados y no tienen espacio para moverse ni para huir. Ante el pánico, todo el mundo se atenaza y se queda quieto.
El pensamiento general se vuelve único, piensan que es el final, que no hay remedio y que es mejor no hacer nada o morir, si eso es lo que quiere el destino. No pueden ver, ni oír, ni hablar, ni oler, solo sienten los roces, el dolor y las laceraciones que les producen esas minúsculas fracciones.
Al cabo de un buen rato, terminan de aventar el montón de fango y los fanáticos del arte de tan grande artista se sacuden para quitarse los restos del aventamiento. Empiezan a pensar que lo que ha pasado ha sido una anomalía del creador, que lo manda del más allá.
Sin embargo, al sacudirse comienzan a ver algo de lo que cae al suelo y se dan cuenta del fango en el que estaban metidos. Lo que antes era admiración se convierte en desprecio. Lo que creían que era «cien años de honradez» se ha transformado en cien años de honradez menos cuarenta años de vacaciones y cuarenta y seis años robando a manos llenas. El resultado es ciento cuarenta y seis años de corrupción.
El montón de materia de colores, bello y atractivo, se ha convertido en sierras de punta de espiga, en garbanzos negros, en alubias violentadas, en duras lentejas ásperas, en el cornezuelo del centeno y en multitud de productos que absorben el agua de la olla común.
No es de extrañar que en esa olla de caldo de pimentón y chorizo se admita cualquier anomalía promovida y creada por tan alto genio de la pintura, que la utilizó para crear ese montón de parva.
En la olla también se mezclaron guisantes verdes, remolacha morada, maíz con arroz rojo y algunas cifras de sumar, más otros productos exóticos que procedían de saunas de explotación de carne humana.
Cuando el gran líder asume que todo está al descubierto, quiere rehacer su montón de parva. Reúne a todos los espectadores y llora ante ellos con cara de cartón pintada, tan bien que ni el mismo Vincent van Gogh lo hubiese hecho mejor. Él tiene que hacer de nuevo el montón porque es el líder supremo y sin él vendría la malísima derecha, y no está dispuesto a que eso pase.
Lo incomprensible y sorprendente es que, después del gran desengaño, sus adictos siguen visitando (voluntariamente) el museo del gran genio y creador del bello y puro cuadro de fango.
El montón de parva escondía mucha paja y poco grano, aunque todo mezclado y bien colocado parecía otra cosa: algo vendible, para el mercadeo, para el trueque, es decir, vendía peines para calvos. ¡Y se los compraron!
Qué sectarismo tan despiadado y qué poca dignidad existe en esos visitantes del bello montón de parva corrompido en todos sus estamentos, desde la base hasta la cima.
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



