
CAPÍTULO XXII
Ni las repúblicas ni los príncipes deben diferir los remedios a las necesidades públicas.
Fue beneficioso a Roma cuando Porsena vino contra ella para restablecer a los Tarquinos y dudó el Senado de si la plebe preferiría admitir al rey a mantener la guerra, lo que éste hizo para atraérsela, suprimiendo la contribución de la sal y otros tributos a causa, según dijo, de que los pobres bastante hacían por el bien público criando a sus hijos.
En agradecimiento de estos favores se prestó la plebe a sufrir el asedio, el hambre y la guerra; pero nadie debe, fiando en este ejemplo, esperar hasta la llegada del peligro, para ganarse la voluntad del pueblo. Si entonces tuvo buen éxito, no lo tendrá siempre; porque el pueblo puede creer que tales beneficios no los debe a ti, sino a tus adversarios, y temeroso de que, pasado el peligro, le quites lo que por fuerza le has dado, no te quedará agradecido.
Fue ventajosa a los romanos esta determinación, primero porque era Estado nuevo, no muy seguro, y además porque aquel pueblo había visto que anteriormente se hicieron leyes en beneficio suyo, como la de la apelación a la plebe. Así pudo persuadirse de que el favor hecho no lo ocasionaba la llegada del enemigo, si no la propensión del Senado a beneficiarlo. Además, estaba reciente el recuerdo de los reyes que de muchas maneras lo habían ultrajado y vilipendiado. Como tales circunstancias concurren raras veces, en raras también aprovechara el remedio. Por ello el que rige un Estado, sea república o monarquía, debe prever los tiempos y sucesos contrarios que puedan sobrevenirle, y los hombres de quienes en la adversidad pueda valerse, tratándoles desde luego cual lo haría si necesitara de ellos en algún peligro. Los que gobiernan de otro modo, sean príncipes o repúblicas, y máxime si son príncipes, formándose la ilusión de que, llegado el peligro, ganarán la voluntad de los hombres a fuerza de beneficios, se engañan, y lejos de aumentar su seguridad, aceleran su perdición.


