ENTREGA 40ª DE NICOLÁS MAQUIAVELO -OBRAS POLÍTICAS-

 

 

CAPITÚLO XXXIX

Frecuencia con que ocurren en pueblos distintos idénticos sucesos.

El que estudia las cosas de ahora y las antiguas, conoce fácilmente que en todas las ciudades y en todos los pueblos han existido y existen los mismos deseos y las mismas pasiones; de suerte que, examinando con atención los sucesos de la antigüedad, cualquier gobierno republicano prevee lo que ha de ocurrir, puede aplicar los mismos remedios que usaron los antiguos, y, de no estar en uso, imaginarlos nuevos, por la semejanza de los acontecimientos. Pero estos estudios se descuidan; sus consecuencias no las suelen sacar los lectores, y si las sacan, las desconocen los gobernantes, por lo cual en todos los tiempos ocurren los mismos disturbios.

Perdió la república de Florencia, después del año de 1494, Pisa y otras poblaciones con gran parte de su territorio, y tuvo que guerrear con los que lo ocupaban; pero siendo estos poderosos, la guerra era costosa y sin fruto. El aumento de gastos ocasionaba aumento de tributos, y estos infinitasquejas del pueblo. Dirigía la guerra un Concejo de diez ciudadanos, llamado Los Diez de la guerra, y todo el pueblo empezó a demostrarles a versión, cual si fueran la causa de ella y de los gastos que ocasionaba, persuadiéndose de que, suprimido el Concejo, terminaría la guerra. Para conseguirlo, dejaron espirar los poderes de los consejeros si elegir sucesores, y concedieron dicha autoridad a la Señorita (1). Tan perniciosa fue esta determinación, que, no sólo continuó la guerra, contra la creencia del pueblo, si no que aumentó el desorden hasta el punto de perder, además de Pisa, Arezo y otras muchas poblaciones, por haber prescindido de los que con prudencia la dirigían. Advirtió, por fin, el pueblo de su error, comprendió que la causa del mal era la fiebre y no el médico, y restableció el Consejo de los Diez.

El mismo odio inspiró alguna vez en Roma el nombre del cónsul, porque viendo aquel pueblo que a una guerra seguía otra, sin momento de reposo, en vez de atribuirlo, como era cierto, a la necesidad de rechazar a sus vecinos, deseosos de acabar con Roma, lo achacó a la ambición de los nobles, y suponía que, no pudiendo éstos castigar a la plebe dentro de Roma, porque la defendía la autoridad tribunicia, procuraban sacarla de la ciudad a las órdenes de los cónsules, para sujetarla donde no encontrase apoyo. Creyeron, pues, los romanos indispensable suprimir los cónsules o limitar de tal modo su poder, que no tuvieran autoridad sobre el pueblo, ni dentro, ni fuera de Roma. El primero que intentó establecer esta ley fue un tribuno llamado Terentillo, quien proponía a la elección de cinco ciudadanos encargados de examinar y limitar la potestad consular. La nobleza recibió muy mal este intento, pareciéndole que la majestad del imperio iba a desaparecer, y que no quedaría para los nobles ningún rango político en la República. Fue, sin embargo, tan grande la obstinación de los tribunos, que se suprimió el nombre de cónsul y, hechas algunas reformas, quedaron a fin satisfechos, eligiendo en vez de cónsules, tribunos con autoridad consular, porque lo que odiaban era el nombre y no el cargo. Así estuvieron largo tiempo hasta que, conociendo su error, restablecieron su error, restablecieron los cónsules, como los florentinos el Consejo de los Diez.

( 1) Así se llamaba el Consejo Supremo de la república.


 

 

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