Quien alaba a Dios en los milagros de los beneficios, alábele en los asombros de las venganzas; porque amenaza y halaga. Si no halagara, no hubiera alguna advertencia; si no amenazara, no hubiera alguna corrección.
Dios es paciente porque es eterno.
San Agustín

¡Ah! Yo no sabía que esto era la política
¡Menuda transparencia!
Cada vez más cerca… ¿de qué?
Cuando se desea que algo pase, no suele suceder cuando uno quiere. Y si se hace realidad al cabo del tiempo, ya no sirve ni como venganza ni como satisfacción porque está fuera del contexto y de la necesidad por la que nació.
Dije hace un tiempo que esta era una época de caballo desbocado. Hoy creo firmemente que no solo se trata de un caballo desbocado, sino que toda la escudería del color rojo tiene los caballos de su motor a las revoluciones máximas de su rendimiento.
Por lo visto, el conductor tiene pisado a fondo el acelerador, lo que no sabemos es hacia dónde nos conduce. Quiero pensar que a un final feliz, pues de no ser así sabe Dios qué puede pasar. Y, claro, o ganan la carrera o se estampan contra el muro que mandó hacer el ahora conductor de tantos caballos desbocados. Queda poco para llegar a la meta. ¿Seremos capaces de aguantar para poder amortiguar el tremendo golpe que se nos viene encima? Tengo serias dudas. En cambio, la escudería de color bermellón estoy convencido de que sí que aguantará, ya que, al igual que dijo Putin en un discurso, «si desaparece la Rusia milenaria, desaparecemos todos». Me da la impresión de que es lo que piensa el conductor y toda su marca confabulada para deshacer el Reino de España.
Son increíbles las montañas de «fango, porquería, excrementos y otros múltiples desechos» que genera esa máquina de triturar a los disidentes. No dejan títere con cabeza, les da igual quien tenga que caer. Todo lo que tocan lo corrompen, incluido el fútbol.
Son innumerables los escándalos que ese conductor embravecido tiene en su haber. De igual modo, no se conoce ninguna verdad salida de su boca que se pueda admitir como tal. Engaña con tanta facilidad, va tan rápido que ya ni se molesta en ponerse el disfraz de la simulación. Digo yo que Dios lo crearía para hacer algo bueno; aunque, bien visto, ya lo está haciendo. Pero solo para los de su marca y los auxiliares que se ocupan de tener la máquina trituradora a punto. Naturalmente, pagados con los impuestos de los mamelucos y sumisos temerosos de este reino.
Sí, cada vez estamos más cerca de llevar en la solapa la rosa de sangre (como se dice en la misa católica: «derramada por todos los hombres»), porque estamos a las puertas de que empiece el derrame de este líquido que nos permite vivir. Y cuando los fluidos se viertan (no importa de qué marca), todos seremos rojos, porque no existe la sangre azul, ni rosa, ni morada… Una vez que los fluidos de las venas se mezclan no hay diferencia de colores, solo tendremos en común la muerte. Al final, todos seremos polvo, nada.
¿Se podría parar tal infortunio? Yo no creo en los milagros, aunque sería posible si hubiese voluntad de actuar con la razón, cosa que hasta este momento no brilla en el horizonte. En cambio, sí existen herramientas disuasorias para detener esa manada de caballos enloquecidos que nos pisotean con sus herraduras de acero. Sería necesario poner el despertador a los que están durmiendo con los humos de opiáceos y no quieren despertar de sus alucinantes sueños porosos. Ellos no tienen necesidades, o acaso por eso aspiran esas sustancias sedantes, para no tener que afrontar la visión del derrame del fluido carmesí. Sea como sea, los que aún tienen el raciocino sin contaminar tendrán que hacer un esfuerzo épico. Si no es así, el milagro no podrá hacerse realidad.
Estamos más cerca del caos que del milagro. Pues, reconocido esto, ¿a qué esperamos?
Es probable que yo sea quien no tiene la razón en su sano juicio. No puedo examinarme, no sería justo. Pero mis ojos ven realidades que corroboran mis oídos. ¿Por qué me va a engañar el cerebro? ¿Qué saca con eso? Quizá tiene miedo a que lo revienten con una bala de plata y por ese motivo se pone en guardia. Bien podría ser.
Lo cierto y tangible es que no se puede seguir durmiendo. Es preferible meterse en la bañera con agua caliente y abrirse las venas si eso es lo que le da la paz a uno.
Analizando los despropósitos cometidos por el autócrata y sus «babeantes extraterrestres» en estos cinco años de poder socialista, no hace falta mucha inteligencia para darse cuenta de hacia dónde quiere llevarnos el conductor embravecido. Va tan rápido que no le da tiempo a mirar por el espejo retrovisor. Cegado por el exceso de autoridad, solo persigue su fin. No existe otro objetivo.
Lo curioso es que parece tocado por el dedo de Dios. Es como si fuese creyente (igual lo es) y tuviera encomendada una misión estelar que solo conocen él y el ser superior que se la encargó.
Pues cuando él dice: «No hay nada sobre Begoña», y después lo repiten los prebendarios de la marca roja como si fuesen ovejas o pajarillos en el nido con la boca abierta esperando que les den de comer, ninguno parece un hombre. Es tal su simpleza de argumentos que dejan de ser hombres y pasan a ser desalmados. Pero si la misión encomendada al hacedor de sus beneficios consigue hacer realidad lo que ellos esperan, ¿para qué va a necesitarlos después? Supongo que se darán cuenta de que son prescindibles y, por tanto, innecesarios. También se darán cuenta de que pasarían de cómplices a esclavos, puesto que en un corral de gorrinos solo deja de pisar la mierda el amo, además de decidir cuándo se pasa a ser carnaza.
Imagino que compartirán las palabras del humilde sabio escudero de don Quijote: «Vayan días y vengan ollas».
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja.
La desesperación de los pueblos cuando son maltratados por el gobierno; la dureza y el orgullo de los reyes; la molicie que los hace incapaces de velar sobre los miembros del Estado para precaver las turbulencias, la ambición e inquietud de los grandes, cuando se les da demasiada licencia y se permita a sus pasiones una libertad ilimitada; la multitud de grandes y pequeños que viven en la molicie, en la ociosidad y en el lujo; la muchedumbre de hombres que, por estar dedicados a la milicia, abandonan todas las ocupaciones útiles en tiempo de paz: he aquí lo que causa las revoluciones; no el pan que se deja comer pacíficamente al labrador y al artesano, que lo han ganado con el sudor de su rostro.
Fenelón


