
CAPITULO XXVI
El príncipe nuevo en ciudad o provincia conquistada por él, debe reformarlo todo.
Quien se apodera de una ciudad o de un Estado y no quiere fundaren él una monarquía o república, el mejor medio para conservarlo, por lo mismo que los fundamentos de su poder son débiles, consiste en reformarlo todo para que la organización sea nueva, como lo es el príncipe, nuevo gobierno, con nuevo nombre que ejerzan, y convertir a los pobres e ricos, como hizo David cuando llego a ser rey: Qui esur ientes implevit bonis, et divites dimisit inanes (1). Necesita, además edificar nuevos pueblos, destruyendo los antiguos; trasladar los habitantes de un sitio a otro; no dejar, en fin, nada como estaba, y que no haya rango, cargo, honor o riqueza que no reconozca el agraciado debérselo al nuevo príncipe. Debe tomar por modelo a Filipo de Macedonia, padre de Alejandro, quien con estos procedimientos llego, siendo rey de pequeño Estado, a dominar toda Grecia. Los que escribieron su historia dicen que trasladaba los hombres de una provincia a otra, como los pastores conducen los ganados. Son estos medios cruelísimos, no solo anticristianos, sino inhumanos; todos deben evitarlos, prefiriendo la vida de ciudadano a ser rey a costa de tanta destrucción de hombres. Quien no quiera seguir este buen camino y desee conservar la dominación, necesita ejecutar dichas maldades. Los hombres, sin embargo, escogen un término medio, que es perjudicialísimo, porque no saben ser ni completamente buenos, ni completamente malos, según vamos a demostrar en el siguiente capítulo.
(1) Que a los hambrientos los colmó de bienes y despidió a los ricos dejándolos en la miseria.


