
CAPITULO XXXIII
Cuando cualquier dificultad llega a ser muy grande en un Estado o contra un Estado, es mejor partido contemporizar con ella que combatirla de frente.
Crecía la república romana en fama, fuerza y poder, y sus vecinos, que al principio no se preocuparon, de que les pudieran causar daño alguno, comenzaron, ya tarde, a comprender su error y quisieron remediar lo que oportunamente no impidieron, aliándose cuarenta pueblos contra Roma. Tomaron los romanos las medidas que acostumbraban en casos de apremiante peligro, y entre ellas la de nombrar dictador, es decir, dar el poder supremo a un hombre que, sin necesidad de consultar con nadie, determinara lo que debía hacerse y, sin apelación alguna, lo ejecutara. Este recurso les fue entonces útil, porque gracias a él dominaron los inminentes peligros, y utilísimo siempre en cuantos sucesos contrarios a la república ocurrieron en varias épocas durante el crecimiento de su poder.
Conviene advertir a este propósito, que cuando se presenta una dificultad grave en una república o contra una república por causas internas o externas, y llega a punto de inspirar general temor, es mucho mejor contemporizar con ella que intentar extirparla; porque casi siempre lo ejecutado para extinguirla, aumenta y acelera el mal temido.
Tales accidentes ocurren en las repúblicas con más frecuencia por causas interiores que exteriores, porque muchas veces, o se tolera adquirir a un ciudadano más autoridad de la razonable, o se empieza a alterar una ley que es nervio y vida de las instituciones libres. Se permite la continuación de este error, hasta llegar a ser peor intentar remediarlo que dejarlo seguir; y es tanto más difícil conocer tales inconvenientes cuando aparecen, cuanto más natural es en los hombres favorecer siempre todo lo que empieza, especialmente las obras que aparentan llevar en sí alguna virtud y ejecutan los jóvenes; porque si en una república aparece un joven noble de mérito extraordinario, todos los ciudadanos fijan en él la vista, y acuden sin consideración alguna a tributarle honores; de suerte que, por poca ambición que tenga, uniendo a los méritos con que le dotó la naturaleza los favores de sus compatriotas, llega rápidamente a tan elevada posición, que, cuando los ciudadanos comprenden su error, apenas tienen medio de remediarlo; y si lo intentan con los recursos que les quedan, sólo consiguen afirmar su poder. No pocos ejemplos podrían citarse de esta verdad; pero solo presentaré uno, tomado de la historia de Florencia.
Cosme de Médicis en nuestra ciudad, llegó a tener tanta reputación por su prudencia y por la ignorancia de los florentinos, que empezó a ser temible al gobierno, hasta el punto de juzgar sus conciudadanos peligroso ofenderle, y peligrosísimo dejarle tanta influencia. Vivía entonces Nicolás de Uzzano, tenido por muy experto en los negocios públicos; el cual, habiendo cometido la primera falta de no prever los peligros que el poder de Cosme podía ocasionar, no permitió durante su vida que se cometiera la segunda, es decir, que se intentara destruir la preponderancia de Cosme, por creer que tal intento ocasionaría la completa ruina de la república. Así lo demostraron los hechos después de su muerte porque, no siguiendo los supervivientes su consejo, lograron ser más fuertes contra Cosme, y le desterraron. Con consecuencia de ello fue irritado su partido por esta ofensa, le llamó al poco tiempo y le hizo señor de la república; poder que jamás hubiese alcanzado sin la declarada oposición que se hizo.
Lo mismo sucedió en Roma con César: le favorecieron al principio Pompeyo y otros ciudadanos, a causa de sus preclaras dotes, y el favor fue poco a poco convirtiéndose en miedo. Así lo atestigua Cicerón al decir que Pompeyo empezó tarde a temer a César. El miedo hizo la ruina de la república.
Repito, pues, que, siendo difícil conocer estos males cuando empiezan, por lo que ilusionan en su principio, es más atinado y sensato contemporizar con ellos que contrarrestarlos abiertamente, porque, contemporizando, o desaparecen por propia consunción, o se prorrogan a largo plazo.
Los gobernantes que quieran destruir u oponer resistencia a la fuerza e ímpetu de estos males, deben ser muy vigilantes para no aumentar lo que quieren disminuir; atraer lo que desean alejar, y secar una planta regándola; deben estudiar bien el mal: si se encuentra en condiciones de poderlo curar, curarlo sin consideración alguna; y si no, dejarlo estar, guardándose bien de contrariarlo; porque sucederá lo que antes hemos dicho y lo que acaeció a los vecinos de Roma, a los cuales, por haber crecido tanto el poder de ésta, hubiera sido más ventajoso procurar con procedimientos pacíficos tenerla satisfecha y contenida dentro de su territorio, que obligarla con actos hostiles a pensar en nuevos medios de defensa y ataque. El resultado de la conjura de aquellos pueblos contra los romanos fue estrechar la unión de estos, hacerlos más valerosos y obligarles a imaginar nuevos recursos para ensanchar en breve tiempo su poder. Entre éstos fue uno la creación de la Dictadura, con la cual, no sólo triunfaron de inminentes peligros, sino lograron evitar infinitos males que, sin esta institución, hubieran aquejado a la República.


