Nunca pasa nada; aunque, por otro lado, es mejor
Hace más de un año publicamos en nuestro blog Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja una entrada titulada «Tráfago», referida a un hecho que se creía real pero que resultó no ser cierto. De aquel movimiento no se ha vuelto a saber nada, al menos públicamente. Supongo que ese futurible deseo ha quedado muerto en el marquesado.
En aquella ocasión se manifestó que sería una pena que tan preciada industria no se ubicara en Peñafiel o su comarca, ya que aportaría al marquesado una gran inyección de vitalidad. Algo parecido ocurrió con las esperanzadoras manifestaciones en la carretera nacional 122 a favor de la autovía A-11. «¡YA!», se gritaba. También en esa ocasión hubo mucho ruido y flama; pero, como todo lo que ocurre en Peñafiel, el fuego se apagó por sí solo. Aquí no hace falta que nadie le eche agua, simplemente, se deja consumir. El ciudadano peñafielense es tan conformista que se cansa rápido de echar leña al fuego para mantenerlo vivo.
En el primer caso se hablaba de que en otras poblaciones cercanas estaban deseando acoger el gran proyecto de arena de sílice, pero tampoco se ha oído nada respecto del avance de la fábrica. Puestos a ser conformistas, sería bueno que recalase en cualquier lugar de Castilla y León. Con ese sueño hecho realidad, el ciudadano podría estar satisfecho a la hora de presumir de lo grande que es el marquesado. Como mínimo, estarían comentando durante décadas, como se lleva haciendo hasta ahora, sobre dos fábricas de los años sesenta: Michelin y UFAC. Todo el mundo conoce la primera, que existe desde entonces en Aranda de Duero, qué casualidad… La otra, dedicada a la fabricación de pienso animal, sí se hallaba ubicada en nuestro marquesado, pero se fue, ya que no la dejaban crecer. Eso dice la leyenda… Claro, que el papel o, mejor dicho, el relato, como hoy se dice, lo aguanta todo. Sea como fuere, aquí seguimos con nuestro parque temático.
¿Por qué digo parque temático? Porque eso es lo que parece si se pasea a diario por la calle más recta y larga del casco antiguo, es decir, la calle Derecha al Coso y Derecha al Salvador. En la década de los años sesenta existía un negocio casi en cada portal o en los bajos de las casas. En ese único recorrido se podían satisfacer todas las necesidades de una sociedad viva, joven, alegre y llena de esperanza. Seguramente, porque se venía de la nada y las cosas se magnificaban. Nada era malo, sino necesario, hasta los pobres que venían de fuera a pedir de casa en casa unos céntimos de peseta. Todo formaba parte de aquella sociedad vibrante, con sus virtudes y múltiples defectos, aunque al final encajaran.
Recuerdo un fatídico incendio en una pequeña industria familiar de recogida de chatarra. En un abrir y cerrar de ojos, la familia lo perdió todo. Lo emocionante fue ver con ojos de niño como el pueblo entero se volcó en ayudar a sofocar el incendio y arropar a la desdichada familia. Este recuerdo, al igual que otros muchos, hace pensar en lo que hoy es este pueblo; aunque, por otro lado, no deja de ser lo que siempre ha sido desde hace más de doscientos años: poca cosa o la misma cosa, que, para el caso, es lo mismo.
Lo sorprendente es ver que, desde la democracia de 1978 hasta nuestros días, el pueblo se ha apagado, hundido, abandonado e incluso derribado o empujado para que, silenciosamente, se fuese cayendo. Desde entonces se ha apostado erróneamente, bajo mi punto de vista, por el negocio del turismo. ¿Turismo? ¿Negocio? Ni una cosa ni la otra; pero, de serlo, ¿a costa de qué?, ¿de tener un casco antiguo en ruinas sin posibilidad de revertir tal desastre? El dinero que, según se dice, nos dio Europa se ha esfumado como una fuga de gas, sin dejar rastro, solo un poquito de olor pasajero. Seguimos empeñados en el negocio del turismo porque parece que sí, que funciona, o eso dicen los que viven de ello. Quizá lo dicen porque es a los únicos que les va bien. Sin embargo, si uno se pone en el pellejo del turista y se da un paseo para bajar la comida de nuestro suculento lechazo (también único, cómo no), se da cuenta de que no hay comercio, pero sí multitud de casas en venta o negocios en traspaso. Se observa con extrañeza lo ajadas que están las fachadas y la poca armonía que existe en la arquitectura que sigue en pie.
Parece como si el parque temático del turismo del marquesado fuese esa calle, en su día emblemática, pero que hoy se asemeja a las calles de los pueblos del desierto de Almería creados para rodar las películas del Oeste americano. Hoy acuden turistas a ver esos pueblos que tuvieron vida. La sensación que uno saca de ese paseo no es otra que la de abandono, seas del marquesado o turista.
También te empuja a pensar que en el marquesado solo habita gente muy rica o conformista, porque ante tal abandono es dificilísimo buscar explicaciones coherentes. Aun llegando a cualquiera de las dos posibilidades, es descorazonador.
En una reciente ocasión, una persona me preguntó:
―Perdone, estoy buscando la plaza Mayor.
―Está usted en ella ―le contesté.
―¿Esta? ―respondió el forastero.
No hubo más palabras, la expresión de su cara lo dijo todo. Yo me quedé sorprendido por su respuesta, pero entendí lo que decía su rostro.
Cuando por fin se haga la circunvalación de la autovía A11 se darán cuenta, los que vivan para verlo, de que lo turístico en Peñafiel será el castillo que alberga el Museo del Vino. El casco viejo será olvidado por viejo como algo que no merece la pena visitar.
Debe de ser un pueblo gafado, porque nadie que haya invertido en él con cualquier negocio ha continuado. En cuanto han podido, lo han dejado. Cuando un negocio se abandona es porque no da beneficios, es decir, solo da para comer. Así, las personas se jubilan sin posibilidad de traspasar el negocio. Probablemente sea porque solo los indocumentados invierten en algo hundido. También existen los que lo hacen con el corazón. De ambas clases, cada vez abundan menos. Por tanto, es comprensible que la moral aquí esté por los suelos. Solo sube a los cielos durante las cuatro fiestas que aún se conservan… ¿Por cuánto tiempo?
Pasan los años y todo sigue igual. Lo positivo es que resulta una época buena para la cultura y se han editado abundantes libros sobre nuestra historia. La recurrente y explotada historia que, en su día, fue gloriosa. Sin embargo, hoy debería compartirse con una nueva historia moderna, que no existe. Aunque existiera, no hay escritores o historiadores que quieran acometerla. Sería bastante enriquecedor contrastar estas dos realidades distintas para darse cuenta de que nuestro marquesado se ha quedado en eso, en marquesado. Si me apuras, en pueblo a secas después de tantos siglos de historia.
Es necesario que los jóvenes historiadores de Peñafiel no se queden en el pasado, ya que también la historia contemporánea merece la pena ser estudiada, aun sabiendo que, probablemente, esto no dé para comer. No obstante, debemos tener en cuenta que las grandes obras han salido de la luz del candil, del frío en los dedos y de una sopita caliente ligerísima.
Tenemos que ensalzar al marquesado sabiendo los múltiples defectos que tiene. Aunque aceptemos que se decida que nuestro futuro está en potenciar el turismo, exijamos que se hagan bien las cosas. Un ejemplo: cuando se cuente la historia a los turistas, que sea real, pues si no es así es preferible que se hagan visitas teatralizadas. Lo contrario sonroja cuando se lleva orgulloso a un amigo forastero a visitar el castillo. Ser humilde es importante, pero ser honrado es necesario…
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



