PAUL VALÉRI
En el horizonte, la poesía pura, siempre…
Ahí está el peligro; ahí, precisamente, nuestra pérdida: ahí, también, el fin.
Porque una verdad de esta especie es un límite del mundo, no nos está permitido establecernos en ella. Una cosa tan pura no puede coexistir con las condiciones de la vida. Atravesamos, tan sólo, la idea de la perfección, lo mismo que la mano corta impunemente la llama; pero la llama es inhabitable, y las moradas de la máxima serenidad están necesariamente desiertas. Quiero decir con ello que nuestra tendencia hacia un extremo rigor del arte, hacia una conclusión de las premisas que nos ofrezcan los éxitos anteriores hacia una belleza más y más consciente en su génesis, cada vez más independiente de todo tema y de los atractivos sentimentales vulgares, así como de los groseros efectos de la elocuencia – este celo excesivamente iluminado, quizá nos llevaría a un estado casi inhumano. Este es un hecho general: la metafísica, la moral y también las ciencias lo han experimentado.
La poesía absoluta no puede proceder más que a través de maravillas excepcionales; las obras que compone enteramente constituyen, en los tesoros imponderables de una literatura, lo más raro e improbable que se observa en ella. Pero, lo mismo que el vacío perfecto y que la temperatura más baja, que no pueden ser alcanzados, y que no se dejan aproximar sino a cambio de una agotadora progresión de esfuerzos; así la pureza última de de nuestro arte exige a los que lo conciben tan largas y tan duras molestias, que absorben toda la alegría natural de ser poeta, para no dejar, al final, más que el orgullo de no estar nunca satisfecho.
La apariencia de la materia es de una sustancia muerta, de una potencia que sólo puede pasar a ser acto, gracias a una intervención exterior y totalmente ajena a su naturaleza. De esta definición se extraían, en otros tiempos, consecuencias invencibles. Pero la materia ha cambiado de semblante. La experiencia ha hecho concebir lo contrario de lo que la pura observación hacía ver. Toda la física moderna, que, en cierta manera, ha creado relevos para nuestros sentidos, nos ha persuadido que nuestra antigua definición no tenía valor alguno, absoluto ni especulativo. Nos enseña que la materia es extrañamente diversa y como indefinidamente sorprendente; que es una aglomeración de transformaciones que se producen y se pierden en la pequeñez, hasta en los abismos de esta pequeñez; y nos dice que, acaso, se realiza allí un movimiento continuo. Hay una eterna fiebre en los cuerpos.
Actualmente, ya no sabemos lo que puede, o lo que no puede, contener o producir, en un momento o después, el fragmento de un cuerpo cualquiera. La misma idea de materia se distingue tan poco como se quiera de la idea de energía. Todo se ahonda en agitaciones, en trueques y en irradiaciones. De eso están hechos nuestros ojos, nuestras manos, nuestros mismos nervios; y las apariencias de muerte o de letargo que el principio nos ofrece la materia, su pasividad, su abandono a las acciones exteriores, se combinan en nuestros sentidos de modo parecido alas tinieblas que se obtienen mediante determinada superposición de luces.
Todo esto puede reunirse diciendo que las propiedades de la materia parecen depender tan sólo del orden de magnitud en que nos colocamos para observarlas. Pero, entonces, sus cualidades clásicas, su falta de espontaneidad, su diferencia esencial respecto del movimiento, la continuidad o la homogeneidad de su textura, ya no pueden contraponerse de un modo absoluto a los conceptos de vida, de sensibilidad y de pensamiento, puesto que estos caracteres tan simples son puramente superficiales, una vez adoptado el orden de magnitud de las observaciones rudimentarias, todas las antiguas definiciones carecen de fuerza. Sabemos que unas propiedades y unas potencias desconocidas actúan en el inframundo, puesto que algunas de ellas las hemos podido sacar a la luz, sin que nuestros sentidos estuvieran hechos para percibirlas. Pero no sabemos siquiera si la generalidad de nuestros conceptos es ilusoria, cuando los transportamos a esos dominios que encierran y sostienen al nuestro. Hablar de hierro o de hidrógeno, es suponer unas entidades – de cuya existencia y de cuya permanencia no estamos seguros más que por una experiencia muy restringida y muy poco prolongada. A mayor abundamiento, no existe razón alguna para pensar que nuestro espacio, nuestro tiempo, nuestra casualidad guarden un sentido cualquiera allí donde nuestro cuerpo es posible. Luego, no cabe duda que el hombre que trata de representarse la mitad de las cosas no puede hacer más que adaptar a ésta las categorías ordinarias de su inteligencia. Pero cuando más avanza en su busca, y aun, cuanto más aumenta su potencia observadora, más se aleja de lo que podríamos llamar el optimum del conocimiento. El determinismo se pierde en sistemas inextricables con miles de millones de variantes, cuyas leyes no pueden ser seguidas por los ojos de la inteligencia, ni éstos pueden detenerse sobre algo que se conserve constante. Cuando la discontinuidad se convierte en regla, la imaginación, que en otro tiempo se afanaba en buscar la verdad que las percepciones habían hecho sospechar, y los razonamientos tejido, tiene que declararse impotente. Cuando los objetivos de nuestros juicios son promedios, es que renunciamos a considerar los acontecimientos en sí mismos. Nuestro saber tiende hacia el poder, y se aparta de una contemplación coordinada de las cosas; hacen falta prodigios de sutileza matemática para restituirle alguna utilidad. Ya no se habla más de principios iniciales; las leyes ya no son mas que instrumentos siempre perceptibles. No gobiernan más el mundo; están vinculadas al valetudinarismo de nuestro espíritu; uno no puede ya descansar sobre la simplicidad de las mismas: siempre hay un extremo persistente, algún decimal no satisfecho que nos hace regresar a la quietud y al sentimiento de lo inagotable.



